Disautonomías, cuando falla el sistema nervioso autónomo

El sistema nervioso autónomo (SNA) forma parte del sistema nervioso central y periférico y regula de forma involuntaria múltiples funciones vitales del organismo como la presión arterial, la frecuencia cardiaca, la digestión y la temperatura corporal, las cuales no requieren de nuestra conciencia para mantenerse en equilibrio, a diferencia de los movimientos voluntarios como caminar o hablar.

La función principal del SNA es mantener el equilibrio del medio interno frente a los cambios del entorno a través de la regulación automática del funcionamiento de nuestros órganos; por ejemplo, no decidimos cuándo o cómo deben trabajar nuestros riñones, estómago o corazón, ni nuestras glándulas como la tiroides o la hipófisis.

El SNA se divide en sistema nervioso simpático y sistema nervioso parasimpático (que se distribuyen ampliamente por todo el cuerpo y actúan de forma complementaria) y el sistema nervioso entérico, que regula sus funciones de manera independiente y se limita al aparato gastrointestinal.

Cuando se altera el funcionamiento del SNA, se produce un trastorno conocido como disautonomía; debido a que este sistema inerva todo el organismo, su falla produce alteraciones en múltiples órganos y sistemas, pero sus síntomas más visibles se dan en el sistema cardiovascular.

En condiciones normales el SNA permite que el cuerpo se adapte a los cambios del medio interno o externo, por ejemplo al hacer ejercicio aumentan la presión arterial, la frecuencia cardiaca y la respiración para asegurar que los músculos reciban suficiente oxígeno y glucosa, y cuando el cuerpo vuelve al estado de reposo estos parámetros se reducen nuevamente. Sin embargo, en personas con disautonomía el SNA no es capaz de responder adecuadamente a los cambios y provoca síntomas como intolerancia al ejercicio, mareo o fatiga.

Debido a la amplia función reguladora del SNA, las disautonomías producen una gran diversidad de síntomas que pueden ser confundidos con otras enfermedades, lo que dificulta su diagnóstico y tratamiento adecuado. Sin embargo, signos como la fatiga crónica, mareo, intolerancia al ejercicio, sudoración excesiva, resequedad de mucosas, el insomnio, la ansiedad y las fluctuaciones en la presión arterial y en la frecuencia cardiaca, así como la visión borrosa y las lipotimias (desmayos), pueden hacer sospechar de que se trata de una disautonomía.

Existen dos tipos de disautonomías. Unas son las primarias, que tienen su origen en una falla del SNA y después se refleja en los fallos orgánicos, entre ellas una de las más conocidas es el síndrome de intolerancia ortostática, en la que el paciente al momento de levantarse tiene un desvanecimiento debido a que el SNA no controla adecuadamente la frecuencia cardiaca ni la regulación arterial al ponerse de pie. Existen otras disautonomías primarias menos frecuentes, pero mucho más graves, como el fallo autonómico puro llamado síndrome de Bradbury-Eggleston, y la enfermedad de Parkinson, que tiene un componente de disautonomía.

Y están las disautonomías secundarias, las cuales se producen como consecuencia de un trastorno sistémico como la hipertensión arterial, el síndrome metabólico, el cáncer, diabetes tipo 2, el trastorno por atracón, enfermedades autoinmunes e infecciones como Covid-19.

Últimamente ha surgido un debate sobre si las disautonomías secundarias son únicamente resultado de las enfermedades mencionadas o, en algunos casos, las preceden y contribuyen a su aparición. En el Instituto de Investigaciones Biomédicas se ha encontrado que las disautonomías que acompañan a la hipertensión arterial y al síndrome metabólico son de tipo secundario, ya que algunos parámetros autonómicos se alteran antes de que se desarrolle la enfermedad. Esto sugiere que ciertos signos y síntomas de disautonomía podrían detectarse antes de que aparezca la enfermedad primaria, abriendo la posibilidad de que su detección sirviera como marcador temprano o incluso predictivo del desarrollo de estas enfermedades.

Para prevenir una disautonomía se recomienda tener una alimentación equilibrada, ya que, si se aumenta el nivel de lípidos, carbohidratos y alimentos ultraprocesados se generan procesos de inflamación sistémica que afectan al SNA. Es necesario hacer ejercicio, mantenerse hidratados para evitar una afectación celular, y una adecuada higiene del sueño, así como controlar el estrés, porque es un disparador de la disfunción del sistema nervioso autónomo.

La disautonomía se considera una enfermedad rara, pero no por su baja frecuencia sino por lo poco diagnosticada, ya que es complejo encontrar los cambios que pudieran darse. Para su diagnóstico deben realizarse muchas pruebas, entre ellas una en la que se mide la actividad nerviosa en los músculos a los que llega la inervación del SNA. Se debe monitorear la presión arterial, la frecuencia cardiaca y su variabilidad. En otra prueba se monitorea la presión arterial mientras la persona está en una mesa que cambia de posición horizontal a vertical para asegurar que el SNA regula adecuadamente esos cambios, y si hay fallas en estas regulaciones se puede sospechar de una disautonomía, la cual no tiene cura, pero puede ser tratada atacando los principales síntomas.

* INSTITUTO DE INVESTIGACIONES BIOMÉDICAS

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