Concluyó la octava edición de la Feria con gran afluencia de público

Literatura, diversidad lingüística, memoria y el exilio español articularon el diálogo de la Filuni

Alrededor de 40 mil asistentes disfrutaron de las actividades y permitieron a la literatura llevarlos a imaginar mundos ajenos. “La cultura es el aire que respiramos”, aseguró el poeta Luis García Montero durante su participación en el evento

Foto: Diana Maldonado.

La presencia de la Universidad de Valencia, como invitada de honor, las lenguas originarias y las minoritarias, el exilio español o la cultura universitaria fueron los ejes principales de la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (Filuni), que se llevó a cabo del martes 25 al domingo 30 de agosto en el Centro de Exposiciones y Congresos de la UNAM, recinto que recibió a alrededor de 40 mil asistentes a lo largo de 6 días de actividades.

En las mesas más concurridas de los primeros días de la Filuni la lengua apareció una y otra vez como territorio en disputa. Algunos ejemplos: el alfabeto de un pueblo vencido en la más reciente novela de David Toscana. Las voces poéticas de los márgenes peninsulares, expresadas en una antología de poesía valenciana. La tergiversación de las palabras que intentó el franquismo o el diccionario que corrigió a la Real Academia Española, es decir, el enorme trabajo de María Moliner.

El ejército ciego: una épica de los vencidos

En el conversatorio inaugural, titulado “La escritura de lo inimaginable: la obra de David Toscana”, Rosa Beltrán, Verónica Murguía y Eduardo Antonio Parra conversaron con Toscana sobre El ejército ciego, novela ganadora del Premio Alfaguara 2026, que reconstruye un episodio apenas consignado: los 15 mil soldados búlgaros cegados tras la derrota bélica de 1014.

Se habló ahí del glagolítico, la escritura que usaron los búlgaros en lugar del griego y que se perdió porque quedó reservada a lo divino; la numeración de los capítulos de la novela está en ese alfabeto. Es la lengua de aquel imperio derrotado. La novela finge ser la traducción de un original búlgaro.

“Es una épica de la búsqueda de la alegría en la derrota y del sentido de la vida”, sintetizó Murguía, que leyó el libro como una hazaña sensorial (del oído, del tacto, del olfato) y celebró sus diálogos discretos con la Ilíada, de Homero, y El vizconde demediado, de Italo Calvino. Parra, amigo del autor desde que ambos fueron becarios en Nuevo León, habló de la madurez absoluta de un escritor cuya violencia rara vez es sangre: es la situación límite que arrincona a sus personajes y los obliga a reaprender a vivir.

“Me topé con esta historia leyendo una enciclopedia de trece tomos de historia universal”, contó Toscana. El episodio ocupaba un párrafo, y fue un historiador polaco quien le advirtió que ahí no había materia para historiadores, sino para un novelista. Antes que la tragedia clásica, eligió como modelo la Anábasis de Jenofonte: el regreso, el grito frente al mar. Y una convicción: la literatura autoriza a imaginar mundos ajenos.

Rosa Beltrán, Andrés Neuman y Socorro Venegas.

Veintitrés voces valencianas

Horas después, se presentó la nueva incorporación a la colección Material de Lectura: Antología de poesía valenciana, reunida por Juan Carlos Abril. Ricardo Lugo Viñas presentó el número 248 de esta serie, que es un guiño a la presencia de la casa de estudios valenciana: 23 poetas vivos, del nacido en 1947 al más joven de 1991, con poemas publicados a partir de 2001.

“Es como si fueras a un museo y ves una pintura junto a otra, y entonces se crea un nuevo diálogo”, expresó la escritora Valeria List sobre el género antológico, al que atribuyó un papel primigenio en la formación del lector de poesía. Frente a la centralización que exporta a México sobre todo la poesía de las capitales, List reivindicó las voces de los márgenes y detectó un corte a media antología: de la estela elegíaca de Francisco Brines a poéticas atravesadas por el feminismo, la metapoesía y la conversación con las redes.

“Hay muchos poetas que tienen una relación muy interesante con el lenguaje: poesía sobre poesía”, observó el otro presentador, Fabián Espejel, quien además trazó los vasos comunicantes entre Valencia y México: Max Aub, Juan Gil-Albert y Tomás Segovia, valenciano de nacimiento y mexicano de trayectoria. Celebró, además, que la antología fuera una selección generosa (161 páginas) que deja al lector marcar su propio paso.

En defensa de la cultura

A la mañana siguiente, el Foro Sin fronteras acogió la presentación de En defensa de la cultura. Diálogos entre ayer y hoy, una coedición de la UNAM y la Universidad de Valencia que enlaza tres momentos: el congreso de escritores antifascistas de Valencia en 1937; su conmemoración de 1987, y los comentarios que hoy firman autores de ambas orillas. Moderó William Lee Aladín, coordinador de Relaciones y Asuntos Internacionales de la UNAM.

Participaron cuatro de los escritores que dialogaron en el volumen con las ponencias de ambos congresos. Así, Marilar Aleixandre comentó el texto de Aurora de Albornoz; Jorge Comensal el texto de Ramón Xirau; Luis García Montero los de Rafael Alberti, José Agustín Goytisolo y Juan Gil-Albert; y Sandra Lorenzano el de María Zambrano.

“La cultura es el aire que respiramos”, dijo el poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, citando al catedrático Antonio Monegal para advertir contra tres erosiones: el tiempo vuelto mercancía desechable, el individualismo que trueca las ilusiones colectivas por comunidades del rencor, y el negacionismo que divorcia ciencias y humanidades. Ser universitario, agregó, es hoy un oficio de preocupados.

“Escarbar en el pozo de la desmemoria no es fácil: nos queda la tierra debajo de las uñas”, leyó la escritora Marilar Aleixandre, y recordó las palabras que el franquismo tomó en vano (traidores los leales, bandidos los guerrilleros) y los bordados como escritura clandestina de las mujeres. Sandra Lorenzano aseveró que el “no pasarán” de Dolores Ibárruri dio título a un poema del joven Octavio Paz, y a María Zambrano –primera mujer en recibir el Cervantes, en 1988–, agradecida con el país que abrazó el exilio republicano. Jorge Comensal elogió el libro impreso frente a soportes digitales, que son, aseguró, los más efímeros que existen: las fotografías de Walter Reuter que cierran el volumen, mencionó, sobrevivieron 80 años olvidadas dentro de una lata.

María Moliner, capitana del entusiasmo

Al mediodía, en el mismo foro, Andrés Neuman presentó con Rosa Beltrán y Socorro Venegas su novela Hasta que empieza a brillar, texto de ficción sobre María Moliner y sobre el diccionario que redactó a mano, en fichas, durante 16 años. Más que una biografía es el intento de poner en pie un personaje literario.

“Sólo hay tres casos en los que nos planteamos el mundo palabra por palabra: la lexicografía, la poesía y la infancia”, afirmó Neuman, que durante años cotejó el Diccionario de uso del español con la decimoctava edición del académico, de 1956. Ahí donde la Academia definía madre como hembra que ha parido (fórmula que dejaba fuera a las adoptivas y a las cesáreas), Moliner escribió: mujer que tiene o ha tenido hijos. El pretérito lo puso quien había perdido una hija.

“En Valencia, María Moliner fue más feliz que nunca en su vida y después fue más desdichada que nunca”, apuntó el escritor sobre la ciudad invitada de honor, donde ella dirigió la biblioteca universitaria y redactó tanto un proyecto de ley bibliotecaria como unas instrucciones para pequeñas bibliotecas (que iban del presupuesto al modo de limpiar un estante). Rosa Beltrán subrayó la audacia de rehacer la lengua sobre la mesa del comedor de una casa; Socorro Venegas habló sobre las definiciones que colgaban del estand valenciano, en las que se comparaban las del diccionario oficial de 1956 con las del diccionario de Moliner, quedando las primeras en muy desgraciada evidencia.

William Lee, Marilar Alexandre, Luis García Montero, Sandra Lorenzano y Jorge Comensal. Fotos: Carlos Figueroa.
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