AL APROPIARSE DEL ESPACIO PÚBLICO, CELEBRA LA VIDA Y HONRA A LAS MUJERES TRANS*

Anti-cumpleaños, 2018.

Anti-cumpleaños fue una intervención en el espacio público realizada por la artista, activista y pedagoga Lía García, en colaboración con Natalia Lane (Ciudad de México), periodista y defensora de los derechos humanos de las trabajadoras sexuales y las mujeres trans* –utilizaré el término “trans*” para evitar reproducir las lógicas patologizantes con las que se suele designar las experiencias identitarias que desafían la naturalización del mandato binario sexo-género; el asterisco al final representa una complicación creativa, no una definición.

Con la intención de activar memorias sobre la vida de las mujeres trans*, la intervención tuvo lugar el 11 de noviembre de 2018 en la avenida México-Tenochtitlan, en el centro de Ciudad de México: una zona históricamente vinculada con el trabajo sexual de mujeres trans* y, a su vez, un territorio marcado por la violencia estructural que ellas mismas sufren. El asesinato de Paola Ledezma, conocida también como Paola Buenrostro, se convirtió en un caso emblemático. Gracias a la lucha de su amiga Kenya Cuevas Fuentes –activista y defensora de los derechos humanos de las personas trans*, fundadora en 2018 de la Asociación Civil Casa de las Muñecas Tiresias y, en 2020, de la Casa Hogar Paola Buenrostro, el primer albergue para mujeres trans* en México–, a la que se unieron otras compañeras, en 2024 se aprobó la conocida como Ley Paola Buenrostro, que tipifica el transfeminicidio como delito en Ciudad de México.

Anti-cumpleaños consistió en una suerte de toma colectiva del espacio público, en la que se llevaron a cabo diferentes actos simbólicos de expresión, homenaje y convivencia de personas trans* en la calle. Lía García dinamizó de manera performática sus poemas “La calle” y “Las perlas”, en una especie de mediación ritual que apostaba por reconocer la calle como un lugar de memorias, vidas y resistencias trans*.

La idea era que el encuentro colectivo permitiera dimensionar el dolor como una fuerza vital y transformadora. El nombre de la intervención proviene del performance desarrollado conjuntamente por Lía y Paola para cerrar el evento. En este performance, las autoras compartieron con lxs asistentes un pastel de (anti)cumpleaños, decorado con la bandera trans*. Por medio de este acto, se ofreció un gesto para celebrar la vida y honrar a las personas trans*, con nombre propio. Para ello, se presentó la vela encendida del pastel a lxs presentes, y en lugar de invitarlxs a pedir un deseo, como es tradicional, cada persona dijo en voz alta frente a la llama el nombre de una persona trans*. Al finalizar este gesto, todxs participaron en la tradición de compartir y comer pastel.

Este acto cerró una serie de acciones entretejidas por Natalia y Lía para conmemorar y dignificar las vidas e historias de las personas trans*. El cierre celebratorio permitió, desde la alegría y la ternura, que las personas se identificaran como parte de una comunidad, alentando así un camino de lucha compartida.

El desplazamiento simbólico propuesto por la acción, al sustituir la petición de un deseo por el nombre de una persona, invita a interpretar a las personas nombradas como deseos. Nos involucra en un acto de anhelo por sus vidas e historias y, al mismo tiempo, se convierte en un gesto que manifiesta un horizonte por venir. De esta manera, la acción traza simbólicamente una conexión entre el presente que resiste y el futuro que deseamos.

La acción propone una celebración compartida.

Al retomar el código cultural del cumpleaños, pero con un gesto que disloca su carácter individual, la acción propone una celebración compartida de las existencias trans*. De manera sencilla, habilita las memorias atravesadas por las marcas de la calle, haciendo posible el reconocimiento y el encuentro afectivo de la comunidad. Además, el carácter festivo de la celebración desplaza las heridas que atraviesan los cuerpos y memorias de las mujeres trans*, permitiendo, en cambio, que la misma calle sea reapropiada y reclamada como un espacio digno y cuidadoso, creando una experiencia de vida y ocupación del territorio urbano basada en el goce, la alegría y la ternura.

En sus intervenciones, Lía parte de defender en primera persona experiencias emocionales, amorosas y placenteras como parte de su vivencia trans*, interés que la ha llevado a posibilitar el encuentro empático con lxs otrxs, con el fin de generar experiencias y representaciones que desarticulen, de manera crítica y creativa, el dolor y la rabia, emociones que suelen prevalecer en las formas de protesta convencional. Es ahí donde la práctica artística le ha servido como un terreno para experimentar y arriesgar, propiciando un tiempo y espacio para el encuentro.

Resulta también sugerente cómo esta desestabilización de los símbolos de la cronología biográfica perturba la comprensión absoluta, lineal, individual y biológica del tiempo, abriendo paso a una percepción temporal desde la experiencia encarnada del devenir trans* y colectiva. Esto ha llevado a que la artista se interese por reconocer y trabajar en torno a lo que ella ha denominado “temporalidad trans*”: un intervalo en el que los marcadores de memoria y de la historia propia adquieren connotaciones específicas a partir de los procesos identitarios. De manera más amplia, y tomándolo como provocación imaginativa, esta acción nos alienta a crear otras formas de sentir y pensar también nuestra existencia, fuera de los códigos y convenciones naturalizadas de los regímenes de vida y conocimiento.

La exploración de códigos festivos y el uso de actividades celebratorias ha sido una constante en el trabajo anterior de la artista. De este modo, otros performances, como Puede besar a la novia (2013) o Mis XXY años (2013), insistieron en la importancia de generar otras narrativas y modos de representaciones sobre la experiencia trans*: unas que no se definieran por la violencia, la cosificación ni el dolor.

En este sentido, podemos pensar que, como operación estética y política, Lía ha encontrado un modo de hackear convenciones culturales para dignificar su propia existencia y la de otras personas de la comunidad, además de fraguar espacios de familiaridad, alegría y cariño que fortalecen la creación de esa red afectiva y política. Es por ello que la artista ha denominado “encuentros afectivos” a este tipo de práctica congregacional, festiva y comunitaria; una forma de trabajo, una metodología, que entrelaza intereses artísticos, pedagógicos y sensibles y que desafía la configuración tradicional del performance como acción creativa individual. A Lía, en su trabajo, le interesa la comunicación que su cuerpo y la acción propuesta detona en lxs participantes, y en la relación que de ésta se genera. Estos encuentros, que han tenido lugar en diversos contextos (la calle, la escuela, la cárcel), son momentos en los que la artista convoca a experimentar, de manera colectiva, procesos que nos ayuden a transitar hacia una sociedad que honre y proteja las diferencias que nos atraviesan.

Podemos entender este tipo de prácticas, usando el término de la antropóloga Rita Segato, como contrapedagogías de la crueldad, que nos invitan a salir de los patrones opresivos y a conectar con nuevas formas de lucha y vitalidad. Prácticas como esta subrayan la importancia de entender la producción cultural y estética en su dimensión política, como un escenario cardinal para una transformación social, ya que nos permiten resignificar el mundo y gestar otras sensibilidades en sintonía con el mundo que deseamos.

Toma colectiva en avenida México-Tenochtitlan, CdMx, 2018. Fotos: Yunuen Lerma.
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