No todos los trallazos son iguales: algunos hacen vibrar estadios, otros ayudan a recuperar la movilidad de una pierna. En un año mundialista, en el que cada disparo determina un partido, en la UNAM un grupo de investigadores y estudiantes trabaja para que ese mismo movimiento, patear un balón, transforme vidas.
Se trata de Cañonazo, un videojuego ya registrado y creado en el Laboratorio de Investigación y Desarrollo de Aplicaciones Interactivas para la Neuro-Rehabilitación (LANR) del Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM, donde ciencia, tecnología y pasión futbolera se unen para apoyar a personas con daño neurológico.
El objetivo es mejorar el rango articular de la rodilla y fortalecer los músculos involucrados (cuádriceps, aductores e isquiotibiales) para que, eventualmente, quien lo necesite tenga mejor movilidad de sus miembros inferiores, explicó Yoás Ramírez, responsable del LANR.
A diferencia de los videojuegos tradicionales, aquí el entretenimiento tiene un propósito clínico. El Laboratorio desarrolla experiencias lúdicas digitales acompañadas de dispositivos que permiten a los pacientes efectuar ejercicios similares a los de la terapia convencional, pero desde casa y de forma más atractiva, accesible y constante. “Creamos estas herramientas para complementar las terapias de neurorrehabilitación de gente que presenta alguna neuropatología”, señaló.
Para lograrlo, en el LANR trabajan estudiantes de las licenciaturas de Ingeniería en Computación, Fisioterapia, Neurociencias, Diseño y Comunicación Visual, Diseño Industrial, Negocios Internacionales; y a distancia, jóvenes de la licenciatura en Música y Tecnología Artística de la ENES Morelia realizan efectos de sonido que se sincronizan con las acciones, si éstas se ejecutan correctamente.
El proyecto se ha enfocado en personas con enfermedad vascular cerebral y, más recientemente, en infancias con parálisis cerebral espástica unilateral, dos condiciones en las que la repetición de movimientos es clave para recuperar funciones.
Lo esencial está en la motivación: hacer que el paciente efectúe ejercicios recurrentes sin sentir que está en terapia. “Que se diviertan mientras lo hacen para que, con ello, tengan la mejor rehabilitación posible”.
Rodillera inteligente
Cañonazo utiliza un dispositivo tipo rodillera que mide, en tiempo real, el ángulo de flexión de la rótula y traduce ese movimiento en acciones dentro del programa digital. Antes de iniciar, el sistema realiza una calibración personalizada que permite adaptar el nivel de dificultad para cada paciente a fin de evitar sobreesfuerzos o ejercicios insuficientes.

“Esta fase es esencial, pues así es posible conocer qué tanto puede mover la rodilla. No se le exigirá más ni menos. La idea es que el algoritmo ajuste su dificultad a las capacidades de cada persona usuaria”. Así, más que un juego, cada disparo es un ejercicio terapéutico medido y controlado.
A decir del responsable del LANR, la elección de la temática no es casual. En un país donde el futbol es parte de la vida cotidiana, patear un balón es un movimiento natural, intuitivo y emocionalmente significativo. Detrás de ese gesto hay una compleja coordinación: los cuádriceps extienden la rodilla, los isquiotibiales la estabilizan, los aductores aportan control y los músculos del tobillo afinan la precisión, todo ello en milisegundos.
A la fecha, al menos 14 pacientes de los institutos nacionales de Pediatría y de Neurología y Neurocirugía han probado las terapias. Además, el equipo ha desarrollado 16 juegos enfocados en distintos tipos de rehabilitación.
El siguiente paso: ampliar el alcance
Por ahora, sólo se da terapia con Cañonazo en los dos institutos nacionales mencionados, pero el objetivo es fabricar más dispositivos y ofrecerlos a más pacientes. Para ello, en el LANR ya se trabaja para tener colaboraciones y convenios con muchos más hospitales, expuso Yoás Ramírez.
En la cancha, finalizó, un cañonazo puede significar el gol decisivo; en el laboratorio representa algo mucho más importante: recuperar la movilidad, independencia y calidad de vida, porque a veces la ciencia también juega y, cuando lo hace, el resultado va más allá del marcador.