Del agravio a la reparación: por una ciencia LGBTIQ+

Existe una idea generalizada, reproducida incluso por personas científicas, de que la ciencia es un ente puro y neutro que se construye más allá de los valores de una sociedad. Esto no puede estar más alejado de la realidad. Como han planteado las epistemologías feministas, no debemos olvidar que el trabajo científico es una empresa humana, y por esta razón es indisociable de nuestros sesgos y limitaciones, así como de los marcos socioculturales de quienes lo realizan. Tomar conciencia de estos sesgos es una forma de hacer investigaciones con enfoques críticos.

La ciencia ha tenido un rol crucial en la historia de la humanidad. Sin embargo, así como ha generado beneficios, también ha contribuido al daño a grupos que han sido sistemáticamente oprimidos a lo largo de la historia. Por eso, quienes la hacemos tenemos una responsabilidad ética con la sociedad. Desde esta mirada podemos participar en el reconocimiento, pero también en la reparación de agravios cometidos por la ciencia a poblaciones como la comunidad LGBTIQ+.

Ofensas a la comunidad

Hasta 1973, la homosexualidad fue clasificada como un trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría, y hasta 1990 la Organización Mundial de la Salud la eliminó de la Clasificación Internacional de Enfermedades. Esto generó un daño tangible producido por las instituciones que tienen la responsabilidad de proteger el bienestar y la salud de las personas, pues legitimaron distinciones problemáticas entre la sexualidad normal y patológica.

Patologizar la diversidad sexual fue una condena. Como lo documenta Joseline Medina en el artículo “Terapia de conversión: un recorrido histórico desde sus inicios hasta su penalización en algunos estados de México”, la comunidad científica instruyó y ejecutó la implementación de supuestas intervenciones clínicas en personas LGBTIQ+ como la hipnosis, el electrochoque y el condicionamiento. Actualmente, el personal médico continúa realizando intervenciones quirúrgicas innecesarias y sin consentimiento en infancias intersexuales con el objetivo de forzarlas a encajar en categorías binarias de sexo, aun cuando investigaciones como las de Kevin G. Behrens han señalado el trauma físico y psicológico que esto puede generar.

El recorrido histórico de agravios científicos a esta población también incluye la morosa reacción institucional y académica ante la crisis del VIH-sida en los años 80. Asimismo, continúan existiendo omisiones sistemáticas de variables con enfoque LGBTIQ+ en múltiples ámbitos de investigación.

Del daño al arreglo

¿Cómo podemos construir una ciencia que repara las afectaciones históricas y dignifica las vidas LGBTIQ+? Una clave es la incorporación de nuestras realidades y saberes en las ciencias. Como lo menciona el piloto Jordan Taylor y colaboradorxs, se trata de ocupar lugares equitativos respecto a otros grupos poblacionales en la investigación en general, así como protagonismo en estudios específicos.

Es un grito de urgencia: las perspectivas de la población LGBTIQ+ son necesarias en la investigación, en la toma de decisiones sobre la asignación de recursos y en la definición de las poblaciones de estudio. La falta de nuestra presencia visible y la ausencia de nuestras voces han generado vacíos de conocimiento y obstáculos en el ejercicio de nuestros derechos humanos.

Convertirnos en autorxs de nuestra propia narrativa es parte esencial de la reparación. Existen algunos ejemplos de cómo la ciencia se transforma cuando integra las visiones LGBTIQ+. Un caso es el del bioquímico gay Bruce Voeller, activista y pionero en la investigación sobre VIH. Voeller –quien vivió con este virus– fue uno de los primeros científicos en nombrar y estudiar la enfermedad.

Otro ejemplo es el de la ecóloga colombiana trans Brigitte Baptiste, quien ha propuesto la visión de la ecología queer para abordar la naturaleza como un espacio de transgresión más allá de lo que el pensamiento binario puede reconocer. Un tercer caso es el del neurobiólogo trans Ben Barres, quien en el marco de su vida científica denunció públicamente la discriminación estructural basada en el binarismo de género.

De esta forma, no se trata únicamente de estar presentes, sino de hacer ciencia desde la diversidad: ajustar el enfoque con el que observamos el mundo, cuestionar los lentes con los que construimos conocimiento y de ampliar el espectro de lo visible. Porque cuando la ciencia se produce desde un único ángulo, genera puntos ciegos.

* ESTUDIANTE DE QUÍMICA Y BECARIA DE LA COORDINACIÓN PARA LA IGUALDAD DE GÉNERO

También podría gustarte