Son de México y de México Son

“El folclor del país es vasto y cambiante”

La Mexicana se presentará los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero en el CCU. Foto: Nanyei Nidia Macedo Barona.

Son tiempos de mover las fronteras del folclor mexicano en todos los campos. Creadores como el coreógrafo y bailarín José Alfredo Soní Perusquía lo saben. Así lo demuestra su búsqueda de más de 25 años con la compañía La Mexicana. Soní crea obras que resignifican los conceptos convencionales respetando lo tradicional mientras se lanza hacia el futuro.

La Mexicana (Compañía Mexicana de Danza Folklórica) presentará Son de México y de México Son. Identidad-es, movimiento los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario. El espectáculo, dirigido y coreografiado por Soní, despliega un repertorio que transita del Valle de Anáhuac (en referencia a las danzas prehispánicas) a Jalisco, de la Huasteca a Nayarit, articulando sones, jarabes, huapangos y polkas en una construcción escénica continua que concibe la identidad como proceso dinámico.

Presentada en más de 15 países y cerca de cien escenarios, la obra celebra este año el vigésimo quinto aniversario de la compañía con funciones que incluirán, el 1 de febrero, música en vivo a cargo de La Milpa de México.

Pero más allá del espectáculo específico, Soní encarna una visión del folclor que rehúye las clasificaciones rígidas y abraza la multiplicidad. En un campo donde las posturas suelen polarizarse entre puristas y experimentadores, este coreógrafo y bailarín, formado en la Escuela Nacional de Danza Folklórica del INBA, transita con soltura entre territorios aparentemente contradictorios.

“Yo estoy en todos”, aseguró sin ambages cuando se le preguntó si su trabajo se inscribe en lo tradicional, lo estilizado o la fusión. Esa afirmación no es eclecticismo superficial, sino el resultado de una reflexión profunda sobre las posibilidades y responsabilidades del creador escénico frente al patrimonio dancístico, dijo. Soní identifica tres vertientes en el folclor actual –la tradicionalista, la estilizada y las propuestas fusión– y se niega a elegir entre ellas, habitando cada una según las necesidades expresivas y los contextos de presentación.

“Para que un árbol tenga ramas muy frondosas y frutos muy buenos, la raíz debe ser muy sólida”, sostuvo al explicar su metodología creativa. El coreógrafo insistió en que todo hacedor de danza folclórica debe conocer profundamente la tradición, estudiar lo que las comunidades de origen quieren comunicar, antes de permitirse cualquier licencia creativa. En su compañía, esto se traduce en la conservación de danzas como la de Bárbaros de Silao, Guanajuato, manteniendo vestuarios de épocas anteriores, incluso cuando la tradición viva ha evolucionado hacia estéticas más vistosas, resultado de la competencia entre grupos regionales.

Simultáneamente, Soní reconoció que la recreación escénica implica inevitables transformaciones. El ritmo vertiginoso de la vida urbana, particularmente en Ciudad de México, exige síntesis dramatúrgicas que mantengan cautivo al espectador sin traicionar el espíritu de manifestaciones que en sus contextos originales pueden extenderse durante días. Sus bailarines se entrenan en ballet, jazz y técnicas de folclor, ampliando su vocabulario corporal para permitir estilizaciones que ofrezcan al público una experiencia estéticamente articulada sin perder autenticidad.

“El folclor en nuestro país es una cosa vasta, rica, pero a la vez viva, cambiante”, afirmó Soní. Esta comprensión del folclor como organismo en transformación constante justifica sus incursiones en la fusión, como en Mi chido cantón chilango, que cuenta la historia de Ciudad de México a través de bailes de salón mezclados con movimientos urbanos cotidianos y elementos folclóricos. O en Viva la muerte, donde danzas tradicionales se resignifican dentro de una narrativa inspirada en la Divina Comedia de Dante.

Lo que distingue su aproximación es la transparencia ética. Soní insistió en que los creadores deben ser honestos con el público sobre lo que están haciendo: si presentan tradición conservada, estilización escénica o fusión experimental. Esta claridad conceptual protege al folclor de deformaciones inconscientes y permite que coexistan múltiples abordajes sin jerarquías rígidas.

En Son de México, el hilo conductor no es una narrativa lineal sino el movimiento mismo: códigos dancísticos representativos de cada región organizados en fragmentos que cuentan historias pequeñas a través de la corporalidad colectiva. Desde el ritual prehispánico que abre el programa (con música siempre en vivo, porque “el tambor, el movimiento y el cuerpo van juntos, no se pueden despegar”) hasta el sincretismo final del occidente mexicano con música de Juan Gabriel, la propuesta revela un folclor entendido no como museo estático sino como archivo vivo en permanente actualización.

Fundada en 2001, La Mexicana reúne hoy más de cien intérpretes en tres elencos. Soní construyó esta plataforma desde la necesidad creativa y la inquietud permanente. A 25 años de ese inicio, su trabajo demuestra que el folclor mexicano es suficientemente vasto para contener tradición, estilización y fusión sin contradicciones, siempre que la raíz permanezca sólida y la honestidad creativa sea la brújula.

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