La obesidad, culpable

Desesperanza de vida

facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Leticia Olvera, 10 de agosto de 2017

Comúnmente la obesidad comienza en la infancia, entre los cinco y los seis años, o durante la adolescencia. Estudios han demostrado que quien manifiesta esta condición entre los 10 y 13 años tiene 80 por ciento de probabilidad de convertirse en un adulto obeso, expuso Gilda Gómez-Peresmitré, profesora de posgrado de la Facultad de Psicología.

En los últimos años, esta situación ha aumentado de forma alarmante en el país, a tal grado que la Unicef establece que actualmente México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en adultos, precedido sólo por Estados Unidos, refirió.

Algunos especialistas afirman que la morbilidad (proporción de personas que enferman en un lugar y tiempo determinado) temprana por esta causa afecta el desarrollo normal de los niños, a tal grado que se ha pronosticado que la actual generación de infantes será la primera en la historia moderna que verá una esperanza de vida más corta (reducida hasta en siete años) que la de sus padres, apuntó.

Los niños obesos de hoy viven menos que sus padres.

Epidemia del siglo XXI

La también responsable del Laboratorio de Obesidad y Trastornos de la Conducta Alimentaria de esa Facultad indicó que en la antigüedad estar obeso se relacionaba con el atractivo físico, la fuerza y la fertilidad. Pero hoy en día se ve como la epidemia del siglo XXI.

Esas personas no sólo se exponen a una larga lista de afecciones como cardiopatías, hipertensión arterial y diabetes, sino también a psicopatías como depresión, ansiedad y angustia, que en estos casos se encuentran asociadas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) o distorsión de la imagen corporal.

Además, tienen dificultades para identificar sus propias sensaciones y no pueden distinguir entre el hambre y la saciedad, u otras emociones cotidianas, así que la respuesta es comer.

Aunado a ello se encuentran las consecuencias psicopatológicas, como el nerviosismo, debilidad e irritabilidad, resultado del seguimiento de dietas hipocalóricas estrictas y de los ciclos de pérdida–recuperación de peso, que les hace sentir culpabilidad y vergüenza al ser criticados por su fracaso.

Lo anterior deriva en el desarrollo de las patologías ya referidas y hasta el trastorno alimentario compulsivo, creando un círculo vicioso que impide la prevención y contribuye al mantenimiento de la obesidad, pues buscan calmar cualquier reclamo con una ingesta inadecuada.

Se trata de un mal multifactorial en la que interactúan diversas variables predisponentes como las metabólicas, genéticas, fisiológicas, psicológicas, sociales y culturales.

Por lo tanto, “el tratamiento debe ser multidisciplinario (médico, nutricional y psicológico) y estar conformado por diversos tipos de intervenciones dirigidas al incremento de la actividad física y a mejorar la conducta alimentaria”, concluyó.