Ciclo de conferencias Salud, identidad y medicina: diversidades sexogenéricas en la encrucijada. Biomedicina y subjetividad LGBTIQ+

Antes de 1990, la homosexualidad figuraba en los catálogos de enfermedades mentales. Fue el 17 de mayo de ese mismo año cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) la eliminó de su lista. Por ello, en esa fecha se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, que visibiliza la despatologización de las identidades de la comunidad LGBTIQ+, indicó César Torres Cruz.
El académico del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG), al dictar la conferencia Biomedicina y subjetividad LGBTIQ+, del ciclo Salud, identidad y medicina: Diversidades sexogenéricas en la encrucijada, dijo que la biomedicina interpela procesos vitales: impone y define el sexo, moldea la concepción de género a través de sus saberes y juega un papel importante al catalogar ciertas prácticas sexuales como patológicas o no.
En la biomedicina coexiste un proceso dual complejo y curioso: por un lado, una mirada patologizante hacia las identidades o prácticas LGBTIQ+, que se refleja en la salud sexual y, por el otro, atiende los padecimientos de la salud sexual, pero con una carga moral, comentó en el marco del mes del orgullo LGBTIQ+.
En el encuentro organizado por el Seminario Universitario de Historia, Filosofía y Estudios de las Ciencias y la Medicina, el especialista hizo referencia a dos temas que forman parte de su investigación: los virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y de papiloma humano (VPH). Con relación al primer padecimiento, “hoy, gracias al avance de los fármacos antirretrovirales, la gente no muere por esa enfermedad”.
Hace todavía unas tres décadas, el VIH representaba un problema social mayor que potenció muchas prácticas estigmatizantes y patologizantes. Aunque históricamente se le vinculó de forma mayoritaria con el homoerotismo –un sesgo que persiste en ciertos sectores– este fenómeno evidencia como la salud se intercepta con el prejuicio cuando la biomedicina clasifica conductas sociales, explicó. En ese sentido, ya no se habla de enfermedad gay, al entender que el origen no es una identidad, sino un agente unicausal: un virus, recalcó.
Antes se pensaba que ese padecimiento estaba acotado a varones homosexuales o que mantenían prácticas homoeróticas y que no pasaría nada con el resto de la población. Cuatro décadas después, seguimos conviviendo con el VIH a nivel global, expuso.
También comenzaron a surgir casos en mujeres cisgénero y en las infancias, por lo que la enfermedad representó una emergencia de salud pública. “Pero justo por esa mirada moral hacia la sexualidad la biomedicina estigmatizaba a las personas con VIH. Estado y otros actores sociales también formaron parte del silenciamiento de este padecimiento”.
Ante esto, el activismo ha empujado a la biomedicina a reconocer esa enfermedad, reduciendo el estigma y la discriminación hacia quienes la padecen. De hecho, en 2008 surgió algo sin precedentes para la comprensión biomédica del VIH: ante la falta de una cura o vacuna contra el virus, los fármacos antirretrovirales se consolidaron como la alternativa biomédica para mejorar la calidad de vida de quienes viven con el virus.
En cuanto al VPH, comentó que este es considerado por muchos organismos internacionales como la infección sexual más presente en gente con vida sexual activa. Se estima que al menos el 80 por ciento de la población mundial con vida sexual activa tuvo, tiene o tendrá algún tipo de este virus del cual existen más de cien cepas de bajo y alto riesgo.
Las variantes de alto riesgo son preocupantes por su capacidad de derivar en cánceres, sobre todo de pene, ano, vulva o cuello uterino. La atención de las agendas de salud pública mundial no se enfoca en el VPH como una enfermedad de transmisión sexual per se, sino en un traslado discursivo que evita la discusión abierta sobre sexualidad y del cáncer cervical en que podría derivar, mal que afecta de manera drástica a mujeres cisgénero y a otros cuerpos con cérvix del sur global.
Esa es una de las primeras causas de muerte en mujeres jóvenes de 15 a 35 años, y es la segunda en el grupo etario de entre 35 y 54 años, después del cáncer de mama. Es por ello que las agendas de salud global se han enfocado en este padecimiento, aunque aquí sobresale la retórica discursiva a partir del sufrimiento a las mujeres pobres que mueren de cáncer cérvico uterino a pesar de que es prevenible y tratable.
Además, el segundo tipo de cáncer por VPH de mayor relevancia epidemiológica es el anal, que afecta mayoritariamente a varones con prácticas homoeróticas y a mujeres trans, por ejemplo. “Entonces también tendríamos aquí un recurso epidemiológico para decir este grupo poblacional también debería ser atendido. Pero “la biomedicalización ha generado estrategias estratificadas para atender de forma diferenciada a grupos afectados”.
La biomedicina opera de manera contradictoria; atiende solo a mujeres cisgénero y hetero, lo cual tiene un elemento benéfico: atender un padecimiento que las afecta mayoritariamente, pero al mismo tiempo las responsabiliza de una enfermedad que se adquiere en conjunto y esto también repercute al dejar de lado la atención biomédica a identidades sexogenéricas.
Incluso, se ha quitado del discurso biomédico la dimensión sexual del VPH para hablar de la retórica del sufrimiento de mujeres cisgénero alrededor del cáncer. Los hombres cisgénero y heterosexuales, en tanto, no son considerados por ningún programa sanitario, como sí existen prácticas preventivas para las mujeres, como es el caso de la vacunación que en el país está destinada, de forma exclusiva, a las niñas.
Pero también para mujeres jóvenes y adultas existe el Papanicolau, la colposcopía y todas aquellas herramientas biomédicas conocidas, y para los varones cisgénero con prácticas hetero no hay nada y no se les hace partícipes de su papel en la transmisión y atención del virus, pero tampoco hay atención hacia ellos y se desconoce el impacto del mal en ese sector, expuso.
De acuerdo con algunas investigaciones, existen altas tasas de cáncer bucofaríngeo que afectan a varones cisgénero con prácticas heterosexuales, que derivan aparentemente del virus del papiloma humano. Pero si pensamos en las mujeres cisgénero, lesbianas y bisexuales, están completamente invisibilizadas.
Las personas trans, binarias y no binarias, independientemente de su orientación sexual, tampoco son contempladas de manera explícita. Incluso el gobierno mexicano no considera a la categoría trans como una dimensión identitaria para generar programas o políticas públicas de atención biomédica, concluyó César Torres Cruz.