Se presentará del 26 al 28 de junio en el CCU

En Love Kanshaku, convergen dos visiones antagónicas del butoh

La obra de Norihito Ishii y Kana Kitty explora la tensión entre opuestos. Foto: cortesía Norihito Ishii y Kana Kitty.

El butoh es una de las manifestaciones dancísticas más originales de Japón y que mejor expresa su contemporaneidad. Surgida de las ruinas físicas y simbólicas de la posguerra, esta danza que convierte el cuerpo en un territorio de trance, deformación y revelación llega, una vez más, al Centro Cultural Universitario (CCU).

La pieza, Love Kanshaku, elaborada por Norihito Ishii y Kana Kitty, dos intérpretes que provienen de tradiciones distintas, casi antagónicas, dentro del butoh, se presentará los días 26, 27 y 28 de junio en el Salón de Danza UNAM.

Norihito Ishii, miembro de Sankai Juku (compañía fundada por Ushio Amagatsu que representa uno de los pilares del butoh internacional) se ha presentado en más de 75 ciudades y 27 países, avalando así una trayectoria construida en la austeridad del movimiento, la geometría del ritual y una espiritualidad orientada hacia los fenómenos del universo.

Kana Kitty, en cambio, ha forjado su propio lenguaje (lo llama Gal Shaman Butoh), fusionando la sensibilidad chamánica con la cultura pop contemporánea, la oración con el impulso o el ritual con los elementos gyaru (subcultura de moda japonesa nacida en Tokio en los años 90 cuando las mujeres se rebelaron ante los cánones de belleza tradicionales).

Dos poéticas opuestas que exactamente por eso, dicen, se complementan. El título mismo es ya un manifiesto de esa tensión. Kanshaku significa, en japonés, berrinche, arrebato, explosión emocional. El amor y el berrinche son fuerzas contrarias, y su choque es el motor de la pieza. Pero la dualidad va más lejos: el concepto japonés de musuhi (unión, transformación continua, conexión de todas las cosas) articula el núcleo filosófico de la obra.

Vida y muerte, interior y exterior, individualidad y colectividad: ciclos que los dos bailarines encarnan con sus cuerpos maquillados de blanco, transformados en algo que oscila entre lo humano y lo que lo excede.

Cuando se le pide a Ishii que defina el butoh con sus propias palabras, la respuesta sorprende por su sencillez y su alcance simultáneos. “Es fantasía. Cuando hacemos butoh, a veces somos humanos, pero otras veces tenemos que convertirnos en bestias, en otros animales. A veces representamos fenómenos como el viento, el agua, el fuego o los terremotos”, señaló.

No hay decorado, no hay objetos, no hay escenografía que supla lo que el cuerpo debe imaginar y luego volver materia. Ishii lo compara con actuar en una película que sólo existe en la mente de quien la protagoniza. La diferencia con el cine, desde luego, es que aquí el set invisible se materializa ante los ojos del público.

Su visión sobre la oscuridad resulta igualmente rotunda. Para Ishii, la mayoría de la gente dirige su mirada sólo hacia la luz, ignorando que ambas son inseparables. “Todo surge de la oscuridad”, afirmó. “Sólo desde ella podemos sentir la luz”. Es una postura estética, sí, pero también una cosmología.

La de Kitty es, si cabe, una apostura aún más intensa. “Para mí, el butoh consiste en encontrar el cosmos dentro de mí misma y bailar su mandala”, dijo, y añadió algo que transforma la idea de intérprete en la de médium: “Mi cuerpo es un medio que recibe energía e información de la tierra y del espacio. Mi cuerpo vacío capta algo que está más allá de mí misma y de lo humano”. Kitty entiende su práctica como un canalizar, un dejar pasar, un ser espejo antes que emisor.

Lo más provocador de su reflexión, es el giro inesperado que da al hablar de la inteligencia artificial (IA). Desde que comenzó a usarla, comentó, encontró palabras para describir lo que ocurre en su práctica butoh. El paralelo es desconcertante en su precisión: la IA reúne información y refleja al interlocutor; el butoh también trabaja con detonadores verbales que activan transformaciones físicas.

“Si recibo la palabra ‘agua’, me convierto en agua. Si recibo la palabra ‘flor’, me convierto en flor. Funciona de manera parecida a un prompt”. La imagen revela algo profundo sobre la naturaleza receptiva e impersonal de este arte, su voluntad de vaciarse para que algo más hable a través del cuerpo.

La pieza que se presentará en la UNAM es una reelaboración de un trabajo estrenado hace dos años en un espacio alternativo, ahora adaptado al ámbito teatral. Sobre lo que significa o debe significar para el espectador, Ishii es deliberadamente elusivo: “No queremos explicarlo todo”. Kitty, por su parte, formula con generosidad lo que podría ser el único contrato que esta obra le propone al público: “Tal vez les guste y tal vez no, pero incluso eso significa que hubo una conexión entre nosotros”.

No podemos dejar pasar la oportunidad de preguntarle a Ishii por su experiencia en Sankai Juku y por la visión del butoh de ese colectivo. “Llevo 16 años en Sankai Juku. Allí no basta con bailar. También hay que aprender técnicas escénicas, iluminación, aspectos técnicos y muchas otras cosas. Ha sido una experiencia extremadamente valiosa y estoy muy agradecido. Sankai Juku busca, a través del butoh, comprender el mundo y el universo. Amagatsu trataba de abarcar todas las cosas: la naturaleza, el universo y la totalidad de la existencia. Su manera de investigar esas cuestiones era crear obras de butoh. Buscaba comprender este mundo y sus misterios mediante el arte”, concluyó el bailarín y coreógrafo.

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