
Desde el 15 de agosto, el Museo Universitario del Chopo alberga Entrañas, la primera colaboración de Erik Tlaseca (Ciudad de México, 1989) y Wynnie Mynerva (Lima, 1992); una instalación de gran escala levantada in situ y una serie de pinturas de gran formato. La curaduría es de Miguel A. López y Abril Castro Prieto, y la propuesta es tan literal como el título: un organismo en cuyas vísceras el visitante puede internarse.
Una estructura metálica oxidada (nueva, aunque parezca de hace 30 años) evoca los armazones de los tianguis y sostiene una tela que funciona como piel y como grasa: fragmentos que se sostienen entre sí, desgarros, huecos por donde el adentro se asoma al afuera. La permeabilidad actúa como tesis de la muestra.
“Para cierta clase social uno ya no es un cuerpo, sino solamente un pedazo de carne”, dijo Tlaseca, quien trabaja con la piel desde el año 2000 y, desde hace una década, con la figura de Xipe Tótec, la deidad mesoamericana que se reviste con la piel del muerto para regenerar la vida. En Entrañas, el desplazamiento va de la piel a la carne, es decir, de la persona a la materia, con todo lo que ese tránsito implica políticamente.
“El cuerpo puede ser testigo de diferentes traumas”, afirmó Mynerva, cuyos primeros proyectos abordaron el erotismo, el sexo y el género antes de volver su propio cuerpo campo de investigación, buscando cómo el arte puede pensar o curar las huellas de haber crecido en la periferia de Lima. La carne, en su lectura, no es únicamente biología: es un armatoste que carga violencia, espiritualidad y deseo.
“Hay mucha belleza en la persistencia de la vida”, sostuvo Mynerva. Esa terquedad de quien aguanta el día para alcanzar el siguiente explica los colores y las formas: la sublimación como única manera de sostener la mirada frente a una imagen difícil. De ahí que, junto a las historias de violencia y desamparo, el recorrido guarde una sexualidad muy presente, una seducción latente y una calma inesperada.
La técnica insiste en lo manual. Tela rasgada con los dedos, cosida y reintegrada al cuerpo; un gran tejido interior donde se entrelazan emociones, relatos y desgarros.
“No se corrigió: se seleccionaron los errores”, resumió Tlaseca. Lo trash, lo mal hecho como forma de vivencia y no como defecto, gramática que el Tianguis del Chopo lleva décadas ensayando, atraviesa la muestra. Ahí, dicen ambos, hay generaciones que repiensan la piel y sus fronteras de manera juguetona y transgresora; Mynerva lo formula como una ficción del futuro hecha a mano y al alcance.
En el interior, un friso de pinturas monta guardia. Mynerva versionó a Coatlicue, a Coyolxauhqui y a Xochipilli; Tlaseca se concentró en Quetzalcóatl, Tezcatlipoca y Mixcóatl a partir de referencias obtenidas en el Museo Nacional de Antropología. Son centinelas que resguardan el cuerpo y testigos de los cambios sociales: una manera de pensar la muerte y lo espiritual en México más allá de la folclorización del Día de Muertos, explicaron.
“A nosotros nos interesa todavía explorar en la materia y sentir a través de ella”, puntualizó Mynerva. En un momento saturado de imágenes hechas por máquinas, Entrañas apuesta por lo cortado y cosido a mano, y por lo que el espectador sienta ahí. Se exhibe hasta el 15 de noviembre en la Sala Jorge Pantoja del Museo Universitario del Chopo, de miércoles a domingo, de 11 a 18 horas.