Emblema de Mesoamérica

El quetzal, ave al borde de la extinción

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Su atractivo, perjudicial; ha sido objeto de saqueo y tráfico ilegales

Michel Olguín, 04 de enero de 2016

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Quetzal es una palabra de origen náhuatl –asociada con quetzalli, ‘bella pluma brillante’– con la que se nombra, desde épocas prehispánicas, a la considerada el ave más bella de América; no obstante, este atractivo le ha resultado perjudicial pues ha implicado saqueo y tráfico ilegales, actividades que, junto con la fragmentación y destrucción de sus hábitats, la han puesto al borde de la extinción.

Para las culturas del centro y sur de México era un animal sagrado; los aztecas lo asociaban con Quetzalcóatl y los mayas con Kukulkán. En ambas, el vínculo era con deidades relacionadas con el cielo y la Tierra, es decir, con el infra y el supramundo. Sus plumas eran tan valoradas que sólo las portaban sacerdotes y gobernantes de alto rango; ejemplo de ello es el penacho de Moctezuma.

El Pharomachrus mocinno –nombre científico de esta criatura– anida en los bosques nubosos de Oaxaca y Chiapas, en México; así como en los de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, expuso Sofía Solórzano Lujano, investigadora de la División de Investigación y Posgrado de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala.

Se trata de un ave con un marcado dimorfismo sexual en la adultez. Los machos se distinguen por sus cuatro plumas cobertoras supracaudales de un esmeralda iridiscente. En los ejemplares de Oaxaca y Nicaragua pueden alcanzar un metro, aunque en los de Costa Rica y Panamá sólo llegan a tener de 45 a 60 centímetros.

En contraste, la hembra adulta es menos llamativa y carece de la coloración ventral rojo-verde, de una cauda atractiva o de la cresta y el pico amarillo del género masculino. Ellas también tienen iridiscencia en todo el cuerpo, pero su cabeza es más opaca, la boca negra y la cola blanca y con barras horizontales.

Taxonomía

Con base en la morfología, tradicionalmente se reconocen dos subespecies: P. mocinno mocinno (que agrupa a las poblaciones de México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua) y P. mocinno costaricensis (incluye a las de Costa Rica y Panamá). Sin embargo, y a partir de datos moleculares y morfológicos, Solórzano Lujano planteó que éstas pueden ser dos especies.

Para ello analizó variables del tamaño corporal (del tarso, cuerpo y cola; longitud alar y de las cobertoras supracaudales de los machos a lo largo de toda su distribución). A ello agregó análisis moleculares de secuencias mitocondriales.

Así, se revelaron diferencias significativas en la morfología de las poblaciones de ambas subespecies, algo que la información molecular distinguió claramente y permitió establecer una separación genética entre ambas de casi tres millones de años.

Con estos resultados, la académica propone dividirlos en dos especies y, en consecuencia, actualizar la información ecológica, distribución geográfica y propuestas de conservación para las hoy P. mocinno y P. costaricensis.

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No puede vivir en cautiverio. Foto: cortesía de Fulvio Eccardi.

En peligro

El quetzal está amenazado por depredadores como el tucaneta verde, ardillas y otros mamíferos nocturnos, que atacan sus huevos o polluelos pequeños, o por búhos, halcones y aguilillas que matan a los adultos. Además, los humanos los cazan, ya sea por sus plumas o para intentar venderlos como mascotas.

Sin embargo, estos animales no son capaces de sobrevivir en cautiverio y una vez atrapados no se alimentan y fallecen. Otra de las causas de su merma es la pérdida de sus hábitats, lo que ha propiciado la desaparición de casi 70 por ciento de los sitios de anidación.

Su conservación es compleja, pues como especie migratoria requiere protección y cuidado no sólo de los bosques de anidamiento, sino también de los de migración. La tala y conversión de estos espacios en sitios de cultivos de maíz y café, así como en pastizales para ganado, disminuye sus posibilidades de supervivencia.

Está considerada en peligro de extinción en la NOM-059-Semarnat-2010 y por lo mismo se establece que debe ser protegida. Además, los países donde habita –México incluido– firmaron el acuerdo CITES, que regula el tráfico de especies amenazadas y establece la prohibición de hacerlo con ejemplares (vivos o muertos) o con sus productos o subproductos. Igualmente, se han establecido zonas protegidas para que sus hábitats de anidación estén a salvo, concluyó.