La idea original de CU fue obra de dos jóvenes… y la prueba es este plano

La aparición en 2014 de un dibujo realizado por Teodoro González de León (entonces de 21 años) y Armando Franco (de 26) apuntala la versión de que el diseño-semilla de Ciudad Universitaria fue concebido por ese par de estudiantes: Cristina López, de la Facultad de Arquitectura

En 2014, al buscar material para la exposición Latin America in construction, que estaba por inaugurarse en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, la profesora Cristina López Uribe –de la Facultad de Arquitectura (FA)– escuchó de un plano que había aparecido en una bodega universitaria sin que alguna persona pudiese explicar cómo ni cuándo había llegado ahí.

Fue Iván Alvarado, de la Oficina de Patrimonio, quien le compartió que aunque nadie podía decir a ciencia cierta qué era, se trataba de una planta arquitectónica que, por los temas que ella estudiaba, le podía interesar. Intrigada, se dirigió al Archivo Histórico de la UNAM, donde tenían dicho material a recaudo, y se encontró con un pliego de 1947, con un primer diseño de CU dibujado por dos alumnos de la entonces Escuela Nacional de Arquitectura (ENA), ésa que en 1981 se volvería Facultad.

“Al desplegar el rollo, lo primero que llamó mi atención fue una firma a lápiz en la que se leía González de León. “Ahí supe que estaba ante el mítico plano de Teodoro… ese que, se decía, había dibujado cuando tenía 21 años (junto con Armando Franco, de 26) y que contenía los trazos originales de Ciudad Universitaria. El mismo que se daba por perdido desde los años 50, y del que no se sabía si era real o invención”.

Para entender por qué causó tanto impacto en López Uribe leer en ese pliego el nombre “González de León”, ella expone que fue porque se trata de un personaje clave de la arquitectura mexicana entre cuyas obras se cuentan edificios tan emblemáticos como el actual Auditorio Nacional, el Museo Tamayo o la Universidad Pedagógica, por mencionar apenas unas pocas. Y, sin embargo, hasta la fecha su papel en la edificación de CU no había quedado del todo claro y de ahí la emoción… había dado con el documento preciso que despejaba dudas.

“Teodoro siempre insistió en que él y Armando Franco eran los autores del plano que sirvió como base para la construcción de CU, pero como se perdió la gente dejó de creerle y comenzó a ganar autoridad aquel relato que dice que los autores de la idea original eran no ya un par de alumnos de la ENA, sino dos maestros: Mario Pani y Enrique del Moral”.

Los descubrimientos que modifican los anales de la arquitectura son una rara avis, señala López Uribe. De ahí la importancia de este hallazgo que nos permite contar una historia muy diferente a la oficial… que empieza en 1947 –cuando la Universidad había decidido mudarse del Barrio Universitario, en el centro, al Pedregal de San Ángel, en el sur– con dos estudiantes sentados ante un restirador… ambos con tiralíneas en mano e imaginando cómo podría ser la nueva casa de la UNAM.

Foto: IISUE/AHUNAM/Colección de Bienes Inventariados como Patrimonio Universitario/Bóveda/08-717282.

Un triunfo de los alumnos ante los profesores

A González de León le gustaba narrar cómo a los 21 años, con la mayoría de edad recién adquirida (sería hasta 1970 que en México la adultez se alcanzaría a los 18), él y Armando Franco compitieron por el diseño de CU contra los maestros de arquitectura más reconocidos de México. “Nuestra idea fue la que triunfó y teníamos un gran entusiasmo por el proyecto”, declaró alguna vez en entrevista para Letras Libres.

A decir de Cristina López, es entendible que el arquitecto volviera con frecuencia al mismo relato porque todo lo sucedido en aquel lejano 1947, cuando su propuesta se impuso sobre otras 12, tiene mucho de teatral. “Se había lanzado un concurso en el que habían empatado los maestros Mario Pani y Enrique del Moral y, en una decisión salomónica, se les pidió a ambos combinar sus visiones. Al presentarle ese proyecto conjunto al rector Salvador Zubirán, alguien gritó a media sala: ‘¡momento!, ¡unos muchachos hicieron algo mejor!’, y un joven de nombre Enrique Molinar (a quien por esto y por prestar el espacio para diseñarlo hay quienes lo acreditan como tercer autor) se abrió paso enarbolando el plano como quien lleva una antorcha olímpica. El rector revisó lo dibujado por Teodoro y Armando, se enamoró de lo que vio y ordenó a Pani y Del Moral seguir adelante, aunque ahora basándose en lo trazado por los veinteañeros”.

En el libro Habitar CU. 60 años se describe a ese episodio como un “triunfo de los alumnos ante los profesores”, pero para Cristina López es algo más… “Para mí esto es la concreción de algo tan improbable como el que dos simples estudiantes se unan para trabajar en algo que nadie les pidió, imaginen algo que nadie más podía, lo propongan, convenzan a las autoridades y tengan la suerte de que su idea sea la semilla de lo que terminaría por convertirse en el megaproyecto mexicano más importante de todo el siglo XX. Eso es algo único”.

Las Islas y el otoño

Si le preguntan a Cristina López qué tuvo de excepcional la propuesta de Teodoro González de León y Armando Franco como para destacar a tal grado entre las otras, su respuesta es: “Esa gran área central de CU bautizada extraoficialmente como Las Islas” (por sus cuatro montículos poblados por bosquetes de árboles que, con la llegada del otoño, tapizan los suelos con hojas de fresno, álamo y jacaranda).

Los demás anteproyectos tenían similitudes, como el estadio o la rectoría más o menos en el mismo lugar, pero ninguno contaba con algo parecido a Las Islas. Y es que ese espacio verde del campus central no sólo es una representación de la universalidad del conocimiento (ahí se unen las facultades), sino una superficie transitable que permite a los jóvenes caminar de un colegio a otro para descubrir nuevos intereses, señaló la también corresponsable del Laboratorio Editorial de la FA de la UNAM.

Muchos personajes que han marcado la vida cultural del país encontraron su camino tras empaparse de las múltiples sensibilidades e ideas que convergen en CU, como aquel adolescente escritor de versos llamado José Carlos Becerra que, a finales de los años 50, se inscribió en la todavía ENA por ser una escuela considerada “el refugio perfecto de artistas, escritores, poetas y, por supuesto, pintores. Más que atraído por la arquitectura, Becerra lo estuvo por ese ambiente”, apuntaba el biógrafo Álvaro Ruiz Abreu en su libro La ceiba en llamas.

Por su parte, en sus memorias el periodista Huberto Batis recordaría al mismo joven como alguien “que estudiaba arquitectura y se descolgaba a la Facultad de Filosofía tras las muchachas y los cursos de francés”; y que aprovechaba esas visitas para asistir a clases con Arreola o para tomar café e intercambiar poemas con su amigo José Emilio Pacheco. Ahí, Becerra descubriría que su mayor ambición era “escribir, dedicarme totalmente a mi trabajo literario”, como confesó alguna vez en entrevista.

“Uno de los profesores más respetados de la ENA en los años 40 era José Villagrán, quien siempre sostuvo que una ciudad universitaria, si quería estar a la altura de su momento histórico, debería favorecer espacios para que gente de todas las disciplinas coincidiera, dialogara y ampliara sus horizontes, y a su parecer, el diseño del jardín del campus central propuesto por González de León y Franco cumplía con todo esto. Le gustaba que fuera un espacio para caminar y salir al encuentro del otro y, por lo mismo, defendió el proyecto de estos dos estudiantes con tal denuedo que su intervención fue clave para que se ejecutara”.

José Carlos Becerra fallecería en 1970, a los 34 años, en un accidente automovilístico, convirtiéndose en una de las mayores promesas truncas de la poesía mexicana. Hoy, toda su obra puede leerse en una antología cuyo título tiene ecos de su constante ir y venir de una facultad a otra cuando era un joven alumno de Arquitectura en busca de inspiración y de poesía. El nombre de ese libro es El otoño recorre las islas.

De encuentros y reencuentros

Al ingresar como miembro de El Colegio Nacional, en octubre de 1989, las primeras palabras de Teodoro González de León fueron: “Las ciudades se deben al azar, al tiempo y la memoria”, y en el caso de la Universitaria todo lo dicho es cierto, pero la desaparición del plano con la idea original de CU hizo que un pedazo de esa memoria se perdiera.

Por ello, el que Cristina López hallase aquel pliego extraviado –del que se dudaba hasta de su existencia– fue tan relevante que el MoMA decidió colocarlo en el lugar más visible de la sala principal de la muestra Latin America in construction: Architecture 1955-1980 (aquella para la que la docente buscaba material en aquel no tan lejano 2014), justo después de la sección introductoria.

“La gente del MoMA me comentó que nunca tantos mexicanos habían visitado el recinto como aquel sábado 29 de marzo de 2015, cuando se inauguró la exposición. El sitio se llenó de arquitectos que venían con sus esposas y familias, emocionados de que su obra se exhibiera en el museo más prestigioso de Nueva York. Y pese a ello, me sorprendí al ver entrar a Teodoro, todavía muy entero y elegante a sus 89 años”.

Consciente de que estaba por presenciar el reencuentro –casi siete décadas después– de González de León con aquel plano que dibujó cuando apenas tenía 21, Cristina López desbloqueó su celular, lo puso en modo cámara, se abrió paso entre la gente y siguió por el museo al también honoris causa de la UNAM, a fin de capturar el momento.

“Aún tengo muy clara la escena. Teodoro se colocó frente al plano… era evidente que estaba conmovido… se tocó el brazo y sonrió para sus adentros, como con nostalgia de no sabría decir qué. Luego comenzó a señalar detalles del dibujo y a seguir con su dedo las líneas curvas con las que él y Armando Franco representaron el suelo volcánico del Pedregal. Se quedó largo rato ahí, se le veía francamente contento”. González de León fallecería un año después, el 16 de septiembre de 2016.

El reencuentro en Nueva York de González de León con su bosquejo. Foto: Cristina López.
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