Al norte de Ciudad de México, el característico silbido del carrito camotero ha acompañado desde la adolescencia a John, Uziel, Benjamín y Alejandro Martínez Jiménez, cuatro hermanos que comparten la herencia de vender plátanos y camotes, pero también el orgullo de ser los primeros en su familia en estudiar una carrera en la UNAM.
Su historia contrasta con un contexto nacional en el que 50 de cada 100 personas con origen en los hogares de menos recursos económicos se mantienen ahí durante su vida adulta, según el informe Movilidad social en México 2025. La persistencia de la desigualdad de oportunidades, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).

Veinte años atrás
Originarios de San Lorenzo Malacota, Estado de México, los hermanos Martínez se mudaron a la capital del país –uno a uno– siguiendo a su papá, quien arrancó con su negocio propio de camotes hace 20 años.
“Él trabajó con alguien de quien aprendió el oficio y después, con un tío, comenzó a vender por su cuenta. Entre los dos armaron sus carritos, y al ver que eran redituables trajeron a más familia”, recordó John, médico interno de pregrado en el Hospital General Zona 30 del IMSS y alumno de Medicina en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala.
“El lugar donde vivíamos pertenece a las comunidades indígenas otomís. Vinimos por temas laborales y la necesidad de estudiar. Yo llegué a los 13 años”, añadió Uziel, alumno de Derecho en la FES Acatlán.
El trayecto de estos jóvenes por la UNAM arrancó cuando Alejandro, impulsado por su hermano mayor, Edwin, entró al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Azcapotzalco, para después formarse como ingeniero civil, movido por un deseo que su padre no pudo cumplir.

“Él quería ser ingeniero, pero por diversas circunstancias le fue imposible. Mi hermano se preparó para entrar al CCH y cuando lo logró, los demás dijimos: ‘si uno ya pudo, que lo intente otro’”, expresó John.
Benjamín llegó a CdMx a los 15 años para integrarse al negocio familiar y fue el siguiente en cursar el bachillerato en la Universidad Nacional. Hoy es egresado de Derecho en la FES Acatlán y ejerce como abogado en el Servicio de Administración Tributaria.
“Entré a la UNAM porque nos permite formarnos académicamente a bajo costo, gracias al aporte de la sociedad. Como siempre me llamó la atención la política, decidí entrar a Derecho. Ese gusto se hizo más fuerte en la licenciatura, conforme entendía la disciplina y sus diferentes ramas”.
Para Benjamín, conjugar la escuela y trabajo fue posible porque, por tratarse de un emprendimiento propio, gestionaba sus horarios de clase y los de venta de camotes, según las necesidades del momento.
Por su parte, John se interesó en las ciencias de la salud desde la preparatoria. A los 27 años ingresó a Medicina y, aunque la carrera le demandaba mucho tiempo, continuó vendiendo con el apoyo de su papá y de su hermano Edwin.

“Era complejo ir a la Facultad, regresar a hacer tareas y después salir a vender. Mis hermanos y yo hemos costeado nuestras carreras así, un 95 % es fruto de nuestro trabajo. Ha sido un gran sacrificio, pero eso nos llena de satisfacción”, comentó John, quien espera realizar su especialidad en algún área quirúrgica.
Finalmente, Uziel siguió los pasos de Benjamín y recién entró a Derecho. Al concluir, le gustaría volver a su comunidad a ejercer su profesión. “Es una manera de regresar a abrir nuevas oportunidades. Así como mis hermanos fueron un ejemplo para mí, desearía serlo para alguien más”.
Para él, la compañía que le ha brindado su mamá durante los recorridos en el carrito de camotes y las labores que realiza en casa son esenciales para que ellos puedan cumplir con la escuela y el empleo.
Originarios de San Lorenzo Malacota, Estado de México, se mudaron a la capital del país –uno a uno– siguiendo a su papá

Movilidad social
Según el informe del CEEY, la baja movilidad social en México es resultado de una alta desigualdad de oportunidades, muy influida por el origen de las personas en términos de recursos económicos y educativos.
A ello se suman circunstancias como la dimensión geográfica y regional en que crecieron, así como su sexo, tono de piel y si pertenecen a una comunidad indígena. La mitad de las personas que nacen en los hogares con menos ingresos económicos permanecen ahí en su edad adulta (51 % de quienes se quedan son mujeres) y sólo 2 % alcanza el peldaño más alto en la escalera de movilidad social.
Por otro lado, el 9 % de quienes tienen padres y madres que cursaron la primaria o menos alcanzan la educación profesional, en comparación con 63 % de quienes tienen padres y madres con estudios profesionales y logran el mismo nivel educativo.
“Dentro de la línea paterna y materna somos los primeros en estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México, y también somos el primer ingeniero, abogado y médico de la familia”, expuso John.
Uziel agregó que su mamá y papá (quienes sólo cursaron la primaria y secundaria, respectivamente) no tuvieron las mismas oportunidades que ellos para ingresar a una profesión, pues debían enfocarse en trabajar para cubrir los gastos del día a día.
“Concluir la licenciatura significaría acceder a mayores oportunidades laborales. Me gusta salir a vender camotes y plátanos, pero es una actividad ruda que, a veces, puede dañar la salud. Convertirme en abogado implicaría dedicarme a algo no tan físico, sino más mental”.
John enfatizó que se siente orgulloso de pertenecer a la UNAM. “Es lo máximo académicamente. Estoy en la mejor institución del país y poder acceder a una profesión me ha servido para crecer personal e intelectualmente”.
