En un estado de plenitud, Beethoven compone su Sinfonía número 4

Otro compositor alemán, Robert Schumann, se refería a esta obra como “una doncella griega entre dos gigantes nórdicos”.

Beethoven pasó el verano de 1806, uno de los años más felices de su vida, en la residencia que la condesa Josephine von Brunswick y sus hermanos tenían en Martonvásár, Hungría.

Entonces, probablemente motivado por el intenso amor que Josephine despertaba en él, compuso su Sinfonía número 4 en si bemol mayor, opus 60, que está dedicada al conde Franz von Oppersdorf.

De ella, el célebre director de orquesta austriaco Josef Krips dijo: “Esta obra se aproxima al espíritu que campea en la Octava, pero mientras que esta última es la más vienesa de las nueve sinfonías, la Cuarta contiene un movimiento lento de indescriptible profundidad. Situada entre el drama de la Tercera y de la Quinta, esta sinfonía es un estudio sobre la serenidad: toda ella es la aceptación beethoveniana de la vida.”

Aunque Josephine, por entonces viuda del conde Joseph von Deym, admiraba a Beethoven más que a ninguna otra persona, no sentía por él ningún sentimiento amoroso ni mucho menos atracción física. Además, casarse con un plebeyo como Beethoven hubiera significado para ella la pérdida de su título nobiliario, de sus privilegios e incluso de la custodia de sus cuatro hijos.

En todo caso, Beethoven nunca se vio correspondido por esta mujer que, de acuerdo con algunos estudiosos, podría ser la Amada Inmortal, es decir, la destinataria de la famosa carta que el compositor escribió en julio de 1812 y que comienza así: “Mi ángel, mi todo, mi yo…”

Pero volvamos a la Cuarta. En apariencia, está muy cerca del espíritu de Haydn y Mozart, pero sólo en apariencia… El primer movimiento, Adagio–Allegro vivace, se inicia con una lenta e introspectiva introducción que, luego de seis insistentes repeticiones de un mismo acorde, abre paso al Allegro, uno de los más gozosos y vivaces que Beethoven compusiera a lo largo de su existencia.

Acerca del segundo movimiento, Adagio, Hector Berlioz comentó que “es tal la pureza de su forma, tan angelical su expresión melódica e irresistible su ternura, que la prodigiosa mano del artista queda enteramente oculta”.

Por lo que se refiere al tercer movimiento, Allegro vivace–Trío. Un poco meno Allegro, es un enérgico scherzo pletórico de humor y libertad.

Y el movimiento final, Allegro ma non troppo, es, en opinión de Jan Swafford, “un jadeante y alocado moto perpetuo, como la más alegre escena final de una ópera bufa.”

La Sinfonía número 4 de Beethoven fue estrenada, junto con la obertura Coriolano, opus 62, en marzo de 1807, en un concierto privado que se efectuó en el palacio del príncipe Lobkowitz, en Viena.

Robert Schumann se refería a ella como “una doncella griega entre dos gigantes nórdicos”, o sea, entre la Tercera y la Quinta. Cabe añadir que no pocos críticos la consideran, desde el punto de vista formal, la más perfecta sinfonía de Beethoven.

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