Luna Shanghái, de Lidya Romero, en el CCU

Coreógrafa, bailarina y docente, Romero comenzó su carrera en la danza independiente mexicana en 1975, al ser cofundadora de Forion Ensamble. A lo largo de una trayectoria que comprende más de 70 obras coreográficas, ha demostrado una imaginación desbordada para poetizar el cuerpo. Fue distinguida con el Premio Nacional de Danza y la Medalla Bellas Artes, entre muchos otros reconocimientos.
Luna de Shanghái parte de una fascinación genuina y largamente incubada por las culturas del Asia Oriental, como un paisaje imaginario desde el cual explora algo más arcaico y universal: las tensiones que atraviesan toda sociedad humana.
Shanghái funciona aquí menos como ciudad y más como metáfora: ese vértigo en el que la ornamentación exquisita convive con la desigualdad brutal, donde los neones de un horizonte vertiginoso coexisten con condiciones laborales que rozan, dijo Romero, “casi el esclavismo”.
La coreógrafa, que además del trabajo escénico cursa actualmente una maestría cuyo eje es la decolonialidad, ha afilado su mirada hacia esas contradicciones. La fascinación occidental por Oriente (esa fantasía de lacas, sederías y sombrillas que pobló las tiendas de su infancia) le sirve de punto de partida para interrogar qué proyecta el que mira, qué oculta lo bello, qué violencia duerme bajo la ceremonia del té.
“Lo que últimamente me está pasando es que disfruto muchísimo, ya con menos ansiedad, los procesos creativos”. Romero habla de una madurez que no se parece al cansancio sino a la claridad. Esa serenidad permea el tratamiento del tiempo en Luna de Shanghái: la pieza propone una dramaturgia deliberadamente lenta, contemplativa, casi como antídoto a la sobreestimulación digital del presente.
La pieza se despliega a la manera de un tapiz, como lo describe su creadora: las figuras y escenas emergen de un fondo denso y texturizado, se entretejen colores, vestuarios y movimientos hasta que, sin previo aviso, la imagen se vuelve violenta (“como la vida”, apuntó Romero) para luego ceder paso a un estanque donde los peces nadan en silencio.
Hay una adolescente que descubre su sexualidad entre cerezos en flor y es arrastrada por la brutalidad; hay fumaderos de opio donde los cuerpos tendidos sueñan lo que ningún lenguaje verbal podría nombrar; hay pescadores, rituales, desigualdades que emergen y se disuelven en la imagen.
El universo visual de la obra teje referencias que van de las muñecas kokeshi a la épica cinematográfica de Kurosawa, del erotismo visual de Wong Kar-wai a la filosofía de Mishima. Escenografía sonora, diseño de iluminación y vestuario, concebido este último con “mucho sentido chino”, construyen un lenguaje que Romero nunca disocia del movimiento: “A veces me imagino el vestuario primero que la pieza coreográfica”, admitió.
Luna de Shanghái se presenta el sábado 13 de junio a las 19 horas y el domingo 14 a las 18 en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario (CCU).