1910: nace la Universidad Nacional; su autonomía, latente

Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, los artífices

Cambio de siglo: la nueva conciencia

Justo Sierra, en su discurso del 14 de diciembre de 1893, dijo: «El espectáculo que presenta el fin de este siglo es indeciblemente trágico. Bajo una apariencia espléndida se encuentra tan profunda pena, que pudiera decirse que la civilización humana ha hecho bancarrota, que la maravillosa máquina preparada con tantos años de labor y lágrimas, y de sacrificios, si ha podido producir el progreso, no ha podido producir la felicidad».

Distingue que ser feliz no es lo mismo que haber progresado. Sierra se despoja ya de toda fe en la ciencia como principio de la vida humana y lo único que conserva de su antigua afición será «el método científico, que no pasa de ser la manera de descubrir algunas verdades”.

Dos años le bastan a Sierra para alcanzar conciencia plena de esta nueva situación. El espiritualismo, dice en su discurso de clausura del Congreso Científico convocado por la Academia de Jurisprudencia (18 de agosto de 1895), no es una escuela filosófica, es una creencia individual. La metafísica clásica es cosa del pasado y en el mejor caso es un poema grandioso. Sin embargo, añade Sierra, si es cierto que el espiritualismo es escuela del pasado, lo mismo se debe decir de «su gran enemigo final, el positivismo».

Esta doctrina «proporcionó una explicación definitiva a la ciencia, pero fue impotente para impedir la formación de una nueva metafísica, puesto que hoy el monismo y el agnosticismo científico se disputan el mundo, como antaño el deísmo y el panteísmo. Tampoco comulga con el positivismo como explicación definitiva. Sierra hace el balance: «…ambos adversarios quedaron exánimes en el campo de batalla; pero no fue vana la contienda. El positivismo deja a la razón un fanal clarísimo: el método, y el espiritualismo deja a la humanidad una lámpara inextinguible: la esperanza». Sierra ha dado el paso decisivo: el positivismo es ya para él una escuela del pasado.

En adelante Justo Sierra será presa de un angustioso escepticismo, que en una ocasión (enero 10, 1897) definió, imputándoselo, como «ese enfriamiento senil del alma». Entre el Justo Sierra impugnador del Plan Montes y este nuevo «hombre de vacilaciones e indecisiones» (septiembre 10, 1904), hay una enorme bahía, la misma que se extiende para separar al autor positivista del proyecto universitario de 1881 y al ministro porfiriano creador de la Universidad Nacional de 1910.


La historia como única filosofía

La historia es ya huésped permanente en el pensamiento de Sierra; es lo único positivo que le queda. Así, la tesis fundamental del famoso discurso en honor de Barreda (marzo 22, 1908) es un juicio histórico para explicar dudas y justificar su deserción del positivismo. Nadie, piensa Sierra, tiene la culpa cuando se pierde la fe en tal o cual dogma. Si hubiera culpa la tendría «un mundo que se ha transformado en otro», y ésta y no otra es la razón por la que se «ha colocado una interrogación ante cada sistema, una protesta ante cada credo, una negación ante cada tradición».

La Universidad Nacional, creada en 1910, ya no tenía por objeto, como la de 1881, salvar al positivismo. En ella se trataba «de organizar un núcleo de poder espiritual condicionado por el poder político», según le explicó Sierra a Miguel de Unamuno en una carta (julio 7, 1910). Su discurso inaugural contiene la síntesis de los términos que había alcanzado su pensamiento desde que soltó las amarras positivistas. La nueva casa de estudios no es invernadero de una casta de egoístas que vivan en torre de marfil; será creadora, eso sí, de un grupo selecto, pero por «su amor puro a la verdad», y sumará el interés de la ciencia al interés de la patria. Esos hombres son los que cuentan, son «los que tienen voz en la historia, son los verdaderos educadores sociales, son Juárez, Lincoln, Karl Marx…”.

Sierra toca de nuevo y por última vez su gran preocupación: la metafísica. No es posible «dar cabida a las espléndidas hipótesis que intentan explicar no ya el cómo, sino el porqué del universo». De hecho, la escuela mexicana tiene grandes diferencias con la idea de Comte. Lo esencial es mantener el espíritu laico en la instrucción. El Estado traicionaría su encargo adoptando cualquier credo, así sea el positivismo. La metafísica responde a un anhelo legítimo, pero no es, sin embargo, materia de ciencia; es una síntesis que no puede ir más allá de la conciencia individual.

Bajo el título de filosofía quedarán comprendidos esos ensayos en la sección correspondiente de la Escuela de Altos Estudios. Ahí “abriremos cursos de historia de la filosofía, empezando por las doctrinas modernas y los sistemas nuevos, o renovados, desde la aparición del positivismo hasta nuestros días. Quede a la metafísica el campo libre. Lo esencial por ahora, lo único positivo, la única promesa, la única filosofía, es la historia”.


Emerge la Universidad Nacional

Desde su puesto de ministro de Instrucción, Justo Sierra y su entonces subsecretario Ezequiel A. Chávez, hicieron resurgir en 1910 la idea de crear una universidad con carácter nacional. Este paso, un eslabón más en la larga cadena iniciada en 1881, se daba en momentos en que el régimen porfirista celebraba pasadas glorias y nuevos propósitos.

Sierra pensó aprovechar la coyuntura que se le abría, y ver fundada la universidad. Ezequiel A. Chávez, quien ya había trabajado desde 1896 en la secretaría del ramo, y que tenía también una mejor posición política, se dedicó a reunir copioso material que sirviera para fortalecer la idea de la universidad que se pretendía establecer. Ambos trabajaron arduamente en la medida de sus posibilidades, y los obstáculos técnicos fueron trabajados por Chávez, mientras que los políticos fueron inmejorablemente superados por el ministro Sierra.

Por lo que se refiere a los resultados del viaje de Ezequiel A. Chávez, conocemos, mediante algunos escritos y borradores que se encuentran en su archivo personal, los detalles que pudo obtener de su observación en Francia, Alemania, Italia e Inglaterra. Las universidades de Estados Unidos y Canadá también fueron objeto del estudio hecho con motivo de los preparativos para fundar la universidad.

Especial interés dedicó al estudio de las relaciones maestro-alumno-autoridades y las de estas últimas con el Estado. Finalmente, obtuvo también datos que le permitieron proponer la organización interna de cada facultad, sus planes de estudio, tipos de exámenes y demás particularidades académicas. Mientras Ezequiel A. Chávez hacía esto, Sierra preparaba el camino para evitar de antemano cualquier posible contratiempo.

Prueba de esta labor fue poner a discusión las ideas iniciales ante el grupo de especialistas en materia de educación que formaba el Consejo Superior de Educación. Antes de analizar los puntos más relevantes de la Ley de 1910, el proyecto de Ezequiel A. Chávez resulta mucho más amplio y rico que la propia ley que la secretaría del ramo pudo proponer.

Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez.
Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez.

El movimiento estudiantil

El desarrollo de las instituciones estudiantiles nació con los planteamientos revolucionarios de los jóvenes de esa época, que pedían cambios políticos y sociales por medio de las agrupaciones de estudiantes. Se inició con una huelga de preparatorianos en 1907. Desde su comienzo hasta nuestros días los problemas no han terminado, y en una u otra forma los verdaderos movimientos estudiantiles reclaman justicia social, económica, política y educativa.

Fue en julio de 1910 cuando se lanzó la convocatoria del Congreso Nacional de Estudiantes, organizado principalmente por la Mesa Directiva de la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional de Medicina.

Al organizarse la población estudiantil, se vio como un grave peligro. El congreso provocó comentarios favorables y desfavorables, no sólo entre los propios estudiantes, sino también en los núcleos culturales y sociales, sin faltar alarmantes opiniones entre los círculos políticos. Por medio de los periódicos, como El Imparcial, se veían las dos corrientes, la positiva y la negativa, de esta nueva agrupación de jóvenes que exigían derechos para la población estudiantil que comenzaba a despertar.

Durante la primera reunión del congreso, se resolvió pedir que fueran suprimidos los castigos escolares; se abogó por la integración del profesorado mediante oposiciones; se condenó enérgicamente el charlatanismo. Se habló de un mayor acercamiento entre los profesores y los alumnos, así como estrechar la comunicación entre las sociedades de alumnos. Para probar el aprovechamiento escolar, se acordó un sistema combinado de exámenes y reconocimientos periódicos.

Este movimiento estudiantil fue acogido con cierta indiferencia. Sólo el grupo fundador lo veía con entusiasmo y sabía el alcance que podía tener si los estudiantes se organizaban y con la fuerza de la unión hacían respetar los derechos de la población estudiantil y difundir la educación hasta el último rincón de México.


Razones de la nueva universidad

En una de las muchas ocasiones en que Justo Sierra tuvo que defender la idea de la nueva universidad, afirmó: «Para realizar los elevados fines de la nueva institución, el proyecto de ley relativo la establece como institución de Estado, pero con elementos tales que le permitan desenvolver por sí misma sus funciones dotándola de considerable autonomía». La idea era permitirle a la universidad el organizarse por sí misma.

Tanto Justo Sierra como Ezequiel A. Chávez siempre tuvieron en mente una institución con capacidad para gobernarse por sí misma. El problema, en realidad, giraba entonces en los límites, en los alcances de esa autonomía.

Este ideal se vio obstaculizado desde un principio y la decisión del Ejecutivo no era sencilla, ya que implicaba un desprendimiento de ciertas facultades, y aunque al fundarse la universidad la autonomía quedó olvidada, ésta resurgió al poco tiempo.

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La inauguración

El diario El Imparcial –23 de septiembre de 1910– describió la inauguración de la Universidad de México, de la que dijo era la «más solemne y la más trascendental de las ceremonias verificadas durante el centenario. La más vistosa por la procesión que honraran con su presencia el señor presidente de la República y su gabinete y los delegados de las universidades extranjeras y en la que más se dibujara el gesto sereno de la muchedumbre, al paso de Minerva engalanada con las rosas de una fiesta en su honor y por su triunfo.

«Así el reportero escuchó de todos los labios… la festividad con que el elemento intelectual de México celebró la apertura de la Universidad mexicana. Así prorrumpieron en un clamor de entusiasmo las mil personas que se congregaron en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria para asistir a la inauguración.

“El presidente Díaz llegó a las 10.30. Después Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, «pasó al borde de la plataforma de honor para pronunciar su discurso.»

Los conceptos expuestos por él pusieron énfasis en el carácter de la universidad como un centro propenso a ahondar en todos los ámbitos de la ciencia, capaz de mirar a lo alto, con el telescopio, o a lo bajo, con el microscopio y los instrumentos de investigación del subsuelo, pero sin querer abstraerse fuera del mundo circundante, sin querer dar las espaldas al mundo fluyente de la vida diaria.

«Cuando el joven sea hombre, es preciso que la Universidad o lo lance a la lucha por la existencia en un campo social superior o lo levante a las excelsitudes de la investigación científica; pero sin olvidar nunca que toda contemplación debe ser el preámbulo de la acción. No es lícito al universitario pensar exclusivamente para sí mismo y que sí se puede olvidar en las puertas del laboratorio al espíritu y a la materia, como Claudio Bernard decía, no podremos moralmente olvidarnos nunca ni de la humanidad ni de la patria», aseveró.

Hizo una crítica acerca de la antigua Universidad. Reiteró que la nueva habría de mirar hacia el porvenir, sin ningún vínculo con aquella, carente de «árbol genealógico». Exaltó el sentido laico del Estado y de la obra educativa, ya que ese mismo Estado, indicó, «no podría, sin traicionar su encargo, imponer credo alguno», y dejaba «a todos en absoluta libertad para profesar el que les imponga o la razón o la fe».

Añadió: “No puede, pues, la Universidad que hoy nace, tener nada de común con la otra. Ambas han fluido del deseo de los representantes del Estado de encargar a hombres de alta ciencia la misión de utilizar los recursos nacionales en la educación y la investigación científicas, porque ellos constituyen el órgano más adecuado a estas funciones, porque el Estado, ni conoce funciones más importantes, ni se cree el mejor capacitado para realizarlas.

“Los fundadores de la Universidad de antaño decían: la verdad está definida, enseñadla; nosotros decimos a los universitarios de hoy: la verdad se va definiendo, buscadla. Aquellos decían: sois un grupo selecto encargado de imponer un ideal religioso y político, resumido en estas palabras: Dios y el Rey. Nosotros decimos: sois un grupo en perpetua selección, dentro de la substancia popular y tenéis encomendada la realización de un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad.»

Inauguración de la Universidad de México.
Inauguración de la Universidad de México.

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