Gonzalo Celorio, Premio Cervantes 2025

“Yo me di cuenta que a través de la palabra encontraba la identidad”

Gonzalo Celorio recibe el Premio Cervantes de Literatura este jueves 23 en España. Hace días, Julia Santibáñez, poeta y titular de la Dirección General de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM, charló con él en la biblioteca del escritor. La conversación se realizó para transmitirse en el programa Léemelo de TV UNAM y aquí la reproducimos de manera casi íntegra…

Foto: TV UNAM.

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Julia Santibáñez: ¿Cómo fue tu inicio con los libros? ¿Cómo fue tu acceso a ellos? ¿Cómo empezaste a leer de niño?

Gonzalo Celorio: He contado, alguna vez, una anécdota que quizás convenga ahora repetir porque yo soy el onceavo hijo de una familia de 12 hermanos. Mis padres se guiaban por la divisa evangélica de que hay que tener los hijos que Dios nos mande, para mi fortuna, porque si no, no estaría aquí conversando contigo. Cuando yo nací, mi padre era un hombre ya en la senectud de la vida, y mi hermano mayor Miguel- un hombre muy culto, muy inteligente, muy preparado, muy sensible también, un gran arquitecto- me adoptó como su hijo putativo, digamos. Él tenía una gran biblioteca en su habitación. Mi casa parecía entre un convento y un motel carretero, porque éramos tantos los que habitábamos ahí: era una recámara tras otra, pero como mi hermano Miguel fue el que hizo esa casa, él se hizo una habitación espectacular, la más grande y la mejor iluminada, y tenía una biblioteca en su casa, era más una biblioteca que un dormitorio, y me invitaba cuando yo era niño.

Me hacía memorizar una serie de frases con palabras muy prestigiosas, muy rimbombantes, que yo no entendía pero que memorizaba. Y entonces, cuando llegaba alguna novia suya, me subía, me acuerdo, de los codos y me empujaba hasta ponerme en el trinchador del comedor. Luego, me preguntaba como muy casualmente: “Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres?”, y yo le decía: “Pues hasta la Cólquida donde Jasón buscaba el vellocino de oro y te quiero hasta el confín del universo y te quiero hasta la última estrella de la Vía Láctea”. Yo no sabía ni qué era confín ni Vía Láctea y mucho menos quién era el tal Jasón.

Pero eso me lo había ya aprendido de memoria por sus instrucciones bajo su tutela. Entonces, la novia quedaba seducida y yo me empezaba a diferenciar gracias a la palabra, precisamente de todos mis demás hermanos, porque mi madre, pues, se guiaba también, como criterio elemental de educación y de contención de esa familia, con el precepto o el lema, el dictum más bien, de que todos mis hijos son iguales. Y eso era atroz, porque uno quiere siempre singularizarse, “ser uno”. Es una cuestión de identidad.

Yo me di cuenta que a través de la palabra encontraba la identidad y esa biblioteca de mi hermano me daba la sugerencia de que en los libros estaban escondidas esas palabras que tanto me gustaban, porque tenían una gran eufonía y porque además al decirlas me generaba algún reconocimiento, algún aplauso y alguna distinción sobre todo. Por lo tanto, creo que ahí nació mi vocación literaria, mi vocación por la palabra y evidentemente el gusto por los libros desde una edad muy, muy temprana.

JS: ¿Conservas alguno de esos ejemplares de infancia?

GC: No muchos, pero quiero decir que el primer libro que yo compré con mi sueldo, porque al terminar la primaria nuestros padres nos orillaban a trabajar y los más chicos trabajábamos en el periodo vacacional con los hermanos mayores. Entonces, yo trabajé en un despacho de contabilidad de una compañía de la cual era gerente mi hermano Benito, y con ese primer sueldo me compré un libro de Rosario Gutiérrez Eskildsen, una gramática española. ¿Pero por qué una gramática? Bueno, porque en esa gramática había también pasajes literarios, algunos de ellos bíblicos y otros de la tradición hispánica. Me lo compré porque todo lo heredábamos, yo nunca estrené un traje hasta que me lo pude comprar. Y entre las cosas que heredábamos estaban, obviamente, los libros. Yo ya no quería tachar el nombre de Eduardo, porque Eduardo ya había tachado el de Jaime y Jaime el de Carmen, y Carmen el de Ricardo y así; entonces yo quería poner por primera vez en una página impoluta y virginal mi nombre sin ningún antecedente penal. Y ese fue el fondo de origen de mi biblioteca.

JS: ¿Tienes algún ritual para leer? No sé, con un café a tal hora del día, con un lápiz, es decir, ¿algún ritual que signe tu contacto con un libro?

GC: Sí, yo en las mañanas escribo y en las tardes leo porque tengo más vigor en la mañana como para ser el transmisor y una mayor tranquilidad en las tardes para abrirme a la recepción; leo todas las tardes y de una manera bastante rigurosa y muy disciplinada. Leo sentado en mi escritorio con lápiz en mano porque no soy muy respetuoso con los libros, o más bien mi manera de respetar los libros es subrayándolos. Hay libros que se me han acabado como si fueran pastillas de jabón; subrayo, leo y anoto al margen. Además, tengo un bloc de notas donde estoy permanentemente escribiendo de lo que leo.

JS: Pasemos directamente con Julio Cortázar. Rayuela, este libro que tú elegiste para leernos un capítulo en particular, el 68. Cortázar, a quien tú recibiste en la Facultad de Filosofía y Letras, como Secretario de Extensión Académica. El libro se publicó en el 63 y tú recibes a Cortázar en el 83. Nos puedes leer el fragmento con tu voz, por favor.

GC: Bueno, elegí un capítulo que está en glíglico; es decir, está en un lenguaje totalmente artificioso, deliberadamente artificioso, pero que de manera muy clara, más clara que si hubiera estado escrito en un discurso comprensible a primera lectura hace una penetración, la palabra incluso tiene cierto sentido erótico en un referente de carácter amoroso. Es verdaderamente una maravilla:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

JS: Gracias por compartir este fragmento que es de las cumbres de la literatura en español.

Tú has dicho, Gonzalo, que tu vida se divide en antes de J. C. y después de J. C. Julio Cortázar.

GC: Porque para mí fue muy importante la lectura de Cortázar, de Rayuela y de los cuentos, muy particularmente los primeros cuentos de Cortázar. Hay libros que modifican el pensamiento. Un libro siempre modifica algo y si no, ese libro no cumple su función realmente; la mayoría de los libros modifican el pensamiento, uno piensa de una manera diferente, encuentra un ámbito de reflexión distinto al que tenía antes, descubre una serie de fenómenos de sensibilidades que no había experimentado; pero hay libros que modifican la conducta y este es el caso, para mí absolutamente excepcional, de Julio Cortázar. ¿Por qué? porque uno después de leer a Julio Cortázar ya no puede ser el mismo: te transforma y cambia tus hábitos, tu escala de valores y tu conducta. Uno no puede subir una escalera de la misma manera después de haber leído las instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar. Uno no puede hacer el amor igual que antes de la lectura de Cortázar. No puede realmente ni siquiera tomar un café igual que lo hacía antes. Hay todo un universo verdaderamente prodigioso que en primer lugar pone en tela de juicio todos los valores que tenías acumulados desde la infancia, los pone en crisis y te abre la posibilidad de una transformación hacia un estadio superior, sin lugar a dudas, porque te va carcomiendo todas estas estructuras rígidas, coercitivas y encarcelantes que te han constreñido antes. Es un escritor de gran liberación. Cortázar te libera de todos tus prejuicios, pone en tela de juicio todo tu sistema cultural educativo previo a la lectura. Eso es verdaderamente prodigioso y no suele suceder con muchos escritores. Cortázar te cambia la conducta.

JS: Gonzalo, tú estudiaste literatura en la UNAM efectivamente, y ya mencionabas que nunca egresaste porque sigues siendo universitario, pero quiero preguntarte: ¿hubo algún autor, alguna lectura que te motivara de manera particular a entrar a Letras en la UNAM?

GC: Bueno, no es nada más una lectura, sino una sucesión de lecturas. Y esto yo creo que tiene mucho que ver con un curso de literatura en la preparatoria que me entusiasmó muchísimo, de literatura española y de literatura mexicana. Es curioso porque libros de extrema juventud que yo leía no necesariamente eran los libros que tenían particular éxito entre mis compañeros. Yo recuerdo leer casi de manera clandestina La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, porque me lo tenía que poner abajo del pupitre como si fuera un libro pornográfico. Yo quería seguir leyéndolo aun en clase de química o de biología y todavía me sé de memoria todo el monólogo de Segismundo:

“!Ay, infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo. Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido…”

Bueno no, no sigamos por ese camino porque no acabamos, pero lo que quiero decir es que tuve un gusto muy bien inculcado por algunos maestros para la literatura. Yo no tuve realmente ninguna duda en que lo que yo quería estudiar era Letras, a pesar de que, claro, mis hermanos mayores me decían el manido comentario de que me iba a morir de hambre. Y no, por fortuna no me morí de hambre y pude dedicarme sin ningún tipo de vacilación a estudiar literatura porque incluso me decían: “por qué no mejor estudias derecho y ya después te dedicas a la literatura”. Mi única, quizás, distracción, es que me entusiasma mucho el teatro y yo hice mucho teatro en la Escuela Nacional Preparatoria. Aunque yo no estudié la preparatoria en la Escuela Nacional, el colegio donde yo estudié era de puros hombres y no podíamos montar casi ninguna obra, porque si hubiéramos vivido en los tiempos “shakespearianos”, los hombres hubieran hecho el papel de mujeres, pero un maestro mío en la preparatoria confesional donde yo estudié, en el Centro Universitario México, me invitó a que formara parte de su grupo de teatro que él tenía en la Escuela Nacional Preparatoria y ahí hice mucho teatro. Sin embargo, el teatro lo seguí haciendo aún en la universidad, como actor y como director, pero el teatro te exige una especie de animalidad: el zoon teatrikon. Para ello, necesitarías dedicarle toda la vida al teatro y preferí dedicarle toda la vida a la literatura porque era una vocación más fuerte. También tenía dudas en el sentido de que yo quería ser escritor, y la vida académica a veces la sentía incompatible con la creación literaria pero no, eso lo resolví más o menos pronto. No todo el lector escribe, pero todo escritor lee y qué mejor manera de leer que leer con la guía profesoral y académica de un discurso literario más consistente y profundo, más amplio. Yo no hubiera leído toda la literatura telúrica latinoamericana si no hubiera estudiado Letras o no hubiera leído los autos de los Reyes Magos de la época medieval si no hubiera estudiado la literatura formal orgánicamente. Y esto para mí fue realmente importantísimo, porque la facultad no forma escritores, pero forma lectores profesionales, y el tener una formación de lector no puede ser incompatible con la escritura. Además, nada es incompatible con la escritura, si pienso en Juan Rulfo, a quien vamos a leer ahora, que era vendedor de llantas en la Goodrich-Euzkadi, pues todo puede ser compatible con la literatura, y cómo no va a ser compatible el estudio, la lectura académica, la formación académica para poder escribir.

JS: Este es el segundo libro, el segundo fragmento que tú elegiste de El llano en llamas, el cuento Luvina del mexicano Juan Rulfo. Y tú comentas en tus memorias que te diste cuenta en algún punto, antes de entrar a Filosofía y Letras, que conocías más tu país por un cuento de Rulfo que por todos los libros de geografía e historia que habías leído en primaria, secundaria, preparatoria. Me parece una visión bellísima de lo que es Juan Rulfo. Así que, si te parece, me voy a dar el permiso de leer el principio de Luvina de Juan Rulfo, que está incluido en El llano en llamas.

“De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda y la loma que sube hacia Luvina la nombran cuesta de la piedra cruda, el aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por ahí es blanca y brillante, como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer. Aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
Y la tierra es empinada, se desgaja por todos lados en barrancas hondas de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños, pero yo lo único que vi subir fue el viento entre Molina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo, un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras, esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes.

Solo a veces, ahí donde hay un poco de sombra escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas, pero el calor lote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.”

Foto: Diana Maldonado.

JS: Juan Rulfo, nada menos. Gonzalo, ¿qué hace tan única la literatura de Juan Rulfo? ¿Por qué nos estremece? ¿Por qué nos sacude? ¿Por qué es tan fundamental, tan toral?

GC: Bueno, tú decías hace un momento que yo podía conocer mejor mi país por la lectura de Rulfo que por todos los libros de historia o de geografía o de sociología que se han escrito sobre el medio rural mexicano. Yo creo que la literatura en general, particularmente la literatura de Rulfo, tiene la capacidad de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. Es decir, que Rulfo no se limita a decir o a contar lo que los hombres hacen. Los seres humanos así dicen o piensan, sino que también da cuenta de lo que sueñan, de lo que inventan, de lo que recuerdan, de todo aquello en lo que creen. Y eso es parte de la realidad. ¿Cómo vamos a pensar que los sueños no son parte de la realidad? Son parte de la realidad, tan parte de la realidad como los elementos más físicos y más palpables o más tangibles. Yo creo que eso es lo que tiene Rulfo, la capacidad de incluir de una manera absolutamente natural lo que en otros discursos podríamos considerar como fantástico o como maravilloso, pero que aquí se transcurre, se discurre de una manera absolutamente natural, como parte sustantiva de ese punto de partida que es la realidad mexicana, la realidad rural mexicana. Pero además hay otras cosas, no se trata nada más de un gran observador de la realidad que incluye otros factores que no siempre son considerados como realistas, sino que hay un proceso de transformación porque la realidad se transforma con la literatura, pero la realidad ensanchada por el verbo que la describe finalmente se vuelve más real que la realidad. La realidad tiene la capacidad de hacer calas más profundas; la literatura tiene la posibilidad de hacer calas más profundas y en la realidad que le sirve de referente. Y eso ocurre, sobre todo, en mi opinión, en el lenguaje. Todo mundo dice: es que Rulfo puede describir con absoluta minuciosidad y puntualidad la manera de hablar de los campesinos mexicanos. Y no es cierto. Él ha transformado ese discurso en algo que tiene un nombre, poesía. Esto es lo que hace Rulfo. Ha transformado, para darle un estatus poético, la realidad verbal de las comunidades rurales de nuestro país. Y eso a mí me parece prodigioso.

JS: Sabines decía que un buen texto de prosa termina siendo poesía y su ejemplo era Rulfo, decía Rulfo hace poesía. Y es un poco lo que estás también señalando. Yo me quiero permitir recomendarle, leerle al público un pequeño fragmento de tu libro de memorias, Ese montón de espejos rotos, que se publicó en 2025 y que es realmente delicioso. Vas de la vida particular, familiar a, por supuesto, todos los ámbitos culturales donde te has desenvuelto, más recientemente como director de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero bueno, ya mencionaba yo la UNAM, pero también el Fondo de Cultura Económica, tu relación con la FIL Guadalajara; es decir, uno se entera de vida y obra de mucha gente de manera muy fascinante, muy rica, porque tu lenguaje es delicioso, y nos permites acercarnos a esos personajes y esas historias como si estuviéramos ahí. Así que, si me permites, quiero leer un pequeño fragmento que tiene que ver con ese lugar en donde estamos, en donde han transcurrido buena parte de tus años. No necesariamente en este físicamente, pero sí en una biblioteca. Dice Gonzalo:

“La biblioteca es el espacio en el que se resuelve mejor que en ningún otro la antinomia de la inmovilidad más pacífica y los desplazamientos más aventurados. La palabra biblioteca tiene cierta connotación sagrada e iniciática que la vuelve solemne, excesivamente prestigiosa. Y de algún modo, esta enjundia contradice el gusto, la pasión, el cariño, la alegría, la felicidad pues, que los libros me provocan…”

¿Qué significa para ti entrar a tu biblioteca? ¿Cómo es para ti la experiencia de entrar a tu biblioteca?

GC: Bueno, es el espacio donde vivo. Esta casa se ha convertido en una biblioteca. Tengo por ahí un espacio para dormir y otro para cocinar, pero pues todo lo demás es un conjunto de libros, porque los libros nacen, crecen, se reproducen, pero no mueren. Y entonces, es muy difícil deshacerse de un libro al que ya se le dio entrada en casa, no le puede uno dar una patada. Los libros tienen una cualidad de respeto y de discreción maravillosa porque si ustedes se dan cuenta, los libros siempre están de espaldas, están viendo hacia la pared. Lo que nosotros vemos son las espaldas de los libros, los lomos de los libros y hay muchas personas que consideran que la espalda es el frente y ya no se molestan en leerlos. Pero los libros están aquí con una actitud absolutamente discreta, cuando uno saca un libro de su estante y lo abre, en ese momento, es como si le levantáramos el castigo, y entonces se despliega con toda su capacidad comunicativa; esto me parece prodigioso porque aquí están tranquilos, discretos, pero siempre son la maravillosa posibilidad de lectura que en cualquier momento, ya que están gravitando en este espacio, uno los puede sacar y, la verdad, aventurarse de esta manera vertiginosa en un libro.

JS: Sí, la delicia que implica meterse en un libro, se la deseo a todo el mundo, la verdad. Gonzalo, muy brevemente quiero preguntarte algo. Hablas en ese montón de espejos rotos de una fuente que había en tu casa de Tiziano, en Mixcoac, pero hablas también de escribir con pluma fuente, pero también hay muchas fuentes tipográficas tanto en esta biblioteca como en tus libros. La fuente tiene una polisemia que conecta contigo con la pasión por las palabras, con tu actual posición como director de la Academia Mexicana de la Lengua. Háblanos brevemente de las palabras para ti, de las palabras en lo individual, digámoslo así.

GC: Bueno, a mí me han preguntado que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española y digo redundantemente que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra: “palabra”. Es que es una maravillosa palabra. Todo lo que esto implica, ¿qué seríamos sin la palabra? Sí, las palabras me gustan mucho, con todas sus denotaciones y sobre todo con todas sus connotaciones. Con todo aquello que les da amplitud, polisemia y singularidad. Y en eso, en buena medida, reside la poesía. Y qué bien que dijiste que la poesía está también en la prosa, ¡por supuesto! Es más, Eduardo Casar, este gran poeta amigo tan cercano, me dice que todo lo que nos sabemos de memoria es, por ese solo hecho, un asunto poético. Y yo, ahora que estabas leyendo a Rulfo: de los cerros altos del Sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso, me lo sé de memoria. Me lo sé no porque me haya puesto yo a memorizarlo, sino porque, a fuerza de leerlo tantas veces, se me va adhiriendo y va formando parte de mi patrimonio verbal, y finalmente, en eso reside en buena medida la poesía. Hay veces que uno primero tiene la memoria y luego la cabal comprensión. Yo recuerdo haber leído tantas, tantísimas veces Muerte sin fin, de José Gorostiza y de repente, entre el champú y el acondicionador, en el baño, en la regadera, me viene: Oh, inteligencia, soledad en llamas. Y digo, ya lo entendí después de años y años de haberlo estado masticando y memorizándolo casi de manera involuntaria. Ahora que leí este capítulo de Rayuela, bueno, pues tenía el libro como una especie de red circense para echarme el salto mortal, pero podría haber prescindido de la red porque es un capítulo que ya he hecho mío. Finalmente, en eso consiste la escritura, en que un lector pueda hacer suyo lo que yo le digo, como yo hago mío lo que me dicen los escritores; eso es prodigioso.

JS: Ese montón de espejos rotos es una referencia a Jorge Luis Borges. Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Borges está a lo largo de tu literatura y está en el epígrafe de tus memorias. Y justamente el fragmento que ahora nos vas a compartir pertenece a El hacedor de Borges. Es un texto bellísimo, agudo, fino como un cuchillo que corta y en el que creo que podemos encontrarnos. Nos harías favor de leer este poema en prosa “Borges y yo”.

GC: Me doy cuenta, ahora que recuerdas el epígrafe, que el escritor que más cito siempre es Borges, y casi siempre acude.

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me detengo, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel. De Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson. El otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil. Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura. Y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar quizá porque lo bueno ya no es de nadie ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme definitivamente y solo algún instante de mí podrá vivir, sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Espinosa entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser, la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí. Si es que alguien soy. Pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros, o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito. Pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así, mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página”.

¡Ah, qué maravilla! Tiene una capacidad de síntesis en una página, toda una vocación literaria. Hay una parte que me conmueve muchísimo: Yo vivo, yo me dejo vivir para que el otro pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. ¡Qué maravilla! Cómo el ser humano se descompone, se muere para que el otro pueda alimentarse de la experiencia del ser humano y crear una literatura que finalmente es la literatura que lo justifica, y curiosamente no se identifica en sus propios libros tanto como en otros libros; eso es prodigioso. Recuerdo que el primer libro que leí de Borges no fue el libro que me gustó más después de muchas otras lecturas, el primer libro que leí es por el título, porque el título es maravilloso, es Historia universal de la infamia. Bueno, pues uno quiere meterse en ese texto y sí, pero después hubo libros que más me entusiasmaron; uno de estos es El hacedor que todavía guardo ya encuadernado por mí, pero tengo la edición en la que lo leí por primera vez, que todavía tiene mi ex libris.

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JS: Para estas tres lecturas, ¿nos podrías hablar un poquitito de alguna de ellas? Hablabas de El Quijote, de Cien años de soledad o de La metamorfosis, ¿Algo que nos quieras comentar?

GC: Cuando me invitaron a este programa pensé que sería muy interesante leer tres comienzos de novelas, porque en el principio de una novela está, de alguna forma, concentrado todo lo que después se va a desarrollar como si fuera una semilla, una almendrita. Entonces pensé, claro, en el inicio de El Quijote: en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme es interesantísimo que el verbo sea querer acordarse, lo cual ya es una actitud volitiva de eliminar aquello y, sin embargo, aquello es lo que realmente se va reproduciendo y creciendo al grado tal de que ya Carlos Fuentes habló del territorio de La Mancha, que es algo mucho más grande y extenso que el origen. Luego, Gabriel García Márquez decía que cuando leyó La Metamorfosis de Kafka se dio cuenta de que todo cabía en la literatura. ¿Cómo es posible que en las primeras líneas de la metamorfosis aparezca un personaje convertido en cucaracha? Si alguien puede contar la historia de una cucaracha, puede contar lo que se le pegue la gana. Luego, pues qué prodigio e inicio de Cien años de soledad: “Frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. ¿Qué locura, ¿no? ¡Qué locura! ¿Por qué el hielo?. Estamos hablando del Caribe, del calor del trópico, ¿pero por qué en el pelotón de fusilamiento? Es que cuando uno lee ese párrafo ya no puede dejar de leer, quiere saber por qué está en el pelotón de fusilamiento. Y bueno, si se va a salvar o no, cosa rarísima, que alguien frente al pelotón de fusilamiento quede eximido de esta atrocidad, ¿no? ¡Y conocer el hielo, qué maravilla de inicio!

JS: Estamos por terminar, pero no puedo dejar de preguntarte sobre el Premio Cervantes, ¿qué te significa, qué te da?

GC: Bueno, en primer lugar, me abruma porque es un premio mayúsculo que no esperaba, por supuesto, y que he tenido mucho trabajo en asumirlo y en asimilar tal jerarquía de premio. Me siento muy abrumado de estar en este elenco. Cuando pienso en los escritores mexicanos, los seis escritores mexicanos anteriores a mí que lo han ganado, a quienes admiro, a algunos muchísimo, pero bueno, pensar que estoy en la misma lista de Octavio Paz, de Carlos Fuentes, de José Emilio Pacheco, de Fernando del Paso… me resulta muy imponente. Por otra parte, bueno, pues es la culminación de toda una vida dedicada a la palabra. Me llamó la atención que en el acto del jurado se hablara de una condición integral referente a mi literatura. Y es que me da gusto que haya un reconocimiento a facetas que podrían ser casi excluyentes, como si yo hubiera tenido muchas distracciones y aquí veo que esas presuntas distracciones más bien han favorecido la condición integral de mi persona para ser acreedor a este premio. Entre estas condiciones también está, obviamente, la escritura, pero igualmente está el ejercicio de la enseñanza de la literatura a lo largo de muchos años; está el trabajo editorial que he tenido oportunidad de desarrollar y que en algún momento dado digo que he tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre; y también que haya un reconocimiento al trabajo académico que muchas veces se piensa que es incompatible con la creación literaria. En fin, que este premio es un reconocimiento a mi condición integral de tantos factores, tantas actividades, y todas tienen como común denominador la palabra.

A continuación, el enlace al programa, por si usted desea ver la plática:

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