LA FAMILIA COMO CONSTRUCCIÓN VISUAL, TESTIMONIO DE FUERZA Y POTENCIA DE LA VIDA

La construcción visual abreva del lenguaje fotográfico y las convenciones del retrato de familia decimonónico, conjuga una estudiada pincelada con volúmenes ensanchados a partir del color, una exploración vanguardista y mexicanista muy lograda.
María Izquierdo tituló la composición Mis sobrinas. En la historiografía se ha considerado un autorretrato, pues existe una fotografía de la pintora vestida así: una blusa fucsia intenso con encajes negros, a juego con una falda negra con bies rosa (la fotografía fue tomada con motivo de su exposición Retratos y naturalezas muertas de 1939, en la Galería de Arte Mexicano, y se encuentra en su archivo personal, resguardado en el Museo de Arte Moderno). Sin embargo, es posible que sea el retrato de su media hermana Belem Valdés Gutiérrez, por parte de su madre, pues los rasgos no corresponden a los de la pintora (algunos retratos la presentan con los ojos más rasgados, el rostro cuadrangular, la nariz muy afilada, las líneas de expresión más marcadas).
Desde sus primeras obras, entre 1928 y 1929, cuando alcanzó cierta fama, retrató a sus hijas Amparo y Aurora dormidas y también jugando, a su esposo Cándido Posadas mientras reprende a Carlos, el benjamín, y a su media hermana Belem cuando apenas era una adolescente y compartía el hogar familiar. Su trabajo, además de su talento, pone en evidencia su determinación para comenzar su carrera como pintora profesional, mientras maternaba tres hijos, así como la audacia de aventurarse en terrenos como la pintura mural, la diplomacia cultural y la crítica de arte.
El vestido fucsia podría ser una variante del traje regional del Bajío, del vestido de listones del jarabe tapatío o del que portan las mujeres purépechas, seris, wixárikas o yaquis, de raso con encajes. La brillante tela fucsia y negro es el motivo casi central en El alhajero, óleo de Izquierdo de 1942, en el que se aprecia una mesa revuelta con joyas, prendas y afeites que parecen evocar mercaderías de la feria de San Juan de los Lagos, de donde procedía Izquierdo.
La pintora, en su autobiografía inconclusa, sostenía que su imaginación se desbordaba alrededor del ambiente festivo para retomar los colores de esas atmósferas. La región es conocida por la feria de la Virgen de la Inmaculada Concepción, advocación de la Virgen que, de acuerdo con la creencia popular, obró el milagro de resucitar a una niña cirquera. La feria, fruto tanto del comercio del Bajío como de la devoción religiosa, es una de las más grandes del país y la última de origen novohispano. Entrecruce de caminos de arrieros del centro, Bajío y norte y de comerciantes de ropa, mercería y vinaterías procedentes del Atlántico, Europa, y del Pacífico, de China.

La romería reunía a comerciantes, peregrinos, cirqueros, toreros, artistas, prostitutas y una variedad sin fin de personas de San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes. También fue punto de encuentro religioso de peregrinaciones dedicadas a las advocaciones populares, tanto la Inmaculada Concepción local, como las de Zapopan y Guadalupe. Los imaginarios y la historia familiar de María Izquierdo convergen con esa geografía cultural. Ella nació en San Juan de Los Lagos, pero creció en Aguascalientes, en donde comenzó su vocación artística en el ateneo local.
Mis sobrinas es una alusión directa a la maternidad. Es la exhibición orgullosa de la crianza, como fruto del esmero. Sea Belem Valdés o la propia María Izquierdo, se trata de una subjetividad femenina y múltiple que evoca el espíritu de la crianza en el seno familiar. La mano de la pequeña que reposa sobre el hombro de la madre es señal de que cultiva desde temprano el sentido de orgullo, afecto y protección. También muestra el arraigo y cuidado de su propio territorio, el cultivo de un jardín doméstico pleno de flores y frutos.
El peinado y el atuendo de la madre son una cita al periodo de la infancia de la pintora en San Juan de los Lagos, pero también a los retratos jaliscienses del siglo XIX que tanto apreciaba. La composición, las rígidas poses de las retratadas y el formato permiten vincular Mis sobrinas con la fotografía de estudio de inicios de siglo, a la que la introdujo su amiga Lola Álvarez Bravo.
Mis sobrinas es la composición con la que Izquierdo consolidó su carrera. Además de establecer un vínculo con la fotografía, busca una estudiada sencillez afín a las vanguardias, superficies deliberadamente inacabadas, próximas al cézannismo. Exhibe la figuración rígida propia de la modernidad: la pincelada, la conjunción de personas, plantas y objetos, sus posiciones y proporciones producen extrañeza y misterio, como si buscaran reconstruir procesos de la memoria, percepciones.
Izquierdo pintó Mis sobrinas para la exposición Veinte siglos de arte mexicano en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en febrero de 1940. Junto con Las dos Fridas, 1940, de Frida Kahlo, fueron las únicas piezas de mujeres artistas invitadas. Constituyeron también una temprana adquisición en 1942 para el acervo del Museo Nacional. Forma parte de la amplia serie de retratos de gran formato, en la cual emuló los recursos plásticos que estudió en la pintura regional jalisciense. Por ejemplo, el color rojo, “audaz y fantástico” de los zapatitos de una niña, y la “pasión y alegría infantil” de pintar encajes, para usar sus propios términos. Inaugura la serie de óleos sobre paneles rígidos, pintados con rítmica pincelada y a la par fondo y figuras, para conseguir un “carácter vigoroso y terrenal”, de acuerdo con el catálogo de la exposición. La falda se desarrolla como una enredadera oscura, geométrica y robusta, abanico de pliegues oscuros, como la percepción reflejante de un raso: reflejos rosas, empastes rojizos y negro puro.
En conjunto, los elementos de la pieza crean un ambiente de celebración. Las dos matas de plátano se expanden vigorosas, las hojas cercenadas indican que han dado frutos, a su sombra florecen los aretillos y una margarita silvestre. Mediante el ensanchamiento de las proporciones, el brillante colorido y las cálidas entonaciones de la piel, la pintora parece equiparar la belleza y exuberancia de las niñas, la mujer y las plantas. Se trata de un testimonio de la fuerza y la potencia de la vida, de la comunión del jardín interior que aporta nutritivos frutos y los resultados del cuidado maternal.
