Dedica OFUNAM homenaje a la divulgadora Julieta Fierro

Concierto en Las Islas por el 115 aniversario de la Universidad

Convocar a la comunidad universitaria para escuchar a la OFUNAM en Las Islas fue un acto de paz

La UNAM puede presumir de albergar, en el corazón de su campus central, un archipiélago. Se le conoce como Las Islas, y hasta sus costas arribó el pasado sábado 20 de septiembre la tripulación de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM), al mando del capitán Juan Carlos Lomónaco.

Atrás, al sur, quedó el puerto seguro de la Sala Nezahualcóyotl, así como los trajes y vestidos largos, mas no la elegancia. Esta vez los integrantes de la nave sonora arribaron a la cita ataviados con playeras negras estampadas con la palabra OFUNAM, para celebrar los 115 de la reconstitución de la Universidad y los 80 años de la promulgación de su Ley Orgánica.

También con este gran concierto frente a miles de personas de todas edades, se hizo homenaje a la astrónoma y divulgadora de la ciencia Julieta Fierro, universitaria fallecida el viernes 19 de septiembre.

Leticia Cano, directora del Programa Universitario de Cultura de Paz y Erradicación de las Violencias de la UNAM, dio la bienvenida y recordó que el 21 de septiembre se conmemoró el Día Internacional de la Paz. De alguna manera, convocar a la comunidad universitaria para escuchar a la OFUNAM en Las Islas fue un acto de paz.

El ingreso de Lomónaco al escenario se dio de manera simultánea a una gran ovación y a la caída de las primeras gotas de lluvia. Paraguas extendidos, como hongos multicolores, surgieron entonces sobre el respetable, integrado por personas adultas, niñas y niños, personas de la tercera edad, jóvenes, perros melómanos y una que otra libélula.

Fanfarria para metales, de Eduardo Angulo, abrió el concierto. La pieza, creada para conmemorar los cien años de la fundación de la Universidad, dio paso a tres obras de la ópera Carmen, de Georges Bizet: la festiva Obertura, la sensual Habanera y la Danza bohemia, cuyas notas subieron de intensidad como la lluvia.

El espacio sonoro se compartía con los pregones de los vendedores de papas locas (preparadas con gomitas y cacahuates japoneses), chamoyadas, nieves, raspados, helados y los inigualables tacos de canasta envueltos en un plástico tan azul como el del cielo que se asomaba entre las nubes grises.

El Danubio azul, de Strauss, frenó de pronto su curso con un dique de silencio. La lluvia, que parecía patrocinada por Vivaldi, era tan fuerte que la OFUNAM tuvo que detenerse. Entre el público, los náufragos sin paraguas corrieron a las arboladas islas, buscando refugio al amparo de un pirul o una jacaranda. Pero no pocas personas, de oídos fieles y temple impermeabilizado, protegidas por sombrillas, aguantaron a pie firme a que la lluvia cesara para continuar con el concierto.

Mientras los náufragos volvían tímidos a acercarse al escenario, los perros se sacudían felices. Un goya marcó la tercera llamada y el concierto continuó luego del intermedio pluvial. Vino entonces el Mambo, de West Side Story, compuesto por Bernstein, y después la calma del vals Sobre las olas, de Juventino Rosas, que obligó a más de una persona a mecerse de un lado a otro siguiendo el compás de tres cuartos, mientras el sol volvía a manifestarse sobre el pedregal.

Conga del fuego nuevo, de Arturo Márquez, cerró el programa. Y al grito de: ¡otra, otra!, el director volvió para arrancar con Huapango, de José Pablo Moncayo, y cerrar con Guadalajara, de José Guízar, con arreglo de Manuel Enríquez. Un nuevo goya marcó el final. El ejército de náufragos abandonaba Las Islas. Eneas, Ulises y Robinsones se dispersaban en el campus sobre el que ya volvían a posarse las nubes grises de un verano en agonía.

El 22 de septiembre de 1910, en el Anfiteatro Simón Bolívar del Colegio de San Ildefonso, Justo Sierra daba un emotivo discurso en la ceremonia de fundación de la Universidad Nacional de México (la autonomía se ganó en 1929). En el mismo decía que ésta no sería una universidad con el ojo pegado al telescopio o al microscopio mientras la nación se desorganizaba.

Por el contrario, la imaginaba así: “un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión que, recurriendo a toda fuente de cultura, brotare de donde brotare (…) se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber.”

Si en 115 años de su nueva etapa la UNAM se ha constituido como una sólida embarcación, el papel de Julieta Fierro era el de observar con fascinación las estrellas e invitar a todos a mirar el cielo. Era una guía en el mundo de la ciencia y así se le recordó en este sentido homenaje que se llevó a cabo gracias a la colaboración entre la Dirección de Música de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM y la Dirección General de Atención a la Comunidad Universitaria.

Foto: CulturaUNAM.
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