Participará en El Aleph

Desde el arte, Gayle Chong Kwan cuestiona el legado colonial

Foto: cortesía Binita Walia.

Apartir del momento en que la vanguardia artística declaró la necesidad de trascender los muros de los museos e implantarse en la realidad exterior, se ha llevado a cabo una revolución en torno a lo que es y puede hacer el arte, desde el llamado land art, que se aboca a situarse en medio de la naturaleza, hasta el impulso de experiencias comunitarias que restañan el tejido social.

Gayle Chong Kwan, artista británica de madre escocesa y padre mauriciano, sabe muy bien que lo histórico, lo político y lo ecológico se sitúan hoy en el centro del debate poscolonial, algo que le toca de manera personal. A través de fotografías, instalaciones, performances, cine y eventos sensoriales rituales, su trabajo sitúa al espectador en un discurso que se opone a la historia de la opresión occidental.

Chong Kwan tendrá dos participaciones relevantes en El Aleph. Festival de Arte y Ciencia, que en su edición número diez versa sobre el tema de las nuevas narrativas. Hoy, jueves 14 de mayo, a las 13 horas, participará en el conversatorio “Imaginando lo inimaginable”, junto a la doctora en física Ana María Cetto Kramis, en la Sala de Conferencias del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC). El encuentro buscará tender un puente entre el arte y la ciencia para explorar los límites de lo pensable: cómo se construyen las imágenes de lo posible, qué papel juegan la imaginación y la investigación ante aquello que aún no tiene nombre. Por la tarde, a las 17 horas, en el auditorio del mismo recinto, ofrecerá una conferencia sobre su obra más reciente, La gran instauración (2026), instalación de escultura a gran escala presentada en la Grand Gallery del National Museum of Scotland. Ambos eventos son de entrada libre con cupo limitado.

La trayectoria de Chong Kwan no puede entenderse sin la biografía que la precede. Hija de una familia escocesa que trabajó para la Compañía Ferroviaria de las Indias Orientales en Calcuta, y de una familia chino-mauriciana que llegó a Mauricio como mano de obra en las plantaciones azucareras coloniales, creció literalmente en el cruce de historias que el relato oficial prefiere mantener separadas. Su primera carrera universitaria fue en política e historia poscolonial del África subsahariana; más tarde hizo su doctorado en arte. Ese recorrido, de la academia a la poética, es la columna vertebral de su práctica.

“Por mi propio nacimiento soy un producto del colonialismo”, dijo Chong Kwan. “Tenía fotografías de mi familia escocesa en India con kilts. Y tengo mi enorme familia china en Mauricio. Habitaba entre estos mundos, y me tomó mucho tiempo entender que ahí estaba lo que me interesaba”. Ese trabajo de reconstrucción personal, un rompecabezas, lo llamó ella, se convirtió en la metáfora más precisa de su obra: reunir aquello que la historia fragmentó.

Lo que distingue radicalmente a Chong Kwan del circuito del arte convencional es su desinterés deliberado por el mercado. No hace obra para coleccionistas. Sus proyectos son a menudo incomprables por diseño: performances efímeros, experiencias comunitarias, colaboraciones con jóvenes en situación vulnerable, rituales públicos.

“No me interesa hacer arte para hombres blancos ricos que no comprenden nada”, afirmó sin rodeos. “Sigo lo que me interesa, y eso es uno de los privilegios de ser artista”. En su lugar, construye lo que ella llama “pequeños universos”: modelos alternativos de estar en el mundo que no le dicen al espectador qué pensar, sino que lo invitan a entrar.

Esa lógica de invitación, en lugar de imposición, define también su más ambiciosa obra reciente. Para La gran instauración, Chong Kwan investigó durante años ocho grandes colecciones científicas británicas, desde la Wellcome Collection hasta aquella de los Royal Botanical Gardens, rastreando las conexiones entre la Ilustración escocesa, la esclavitud y el saqueo del conocimiento indígena.

Encontró listas domésticas de esclavistas en las que los esclavizados llevaban nombres escoceses (Gordon, Aaron); documentó experimentos médicos realizados con personas esclavizadas del Caribe; recuperó la historia de los curanderos tradicionales de Jamaica perseguidos por practicar el Obeah, su medicina ancestral, mientras los médicos europeos extraían ese mismo conocimiento para sus propios fines.

“Fue la investigación emocionalmente más difícil que he realizado”, reconoció. “Había momentos en que lloraba en las presentaciones. Pero no me avergüenza: este material siempre estuvo ahí. Simplemente nadie hablaba de él”.

El título de la obra es una provocación directa al texto fundacional del método científico moderno, escrito por Francis Bacon en el siglo XVII: Chong Kwan lo toma prestado para invertirlo. En la Grand Gallery del museo (una arquitectura propia de la Ilustración, con grandes ventanales que prometen la luz del conocimiento) instaló raíces que crecen como si fueran instrumentos científicos, historias colgadas al revés, enormes pancartas que interrumpen la narrativa del progreso. Quería, relató, “voltear de cabeza la idea de la Ilustración como fuente de luz y conocimiento”.

Para El Aleph, festival que este año se pregunta por las nuevas narrativas, Chong Kwan llega con una respuesta que es también una pregunta: ¿qué historias hemos dejado de contar, y qué formas de arte hacen falta para contarlas?

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