Un equipo científico, liderado por Luis Tovar y Romo, director del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, indaga la importancia de un mecanismo llamado vesículas extracelulares para ayudar a las personas que han sufrido un infarto cerebral a recuperarse rápidamente.
Al participar en el Primer Congreso de la comunidad biomédica de la Licenciatura en Investigación Biomédica Básica (LIBB) UNAM, el investigador precisó que su equipo indaga si estas vesículas extracelulares pueden modular los mecanismos de recuperación que le permitan al cerebro repararse después de un infarto cerebral, una patología de la que se registran 15 millones de casos anuales en el mundo.
El doctor en Ciencias explicó que las vesículas extracelulares son vehículos de transporte de moléculas que tienen las células en el cuerpo, que llevan en su interior proteínas, micro RNA o metabolitos, los cuales salen de la célula y, al ser captados por otros receptores, influyen sobre las respuestas moleculares.
Recordó que el infarto cerebral tiene múltiples características que lo hacen particularmente complejo, pues numerosos pacientes, de manera espontánea, presentan buena recuperación.
Esto indica la capacidad del cerebro para recuperar algunas de las funciones que ha perdido después de una lesión, y estos mecanismos se limitan a un corto lapso, ya que después de seis meses las personas no pueden recuperar más funciones de las que volvieron a adquirir en ese tiempo.
La propuesta del equipo liderado por Tovar y Romo, revisada en ratones, es que la recuperación espontánea no se da sólo por la generación de nuevas neuronas, ya que éstas suelen morir rápidamente. Pero se ha visto que se liberan moléculas exportadas en las vesículas extracelulares y eso influye en la recuperación neuronal.
Tovar y Romo mencionó los avances de su trabajo como parte de la iniciativa del Primer Congreso de la comunidad biomédica, entre los egresados de la Licenciatura en Investigación Biomédica Básica (LIBB), cuyo objetivo es intercambiar experiencias, visualizar nuevas propuestas de trabajo conjunto y establecer opciones de mentorías.
Luis Antonio Mendoza Sierra, secretario técnico del Instituto de Investigaciones Biomédicas, se refirió a la importancia de la colaboración proveniente de la comunidad científica estableciendo proyectos entre grupos de investigación biomédica.
Durante la jornada, llevada a cabo en el Auditorio Alfonso Escobar Izquierdo, participaron también especialistas en microbiología, biología celular y del desarrollo, inmunología, biología computacional e industria biomédica.
Sonidos que guían nuestras emociones
Fabiola Duarte Ortiz, actualmente investigadora posdoctorante de la Universidad de Washington, expuso su trabajo referente a circuitos auditivos para el aprendizaje y la evaluación de una canción para cortejo en aves.
Abundó que los sonidos guían nuestras emociones, por lo que ante la escucha de algún audio se generan expectativas o predicciones sobre lo que es posible esperar en el entorno, correcciones respecto a lo que esperábamos y evaluar si la experiencia fue positiva o negativa, aprendiendo constantemente.
Por ello, la egresada de la LIBB en su generación 41 y su equipo de investigación laboran con pinzones cebra, mientras enseñan a sus crías las canciones, por lo que han logrado reconstruir los análisis de las diferentes sílabas (representaciones) de la melodía, así como visualizar cómo fluctúa la actividad cerebral mientras los pájaros están cantando.
Duarte Ortiz destacó: “Hemos ubicado múltiples neuronas que responden a esta composición en particular. El proyecto indica que tienen diferentes formas de codificar la calidad de la canción para mantenerla estable”.
En tanto, Andrés Jara Oseguera, investigador de la Universidad de Texas en Austin, compartió su investigación sobre los mecanismos moleculares (secuencias detalladas de procesos que ocurren a nivel de moléculas, como ADN, ARN, proteínas y lípidos) que usamos los animales para detectar cambios en la temperatura, particularmente del canal TRPM8, que es el principal sensor de frío en nuestro cuerpo.
El egresado de la generación 32 de la LIBB comentó que éste es un canal iónico (un espacio que permite el paso rápido y pasivo de sodio, potasio, calcio o cloruro) que avisa cuando la temperatura disminuye, indicando variaciones en los niveles de sodio y calcio, que eventualmente percibimos como una sensación de frío.
Jara Oseguera indicó que para el trabajo compararon los patrones de mutaciones y revisaron los cambios en la percepción del frío al exponer a las células a éste y al mentol, encontrando patrones de comportamiento básicamente idénticos, lo que indica que, independientemente de cómo se detectan estos dos estímulos, el resultado es el mismo.