De la música a la poesía, Jaime Sabines llenaba de versos la Sala Nezahualcóyotl…

Por primera vez en su historia, la Sala Nezahualcóyotl, construida para hacer transcurrir “esa misteriosa forma del tiempo” que es la música, como la definió Borges, recibe en su foro a un poeta. ¡Qué bueno! Qué bueno porque esta sala musical tiene el nombre de un poeta, Nezahualcóyotl, el mayor de los poetas de nuestra antigüedad, para quien, por cierto, música y poesía era una y la misma cosa: el canto, el canto, efímero como las flores y, como las flores, perdurable en su esencia y en su reiteración:

No acabarán mis flores,
no acabarán mis cantos.

Qué bueno, también, porque el poeta que Nezahualcóyotl hospeda en su palacio de renovados jades es Jaime Sabines, un poeta antiguo y joven; antiguo como el mismo Nezahualcóyotl y joven como el más joven de los que su voz ha congregado hoy en esta Sala. Su palabra crece hacia abajo, como las raíces, escarba y se hace honda, y crece también hacia arriba, frondosa y fructífera, alimentada de los cuerpos de sus muertos. Palabra, pues, profunda e ingenua, espesa y luminosa, sabia siempre y siempre sorprendida. Así es la poesía de Jaime Sabines. Así es Jaime Sabines, un poeta que inmola su corazón, como en las guerras floridas de los tiempos del rey Nezahualcóyotl, para que la vida siga viva; un poeta que habla con amor del desamor, un poeta transcurrido, fatigado a veces, dubitativo siempre, que nos incendia el corazón y nos lo madura, sin amargor, sutilmente, delicadamente, pero al tuétano.

El día le dará temores, sueños,/alucinadas luces y caricias.”
De Es un temor de algo

La poesía de Jaime Sabines se nos queda adherida al corazón y a esa resonancia del corazón, y salvaguarda de sus latidos, que es la memoria. No la memoria que se esteriliza en el aprendizaje mecánico y deliberado, sino la memoria involuntaria, que se nos queda pegada al alma y al cuerpo como la tabla de multiplicar, como los colores del arco iris, como el ave maría, y que constituye nuestro patrimonio verbal. Eso es la poesía.

La poesía de Jaime Sabines empezó siendo suya –no podría ser de otra manera, de él salió–, pero acabó siendo nuestra. La tenemos guardada entre la lengua y el paladar –la masticamos, la comulgamos, de ella comemos y nos alimentamos. La tenemos guardada entre el pudor más íntimo y la expresión más demandante–, la decimos en silencio y la proclamamos a gritos cuando la pedimos en un recital como si de un bolero se tratara: Los amorosos, Jaime; El Mayor Sabines, Jaime; Jaime, La tía Chofi, que es mi tía, y el Mayor Sabines es mi papá, y yo soy uno de esos amorosos que sueña que se lo comen los gusanos, Jaime.

Jaime Sabines, maestro, poeta admirado, pero no nada más admirado sino también querido, queridísimo: la Universidad te da la bienvenida para que tú, por tu parte, le des la bienvenida a la Universidad, a esta comunidad maravillosa de chavos que gracias a tu voz nunca van a estar solos en la vida, Jaime Sabines. Gracias

*TEXTO REVISADO POR EL PROPIO PREMIO CERVANTES,
ORIGINALMENTE LEÍDO EN 1997 PARA PRESENTAR A SABINES EN EL CCU

También podría gustarte