Coloquio “Egomanías” en la Facultad de Filosofía

“El mundo en el que transcurren nuestras vidas es un juego de espejos”

Históricamente, el problema del “yo” se ha desempeñado como la obsesión desmedida hacia la propia persona y un sentimiento de superioridad frente a los demás, la cual guarda relación con nuestras formas de convivencia social: Francisco Mancera Martínez, historiador y psicoanalista

La humanidad ha enfrentado, desde siempre, la problemática del yo, la cual guarda relación con nuestras formas de convivencia, pero también con las diversas formas de desarrollo económico y social que hemos establecido.

Dentro de la problemática del yo, la llamada egomanía desempeña un papel fundamental. Esta obsesión se caracteriza por una atención desmedida hacia la propia persona y un sentimiento de superioridad frente a los demás.

Como parte del Coloquio “Egomanías. Una aproximación transdisciplinaria presente-pasado”, organizado por los colegios de Historia y de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM, Francisco Mancera Martínez, académico de esta entidad universitaria, presentó su ponencia “Narciso ante el espejo. Variaciones psicoanalíticas sobre una pandemia invisible”.

Delante del público reunido en la Sala de actos de la FFyL, el maestro en Filosofía y, también, psicoanalista, señaló que el mundo en el que transcurren nuestras vidas es un juego de espejos y que, al igual que nos adentramos en un laberinto narrativo cuando leemos un cuento de Las mil y una noches que contiene otro cuento, y éste otro, y éste otro más, al colocarnos frente a un espejo ignoramos sus múltiples significaciones.

“Sabemos que el espejo reproduce nuestra imagen, pero escapa a nuestra percepción de que esa reproducción es continuación de una experiencia arquetípica”.

Asimismo, Mancera Martínez indicó que los otros, con quienes tenemos un vínculo, son el espejo que nos devuelve el rostro de una obsesión o un deseo, en el que se juega nuestra mismidad, ya sea que esta mismidad esté definida por la generosidad o por la destructividad.

“Anterior a cualquier idealización ética o política, los otros son el espejo en el que vemos reflejadas nuestras múltiples existencias, las cuales, sin embargo, permanecen en los sótanos creados por nuestros mecanismos neuróticos. Y es que todo neurótico –y todos somos neuróticos– es de alguna manera un déspota que poco o nada sabe de democracia respecto a los otros, a los múltiples otros que nos habitan”.

De acuerdo con el académico y psicoanalista puma, otro fenómeno especular es el todo social, al que denomina “el gran teatro del mundo”.

“En el todo social están comprendidas las mayorías silenciosas, las ciudades, las tecnologías, las industrias culturales, las instituciones, el Estado. Es una complejidad a la que llamamos nuestro tiempo, un espejo en el que la parte y el todo forman una red de proyecciones e identificaciones que trazan las figuras psíquicas más enigmáticas, desconcertantes y peligrosas, especialmente en los periodos de crisis, ya que es durante las catástrofes sociales cuando la experiencia especular se radicaliza y la imagen que nos devuelve lo que está del otro lado –sin importar que el individuo reflejado sea la personificación del estereotipo de la belleza y del éxito–, es la de un ser monstruificado, una imagen ominosa en el límite de la representación”.

Como se sabe, los antiguos griegos representaron en el mito de Narciso un estado mórbido del alma en el que, a decir de Mancera Martínez, “el individuo oscila caprichosamente entre lo trágico y lo detestable”.

Poseedor de una belleza física inigualable, Narciso se amaba a sí mismo, pero era incapaz de amar a los otros debido a dos motivos: la fascinación avasalladora que sentía al ver su propia imagen reflejada en el espejo de un estanque de agua y el placer mórbido que experimentaba al ver sufrir a los otros que le amaban.

“Este doble movimiento, amarse desmedidamente a sí mismo y controlar con crueldad al otro, lo descubrió Freud, con distintas expresiones e intensidades, en todos sus pacientes. Sin embargo, se percató de cierto tipo de pacientes histéricos, melancólicos y psicóticos a los que le resultaba imposible establecer un vínculo transferencial con el psicoanalista, lo cual cancelaba la posibilidad misma del análisis. El escepticismo clínico de Freud respecto a estos pacientes se debía, según sus palabras, a que su narcisismo era de tal magnitud que se asemejaban, en su disposición al análisis, a un muro de piedra imposible de atravesar”.

También podría gustarte