Memoria que construye futuro
Ciencias Nucleares rinde homenaje a Marcos Rosenbaum
Se develó una placa y una fotografía para reconocer su legado científico e institucional; “La educación es el único patrimonio que nadie te puede quitar”, decía

Acompañado por su familia, entre ellos su hija Tamara Rosenbaum, colegas y autoridades del ICN, el homenaje no sólo recordó al científico que contribuyó al desarrollo de la física y las ciencias nucleares en México, sino también al visionario que transformó una pequeña comunidad académica en una institución de alcance internacional, y al ser humano que entendió la educación, la integridad y el compromiso como los cimientos más duraderos.
Durante la ceremonia, Alfred U’Ren, director del ICN, recordó que “hablar de Marcos Rosenbaum no es únicamente referirse a una trayectoria individual destacada –que sin duda lo es–, sino además hablar de un momento clave en la construcción del Instituto tal como hoy lo conocemos”.
La voz de sus colegas también acompañó este reconocimiento. Julio Herrera y Chryssomalis Chryssomalakos, amigos cercanos del homenajeado, compartieron recuerdos y reflexiones sobre su rigor académico, su claridad de pensamiento y su generosidad como colega.
Uno de los momentos más conmovedores llegó con las palabras de su hija, quien ofreció una mirada íntima y profundamente humana. Rememoró que, desde pequeña, su padre le inculcó una convicción que la acompañaría toda la vida: “La educación es el único patrimonio que nadie te puede quitar”.
Evocó también los años decisivos a principios de la década de 1970, cuando su padre recibió una carta del entonces presidente de México, Luis Echeverría, invitándolo a regresar a México para impulsar el desarrollo científico. Poco después, el entonces rector de la UNAM, el doctor Guillermo Soberón, lo designó director del Centro de Estudios Nucleares.
“Cuando mi padre asumió la dirección, el Centro era aún muy pequeño, con muy pocas personas con doctorado. Él tenía claro que había que crecer con excelencia”, compartió. Así, impulsó la contratación de especialistas con la más alta formación y promovió una visión científica sin fronteras: publicar en inglés, en revistas de prestigio internacional, y proyectar el trabajo de la UNAM al mundo.
Pero más allá del científico y del director, habló del padre. “Mi papá siempre ha sido un hombre empático y justo. Siempre me decía: ‘Tamara, always be a Mensch’, una persona con integridad y honor”.
Con emoción, mencionó que el camino de su padre siempre fue el del servicio al ICN, a la UNAM y al país, recorrido con resiliencia, propósito y una profunda honestidad para reconocer tanto los aciertos como los desafíos. “No eligió el camino más fácil, pero sí el que consideró más bello y fértil”, expresó. “Todo lo hizo con confianza en sí mismo y con paz”.
Sus palabras cerraron con una frase poderosa: “El esfuerzo, el cuidado y el cariño con los que mi padre construyó el Instituto están mezclados en las paredes de estos edificios”, en cada espacio que hoy habita esta comunidad académica, que es una de las más destacadas de la UNAM.
El homenaje, más que un acto protocolario, fue un ejercicio de memoria institucional y, al mismo tiempo, una invitación a la comunidad a preguntarse qué significa estar a la altura de ese legado en el presente. Porque, como quedó claro entre aplausos, hay trayectorias que no sólo destacan por lo que producen, sino por lo que transforman, como la de Marcos Rosenbaum.
Nació en la Ciudad de México en 1935. Se formó como ingeniero químico en la UNAM y realizó estudios de posgrado en Ciencias Nucleares en la Universidad de Michigan. Tras su paso por el Centro de Estudios Avanzados de General Electric en California, regresó a México en 1971 para integrarse al entonces Centro de Estudios Nucleares.
Como investigador realizó contribuciones relevantes en teoría de dispersión de neutrones y abrió nuevas rutas en el estudio de sistemas complejos. Más adelante incursionó en la gravitación y la mecánica cuántica, con aportaciones originales como su formulación cuasiprobabilística y su participación en desarrollos del formalismo de Weyl-Wigner-Moyal.
Sin embargo, su legado trasciende los artículos científicos. En 1976 asumió la dirección del Centro de Estudios Nucleares en una etapa crucial, cuando la institución aún buscaba consolidarse.