Inauguran en el Instituto de Fisiología Celular Unidad Académica
Lleva el nombre de la experta en el metabolismo hepático, Victoria Eugenia Chagoya y Hazas: Soledad Funes Argüello

Científica experta en el estudio integral de la cirrosis y del carcinoma hepatocelular, que es el tipo más común del cáncer de hígado, Victoria Eugenia Chagoya y Hazas, investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM, recibió un homenaje que se coronó con la inauguración de la Unidad Académica que lleva su nombre, en la planta baja del edificio principal de esa entidad.
“Para nuestra comunidad, la UNAM y la ciencia de nuestro país, ha sido una figura académica de referencia y ejemplo cotidiano de generosidad, entusiasmo y compromiso con la formación de nuevas generaciones”, afirmó Soledad Funes Argüello, coordinadora de la Investigación Científica de esta casa de estudios y exdirectora del IFC.
En el Auditorio Antonio Peña Díaz del IFC, la funcionaria rememoró que los estudios de Chagoya, que comenzaron con preguntas fundamentales sobre el metabolismo hepático, abrieron caminos que condujeron muchos años después al desarrollo de una molécula con potencial terapéutico para enfermedades hepáticas crónicas, protegida por múltiples patentes y validada en estudios clínicos.
“Nada de eso hubiera sido posible sin décadas de investigación paciente, rigurosa y profundamente curiosa, porque entender el mundo que nos rodea, desde la bioquímica hasta el origen de las galaxias, nunca es una inversión inútil”, subrayó.
No siempre podemos anticipar hacia dónde nos llevarán las respuestas que encontramos, pero sí sabemos que sin preguntas básicas no hay cimientos sobre los cuales construir aplicaciones transformadoras. Su legado es también un recordatorio de que toda la política científica responsable debe sostener la ciencia básica como un bien estratégico y como una apuesta para el futuro.
Funes agregó que el modo de hacer ciencia de la homenajeada ha estado siempre guiado por la curiosidad y la tenacidad, que no se guarda sino que comparte con quienes se acercan a aprender, a preguntar, a crecer.
Añadió que “en ella conviven la exigencia y el apoyo, la búsqueda de excelencia y la disposición a escuchar, a orientar y a formar comunidad. La trayectoria de la doctora Chagoya nos recuerda por qué debemos seguir defendiendo la investigación básica como uno de los pilares de la ciencia universitaria”, resaltó.
Reconocimiento a su vida y ciencia
Al hacer uso de la palabra, Luis Bernardo Tovar y Romo, director del IFC, destacó que el nombre de la Unidad Académica no es sólo un acto simbólico, es también un homenaje “a su vida, a su ciencia y a su ejemplo, que son parte de lo que queremos recordar y preservar dentro de la Universidad Nacional”.
“Estamos reconociendo a una mujer que transmitió la forma de entender el metabolismo hepático, los ritmos biológicos, la capacidad regenerativa del hígado, pero también a una maestra que formó generaciones y que creyó en las y los jóvenes, abriendo caminos para muchas mujeres cuando éstos no existían. Su trayectoria no se construyó en tiempos fáciles”, resaltó.
Romo precisó que, cuando inició su carrera, la presencia femenina en los laboratorios, en los comités académicos y en los espacios de decisión era mínima. “Muchas veces fue la única mujer en la sala. No había discursos sobre la igualdad de género ni políticas institucionales que protegieran trayectorias científicas femeninas y aún así, con inteligencia, rigor, carácter y una enorme pasión por la ciencia, se mantuvo”.
Acotó que Chagoya lideró y construyó una línea de investigación sólida, publicó, patentó, creó escuela y sobre todo formó personas. “En este Instituto impulsó una idea que cambió paradigmas, que la adenosina no sólo es un residuo metabólico, sino que es un regulador central del hígado, de la regeneración y de los ritmos en el organismo. A partir de ello, junto con su equipo, desarrolló un fármaco original de esta casa de estudios, capaz de revertir la fibrosis, la cirrosis hepática en modelos experimentales y que después la llevó a otros caminos, como el cáncer”, recordó.
En este camino de una hipótesis básica a una molécula con potencial terapéutico, ella ha demostrado que la ciencia hecha en México puede aspirar a transformar las vidas de los pacientes.
Pero quizá lo más importante no esté en los artículos publicados ni en las patentes obtenidas, sino en las personas que pasaron por su laboratorio. Cientos de estudiantes recibieron de ella no sólo técnicas, sino maneras de pensar, trabajar y asumir una responsabilidad del más alto nivel. Aprendieron a analizar datos, diseñar experimentos y a laborar con ética.
“Para muchas jóvenes científicas, ella ha sido la prueba de que sí es posible que una mujer pueda hacer ciencia del más alto nivel, dirigir equipos, ser una persona responsable de su familia, ser profesora, publicar, discutir con argumentos y ocupar espacios que antes estaban cerrados o eran poco accesibles para las mujeres. Y lo ha hecho sin estridencias, sin perder la atención. Simplemente con trabajo, constancia y con la confianza de que está actuando de la manera científicamente correcta”.
Ante directivos, colegas, discípulos y alumnos de muchas generaciones, la doctora en Bioquímica agradeció el homenaje y advirtió que “aún hay muchas cosas por hacer”.