El “saurio volador” encarna la identidad del Museo
El vuelo de Quetzalcoatlus emergerá renovado en el 50 aniversario del Chopo

Desde el 9 de octubre y hasta el 16 de noviembre, los visitantes pueden presenciar la restauración de la escultura como parte de la exposición El vuelo de Quetzalcoatlus, una propuesta inédita en la que el recinto convierte una sala en un taller vivo de conservación y reflexión artística, curada por Sol Henaro e Israel Corona.
“Normalmente restauramos a puerta cerrada, pero esta vez quisimos que todo el proceso se mostrara. La gente nos ve trabajar, pregunta, aprende, y nosotros también aprendemos de ese diálogo”, explicó la restauradora Jimena Fernández, coordinadora de la reparación e integrante de Pictórica Taller, institución dedicada a la restauración de obras artísticas.
Marta Palau es conocida por su trabajo de avanzada en el campo de la escultura textil. También se expresó en otros medios como la gráfica, la pintura, la cerámica y la instalación. Suyos son las fibras y los materiales de origen natural, así como una clara postura anticolonial.
La obra fue creada hace más de dos décadas para la exposición Zoología fantástica, que conmemoraba el centenario del edificio del Chopo. Inspirada en el animal volador prehistórico del mismo nombre, la pieza, de unos 10 metros de envergadura, rinde homenaje a la antigua vocación científica del recinto, que entre 1913 y 1964 albergó al Museo Nacional de Historia Natural.
Palau elaboró su criatura con materiales orgánicos: ramas, cortezas, hojas y papel amate. Con ellos construyó un “saurio volador” ligero y resistente, ideado para “volar” suspendido del techo, como si los antiguos esqueletos de dinosaurios se hubieran transformado en arte contemporáneo.
“La maestra Palau conocía profundamente las texturas y el simbolismo de los materiales naturales. En esta pieza, hasta la cresta está hecha con corteza de nopal, algo increíble”, comentó Israel Corona, jefe de registro y conservación del Museo.
Durante 20 años, el Quetzalcoatlus permaneció en resguardo, plegado y envuelto en bodegas. Su fragilidad hacía imposible manipularlo sin riesgo. “Cuando lo encontramos, estaba entero pero oculto, sin poder verse en su dimensión real”, recordó Corona. El reto fue desmontarlo cuidadosamente, diagnosticar fracturas, limpiar los materiales y rearticular su estructura de ramas.
El proyecto, explicó, busca mostrar la restauración como acto museístico, no como tarea invisible. En esta “restauración abierta”, el público asiste a un proceso que combina la minuciosidad científica con la improvisación artística.
“Es como excavar un fósil, vamos descubriendo cómo la artista resolvió problemas técnicos con los recursos que tenía, y eso nos conecta con su manera de pensar”, explicó Fernández.
La exposición, más que una muestra tradicional, es un laboratorio en marcha. En la primera etapa, la pieza reposó sobre una mesa de trabajo, mientras los restauradores examinaban su “anatomía”. En la segunda fase, se despliegan diagramas, fotografías y registros del proceso, junto con un archivo que documenta la creación original de Palau. Esta apertura busca socializar las decisiones, errores y hallazgos que normalmente permanecen ocultos.
“Nos estamos vulnerando como institución, mostrando que el deterioro es parte natural del tiempo. Pero también que el Museo puede convertir sus limitaciones en oportunidades para reflexionar sobre su propio quehacer”, señaló Fernández.
Para Corona, el Quetzalcoatlus encarna la historia y la identidad del Chopo. “Habla del edificio que alguna vez fue un museo de historia natural y hoy es un museo de arte. Es el vínculo entre ciencia y creación. Además, fue pensado para este espacio; aquí nació y aquí tiene sentido”.
El acto de izamiento, previsto para el 25 de noviembre, marcará el cierre de la restauración y un punto alto en las celebraciones del medio siglo del Museo.
“Vengan a ver volar al Quetzalcoatlus. Va ser impresionante, maravilloso y aterrador levantar la obra”, dijo Fernández.
El programa para esa fecha celebratoria es bastante extenso, contempla la actuación de músicos, DJs, la apertura de todas las salas en las que hay otras exposiciones. Por ejemplo, serán los últimos días de Era un árbol y se convirtió en un bosque, muestra que reflexiona sobre la historia misma del Museo.
“Queremos que la gente se asombre. Que entienda que detrás de cada obra hay muchas manos, muchas disciplinas y mucho amor. Este proyecto celebra no sólo los 50 años del museo, sino también la vitalidad de lo que hacemos dentro de él”, concluyó Corona.