El canto del jaguar, de Antonia Sofía Silva
Beca Jenkins-Del Toro 2026 para egresada de la ENAC
El cortometraje, realizado en animación digital 2D y stop motion, obtuvo el apoyo cuyo propósito es fomentar el desarrollo del arte cinematográfico nacional mediante la profesionalización de cineastas en el extranjero

Obras como las de Hayao Miyazaki, especialmente El viaje de Chihiro, marcaron un antes y un después en su vida. Aquella fascinación temprana se transformó pronto en una necesidad de expresión: primero con pequeños ejercicios de animación en stop motion hechos como regalos familiares y, más tarde, como una vocación clara.
Con el tiempo, Antonia Silva comprendió que el cine no sólo podía contar historias, sino también dar voz a experiencias humanas profundas. Esa convicción encontró su consolidación en El canto del jaguar, proyecto inspirado en la vida de Lidia Rivera, una mujer chinanteca.
El cortometraje, realizado en animación digital 2D y stop motion, y que se estrenará en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy 2026, no sólo le ha valido reconocimiento internacional, sino que también la hizo acreedora a la Beca Jenkins-Del Toro 2026, una de las más importantes en México. Este apoyo tiene como propósito fomentar el desarrollo del arte cinematográfico nacional mediante la profesionalización de cineastas en instituciones académicas del extranjero de reconocido prestigio.
En su edición más reciente se recibieron 136 propuestas y Antonia se convirtió en la séptima ganadora de este estímulo. Detrás de este logro no hay únicamente talento individual, sino años de formación, trabajo colaborativo y un firme compromiso con las historias que decide contar.
Antonia, junto al cinefotógrafo del corto, Bernardo Pérez, se formó en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) de la UNAM, un espacio que, de acuerdo con ambos, fue determinante en su desarrollo y un pilar para alcanzar esta distinción. Más allá de lo técnico, la escuela les ofreció herramientas fundamentales: profesores que transmiten pasión, acceso a equipo profesional y, sobre todo, una red de colegas que se convierten en aliados creativos.
En palabras de ambos, la ENAC no sólo enseña cine, sino que impulsa a sus estudiantes a ser autodidactas, a explorar, a equivocarse y a construir en colectivo. Fue en ese entorno donde se conocieron y desarrollaron una relación creativa que más adelante resultaría clave para materializar El canto del jaguar.
La realización de El canto del jaguar tomó cerca de cinco años. Desde su concepción en 2021 hasta su finalización en 2025, el proyecto atravesó múltiples etapas: escritura, producción, animación y posproducción. A pesar de contar con apoyos institucionales, el equipo trabajó con recursos limitados, lo que exigió organización, creatividad y un alto nivel de compromiso.
Cada detalle, desde la construcción de maquetas hasta la animación por capas y la composición digital, implicó horas de trabajo minucioso. El resultado es un cortometraje de apenas cinco minutos que condensa un esfuerzo prolongado y colectivo, reflejando una de las esencias del cine independiente: sostener una visión con los recursos disponibles.
“Entre broma, yo le digo a Anto que el corto dura cinco minutos, pero cada minuto representa cada año que le hemos dedicado. Ha sido una labor de mucho compañerismo y creación. Afortunadamente, mucha gente se involucró y nos ayudó a construir maquetas, edificios, sets, plantitas o cualquier elemento que ayudara a encaminar este trabajo en menor tiempo”, expresó Pérez.
Lejos de los relatos épicos o de figuras extraordinarias, El canto del jaguar se centra en una historia profundamente humana: la de Lidia Rivera, una mujer indígena que migra de Chinantla, ubicada entre Oaxaca y Veracruz, a Ciudad de México en busca de oportunidades. A través de entrevistas, conversaciones y un proceso cercano, muchas veces realizado a distancia durante la pandemia, Antonia construyó un relato que explora emociones universales como el desarraigo, la adaptación, la nostalgia y la esperanza.
El cortometraje plantea un diálogo entre dos mundos: el campo y la ciudad. No como opuestos absolutos, sino como espacios que conviven en tensión dentro de una misma persona. La ciudad aparece como caótica y abrumadora; la comunidad, como un lugar de memoria y pertenencia. En ese contraste, la historia de Lidia se vuelve reflejo de muchas otras que permanecen invisibilizadas.
Esa dimensión se profundiza al escuchar la voz de la propia Lidia Rivera, cuya experiencia trasciende lo individual. Su historia representa a muchas mujeres indígenas que enfrentan barreras estructurales como la pobreza, la discriminación, la falta de acceso a la educación y las presiones culturales.
Recibir un mensaje audiovisual de Guillermo del Toro, referente fundamental para su generación, fue un momento difícil de asimilar para Antonia. Más allá del impacto emocional, lo entendió como una validación de un proceso compartido. “No es sólo mío”, insistió, “es de todos los que estuvieron ahí”.
La beca Jenkins-Del Toro representa también una oportunidad para continuar su formación en animación en el Reino Unido. Entre sus opciones se encuentran la maestría en Animación en el Royal College of Art de Londres o la maestría en Dirección de Animación en la National Film and Television School, en Buckinghamshire.
Para el equipo, integrado por el productor Oscar Sarmiento Schultz y el crew cinematográfico conformado por Adrianna, Jimena, Ik’Balam, Víctor, Francisco, Lidia, Raúl, Carlos, Kahomy, Martha y Rodrigo, este reconocimiento marca un antes y un después, un punto de partida hacia nuevas posibilidades.