Es evidencia clave para reconstruir aspectos de la historia natural y cultural

El polen puede guardar información que revele el pasado de civilizaciones

A través de su análisis, los especialistas obtienen pistas sobre la vegetación de distintas regiones, los cambios en el paisaje a lo largo del tiempo e incluso la presencia humana en determinados lugares

¿Sabías que algo tan pequeño como un grano de polen puede guardar una enorme cantidad de información sobre el pasado? En las investigaciones arqueológicas, estos diminutos restos se han convertido en una herramienta fundamental para comprender cómo eran los ambientes antiguos y de qué manera interactuaban las sociedades humanas con las plantas que las rodeaban.

A través de su análisis, los especialistas obtienen pistas sobre la vegetación de distintas regiones, los cambios en el paisaje a lo largo del tiempo e incluso la presencia humana en determinados sitios. Así, el polen se ha consolidado como una evidencia clave para reconstruir aspectos de la historia natural y cultural que no siempre se pueden apreciar a simple vista.

Este potencial como archivo fue el eje de la conferencia “El pasado al microscopio: el polen en las investigaciones arqueológicas”, realizada como parte del ciclo La arqueología hoy, organizado por El Colegio Nacional. En ella participaron Samanta Cordero Villaloz, catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM; Emilio Ibarra Morales, del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM; y Laura Angélica Ortiz Tenorio, integrante del Proyecto Templo Mayor-INAH, quienes abordaron la relevancia de estos granos microscópicos como fuente de información científica.

Elemento microscópico

Antes de profundizar en su valor arqueológico, es importante entender qué es el polen. Emilio Ibarra Morales explicó que se trata de un elemento microscópico esencial en las plantas con flores, ya que participa directamente en su reproducción. Su función principal es permitir la fecundación vegetal mediante su transporte desde los órganos masculinos de una flor hacia los femeninos de otra.

Este proceso puede ocurrir por medio de diversos agentes, como el viento, el agua, los insectos, especialmente las abejas, otros animales e incluso el ser humano. Gracias a ello, las plantas logran reproducirse y mantener sus ciclos biológicos.

Aunque no todas producen polen. Las angiospermas sí lo generan, mientras que otros grupos, como helechos, musgos y líquenes, se reproducen mediante esporas. Esta diferencia resulta fundamental para comprender la evolución del mundo vegetal e interpretar correctamente los restos botánicos en contextos arqueológicos.

Comprender estas características permite dimensionar su relevancia en disciplinas como la paleobotánica y la paleoecología, que estudian la relación entre los seres humanos y las plantas a lo largo del tiempo. En este contexto, el polen funciona como una evidencia directa que da cuenta de los ecosistemas del pasado y de las especies que fueron utilizadas, cultivadas o consumidas por distintas sociedades.

Indicador particularmente útil por su capacidad de dispersión

Una de las principales ventajas del polen es su capacidad de dispersión, lo que lo convierte en un indicador particularmente útil. Puede encontrarse en distintos contextos dentro de un sitio arqueológico, como suelos de viviendas, fogones, áreas de cocina e incluso entierros.

En el caso de las sociedades prehispánicas, su análisis permite identificar las plantas que formaban parte de la alimentación, la agricultura y los rituales. El polen de maíz, por ejemplo, es especialmente relevante debido a la importancia de este cultivo en Mesoamérica. Sus granos presentan características distintivas, como un tamaño relativamente grande, superior a 80 o 90 micras, lo que facilita diferenciarlo de otros pastos de la familia de las poáceas.

También es posible reconocer restos de plantas como el amaranto, la calabaza o el algodón. Cada una presenta rasgos específicos: el amaranto y el huauzontle tienen múltiples poros, mientras que la calabaza muestra ornamentaciones particulares. En el caso del algodón, su presencia puede indicar redes de intercambio, ya que no es originario de todas las regiones.

Además de su valor para reconstruir prácticas agrícolas, el polen aporta indicios sobre actividades rituales y funerarias. En entierros prehispánicos, por ejemplo, se han identificado restos asociados a ofrendas florales, lo que permite inferir qué especies eran utilizadas en contextos ceremoniales.

¿Qué lo hace tan valioso?

A pesar de su tamaño, que oscila entre 15 y 250 micras y sólo puede observarse mediante microscopía, el polen posee una estructura altamente resistente. Su capa externa, conocida como exina, funciona como un “cascarón” que lo protege del ambiente. Esta superficie presenta formas, texturas y ornamentaciones específicas que permiten identificar la especie a la cual pertenece.

Sin embargo, su estudio implica desafíos. Las muestras arqueológicas deben someterse a procesos fisicoquímicos especializados para separar el polen de la matriz en la que se encuentra. Esto incluye el uso controlado de ácidos y bases que permiten liberar los granos sin dañarlos. Posteriormente, se analizan mediante microscopía óptica o electrónica para identificar sus características morfológicas.

Análisis polínicos en Teotihuacán

Estas metodologías han sido aplicadas en sitios clave como Teotihuacán. La arqueóloga Laura Angélica Ortiz Tenorio presentó estudios realizados en las pirámides del Sol y de la Luna, donde los análisis polínicos han permitido identificar restos vegetales tanto en contextos constructivos como en espacios ceremoniales.

Los resultados muestran diferencias significativas: mientras que en los rellenos arquitectónicos el polen refleja el entorno inmediato, en contextos cerrados, como las ofrendas, evidencia una selección intencional de especies.

Más allá de su función práctica, las plantas desempeñaban un papel fundamental en la vida ritual. Las flores, por ejemplo, eran seleccionadas por su color, aroma y forma. Tonos como el rojo, el amarillo o el blanco tenían significados específicos: el rojo se asociaba con la sangre y la guerra, mientras que los colores intensos atraían la atención de las deidades.

El aroma también era esencial. Se creía que las deidades recibían tanto ofrendas materiales como fragancias, lo que establecía un vínculo entre el mundo humano y el divino. Este principio aún encuentra eco en diversas prácticas tradicionales contemporáneas.

Incluso plantas como el pino o ciertas flores estaban vinculadas con la guerra y la organización social, funcionando como símbolos de prestigio y atributos bélicos.

Transformaciones del paisaje

Desde otra perspectiva, Samanta Cordero Villaloz destacó que el análisis del polen ha permitido reconstruir el paisaje de esa región a lo largo del tiempo. Los datos indican que, durante el periodo prehispánico, predominaban bosques templados y húmedos con especies como pinos, oyameles y alisos.

Con la llegada del periodo colonial, se observa un deterioro ambiental caracterizado por la disminución de estas especies y el aumento de vegetación asociada a climas más secos. Este proceso culmina en el paisaje actual, dominado por nopales y matorrales xerófilos.

Estos cambios reflejan las variaciones climáticas y el impacto de la actividad humana sobre el entorno.

Archivos naturales

El estudio del polen demuestra que incluso los vestigios más diminutos pueden contener historias complejas sobre el pasado. Lejos de ser simples restos biológicos, estos granos microscópicos funcionan como archivos naturales que registran transformaciones ambientales, prácticas culturales y formas de pensamiento.

Gracias a su análisis, es posible reconstruir tanto paisajes antiguos, como las relaciones simbólicas que las sociedades establecieron con su entorno. Así, el polen confirma que la historia no sólo se escribe en grandes monumentos, sino también en partículas invisibles que, observadas de cerca, revelan la profundidad de la experiencia humana.

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