Todavía a sus 90 y tantos años, a Miguel León-Portilla le daba por bromear con su edad y decir que era más joven que sus alumnos porque lo de él no eran años, “sino mucha juventud acumulada, y eso es como ser joven, pero más veces”. Quizá por ello repetía, cada que había ocasión, que se sentía lleno de energía y que una de sus metas era la de jamás jubilarse, algo que cumplió, pues hasta el 1 de octubre de 2019, el último de sus días, se mantuvo como docente e investigador en activo de la UNAM.
“Soy emérito –refirió alguna vez en entrevista– y si quisiera no tendría que venir, pero lo hago porque me gusta. Dicen que la actividad es salud; de ser así, la Universidad es la que me mantiene sano”. De ese vigor y compromiso dan testimonio los miles de alumnos a los que formó desde 1957, cuando comenzó a dar clases en la Facultad de Filosofía y Letras sobre el tema al que dedicaría toda su vida: el pensamiento mesoamericano.
Considerado uno de los mayores expertos de su área, León-Portilla siempre se negó a ser catalogado como “un erudito que lo dominaba todo”, pues se describía como un estudiante perpetuo a quien le faltaba un poco (o un mucho) por saber. Por ello, en su cubículo del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) tenía montado en la pared un cuadro de su maestro, el padre Ángel María Garibay, como un recordatorio de que, para escuchar lo que el México antiguo tiene que decirnos, debemos antes aprender su lengua.
“Aunque fui sobrino de Manuel Gamio, el padre de la antropología moderna en México, y con él visité muchas zonas arqueológicas –recordaba–, mi interés por el mundo prehispánico se lo debo en mucho a dos libros: Poesía indígena de la altiplanicie y Épica náhuatl, compilados los dos por Garibay”.
La impresión que causaron ambos títulos en el joven Miguel fue tal que no dudó en buscar al sacerdote y, al estar frente a él, decirle: “Padre, quiero estudiar eso que usted sabe”, a lo que recibió por respuesta: “Está bien, pero no crea que porque hay expertos en filosofía alemana que no hablan pizca de alemán, o helenistas que no saben griego, usted puede hacer lo mismo; si quiere hacer las cosas en serio, ¡conmigo aprenderá náhuatl!”.
Tras comprometerse a eso y mucho más –“pues era un hombre muy severo y exigente”– fue aceptado como discípulo y, al lado del filólogo, descubrió no sólo las posibilidades expresivas de la lengua indígena, sino los textos que fray Bernardino de Sahagún recogió de labios de los ancianos y tuvo acceso a códices que hablaban de la llegada de los españoles.
Lo anterior le dio la idea de reunir todo ese material para, con apoyo de su maestro, presentarlo en forma de una “Ilíada indígena que diera cuenta del espejo en que se reflejó la ruina del mundo azteca”. El resultado fue una obra que, en 1959, sacudió los goznes del rígido marco desde el que solía verse la Conquista al dar voz, por primera vez, a protagonistas que durante casi medio milenio habían guardado silencio.

La otra cara de la moneda
Bastó un libro, Visión de los vencidos, para echar por tierra el dogma de que los pueblos originarios no habían dejado testimonio de la Conquista, algo que sostenían incluso estudiosos como José Vasconcelos, quien en su obra Breve historia de México aseveraba: “Nada dijeron por cuenta propia los indios por no haber tenido genio para inventar un alfabeto”.
Sobre los motivos para publicar un texto que rompió con tantas convenciones, Miguel León-Portilla confesaba que ello fue producto de las muchas pláticas que sostuvo con el padre Garibay, las cuales lo llevaron a una conclusión: “Se dice que los vencedores son los únicos que escriben la historia; ahora nos tocaba mostrar que los derrotados también lo hacen”.
Desde su aparición hace ya casi siete décadas, Visión de los vencidos ha sido traducido a más de 20 idiomas, muchos de ellos indígenas, algo que León-Portilla siempre promovió a fin de mantenerlos vivos, pues como alguna vez escribió, sólo que en forma de poema: cuando muere una lengua las cosas divinas, estrellas, Sol y Luna, las cosas humanas, el pensar y sentir, no se reflejan ya en ese espejo (Ihcuac tlahtolli ye miqui/ mochi in teoyotl,/ cicitlaltin, tonatiuh ihuan metztli;/ mochi in tlacayotl,/ neyolnonotzaliztli ihuan huelicamatiliztli,/ ayocmo neci/ inon tezcapan).
De no haber fallecido en 2019, Miguel León-Portilla estaría cumpliendo 100 años y, probablemente, los celebraría trabajando en su cubículo del IIH, ya que, como decía, “el lugar de sus querencias” era la UNAM y no se imaginaba fuera de ahí. De hecho, en una de sus últimas entrevistas, confesó tener muy claro qué haría si le dieran la oportunidad de hacer tabula rasa y empezar de cero: “Si viviera de nuevo, estoy convencido, querría ser universitario, una y otra y otra vez”.