Conferencia por medio siglo de labor en el IER

Manuel Martínez, experto en física de bajas temperaturas que transitó a observar la energía solar

El especialista fue figura clave para que se creara y consolidara la investigación en la materia

Foto: IER.
Cuando se habla de ciencia en México, a veces pareciera que todo ocurre en los laboratorios, entre artículos indexados y comités académicos. Pero hay trayectorias que demuestran que ésta también se hace con decisiones humanas, con terquedad, humor… y alegría.

Esa fue la idea central de la conferencia “50 años de estar contento”, impartida por Manuel Martínez Fernández, investigador del Instituto de Energías Renovables (IER), figura clave en la creación y consolidación de la investigación en energía solar en el país.

Lo que podría haber sido una lista de cargos y logros, se convirtió en una narración viva sobre cómo se construye una institución científica, cómo se toman decisiones estratégicas y cómo la curiosidad puede llevar a alguien de la física de bajas temperaturas en Oxford… a fundar laboratorios solares en Morelos.

A mediados de los años 70, Martínez regresó a México con formación de alto nivel en física de bajas temperaturas. Todo indicaba que replicaría en la UNAM el laboratorio que había conocido en Inglaterra. Pero el contexto nacional era otro: crisis económica, escasez de equipo, tiempos largos de adquisición. Él mismo calculó que tardaría seis años en reunir el instrumental necesario.

En paralelo, la Organización de Estados Americanos abrió un financiamiento para trabajar en energía solar. Y ahí ocurrió el giro. En vez de esperar, se cambió de campo. En seis meses –como él mismo cuenta con ironía– “se volvió experto” en celdas solares, apoyado por un pequeño grupo de pioneros.

Esa decisión individual terminó influyendo en la dirección que tomaría la investigación en energías renovables en la UNAM.

Una parte central de su relato fue la evolución institucional: primero un pequeño grupo en el Instituto de Investigaciones en Materiales, luego el Departamento de Energía Solar, más tarde el laboratorio en Temixco y, finalmente, el actual Instituto de Energías Renovables. Nada de eso existía: hubo que gestionarlo, convencer ejidatarios para donar el terreno, definir infraestructura, pelear presupuesto y formar gente.

El resultado de ese proceso es que hoy el IER es referente en América Latina en temas de energía solar y, más recientemente, en estudios de demanda social de la energía, pobreza energética y escenarios de planeación al 2050.

Un rasgo que el propio Martínez subrayó es que su carrera siempre estuvo “con un pie en la academia y otro en la administración o la política universitaria”. Eso le generó bromas –“los políticos me dicen científico, los científicos me dicen político”–, pero al mismo tiempo explica por qué pudo articular laboratorios, posgrados y programas completos.

La parte más humana de la charla estuvo en el origen del título. Durante una visita a un templo zen en Kioto, vio un tsukubai (fuente) con un mensaje en kanji, que puede interpretarse como “sólo aprendo para estar contento”. Ese lema lo adoptó como brújula personal.

No se trata de una felicidad ingenua –reconoció que hubo épocas “muy malas”–, sino de una actitud: seguir aprendiendo, cambiar de tema cuando se requiere y, ahora, jubilarse en 2026 para abrir espacio a nuevas generaciones.

Es un mensaje potente para jóvenes investigadores: la carrera científica no tiene por qué ser una sucesión de sacrificios silenciosos; puede ser una vida larga en la Universidad, con humor, con buenos congresos.

La charla de Manuel Martínez recuerda que la ciencia mexicana la hacen personas concretas que toman decisiones en contextos difíciles. Las instituciones no nacen solas: alguien las impulsa, las defiende y las sostiene décadas.

Cuando Manuel Martínez dice que se jubilará el 1 de enero de 2026, “para poner su granito de arena en el rejuvenecimiento de la UNAM”, no suena a despedida, sino a coherencia: si llevas 50 años aprendiendo para estar contento, también sabes cuándo dejar pasar a los que vienen.

Contar esta historia –no sólo los papers, sino el camino– es también divulgación científica: permite que la comunidad y la sociedad vean que la ciencia en México tiene memoria, rostro y sentido social.

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