Su historia, contada en archivos y testimonios
OFUNAM, 90 años sincronizando corazones
Desde sus inciertos orígenes en 1936 hasta su consolidación en la Sala Nezahualcóyotl, la agrupación universitaria ha construido su legado a través de generaciones de músicos, directores y públicos fieles
Sobreviven al tiempo, a veces más que la memoria del concierto para el que fueron impresos. Los programas de mano sellan el recuerdo de un intérprete, una pieza o un espacio. Guardan la historia.
La única pista del primer programa de mano impreso para un concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) aparece en el libro Orquesta de la UNAM: historia y desarrollo en el contexto cultural del país, escrito por el compositor y profesor emérito de la UNAM, Federico Ibarra Groth.
La página 106 del libro detalla las obras interpretadas en ese primer concierto, realizado el 15 de marzo de 1936: Beethoven, Felipe Villanueva, Sibelius, Berlioz. Una nota al pie indica el origen de la información: Biblioteca de la Escuela Nacional de Música. Documento sin referencia.
En el estante de programas de mano de la Biblioteca Cuicamatini de la Facultad de Música de la UNAM –antes Escuela Nacional de Música– únicamente sobreviven ejemplares de la Orquesta Sinfónica Nacional de México y de la Orquesta Sinfónica de Minería. No hay nada de la Orquesta Filarmónica de la UNAM.
El único registro de la agrupación universitaria aparece en el Archivo Vertical de la Cuicamatini. Un fólder amarillo que en la pestaña lleva el rótulo: Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM). En su cubierta, un sello con la leyenda “Este material no sale de la biblioteca”. Contiene fotografías, folletos, recortes de periódico, pero ningún documento es de 1936.
“La documentación de los primeros 26 años de la agrupación prácticamente no existe, la mayoría de los programas de mano fueron destruidos […] sólo con crónicas y críticas musicales se ha podido recrear la época, el sentido, los propósitos y los logros de la agrupación”, advierte Ibarra Groth.
Lo que sigue es una historia musical construida a partir de programas de mano; un recorrido por los rastros que esos sonidos dejaron en archivos, periódicos y en la memoria de quienes todavía los escuchan.

Arqueología de una puesta en marcha
“Aunque la fecha de origen de la Orquesta de la Universidad ha sido objeto de varias interpretaciones y ha suscitado numerosas discusiones, podemos ubicar su origen en el año de 1936”, escribe el compositor Ibarra Groth.
La incertidumbre y controversia sobre el nacimiento de OFUNAM tiene una explicación: no hubo ceremonia, discursos o presentaciones. Fue simplemente lo que el profesor emérito llama una “puesta en marcha”.
Esta puesta en marcha estuvo a cargo del Departamento de Acción Social de la Universidad –dedicado a organizar actividades culturales, educativas y deportivas en barrios marginados–, de ahí el primer nombre de la agrupación: Orquesta Popular del Departamento de Acción Social.
Ese nombre no duraría mucho. Con el titular “Un gran suceso artístico”, en junio de 1936, el periódico El Nacional publicó por primera vez sobre una nueva agrupación musical en el país: la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de México. Entre letras desvanecidas por el tiempo, se alcanza a leer: “El programa en que las tres eminencias que nos visitan aparecerán como directores y solistas es uno de los más sugestivos que se puedan formar, aún en los centros musicales de mayor importancia”.
La nota hace referencia a la serie de conciertos que ese año ofreció el trío Barrère integrado por Georges Barrère en la flauta; Carlos Salzedo en el arpa y Horace Britt en el violonchelo), con la Orquesta de la Universidad.
Estas presentaciones significaron el debut de la Orquesta en el Palacio de Bellas Artes. “Como digno remate de su brillante actuación ante el público de México, los grandes concertistas terminan su breve serie de inolvidables conciertos con una gran audición de despedida en el Palacio de Bellas Artes”, señala El Nacional.
A propósito, en el número 13 de la Revista de la Universidad se publicó una nota escrita por el arpista Carlos Salzedo, titulada “Impresiones de México”.
“El público de México está muy interesado en la música. Los empleados de las tiendas, restaurantes y almacenes no sólo asistieron a nuestros conciertos, sino que los patrocinaron”, escribe Salzedo. “Los mexicanos que asisten a conciertos, piensan por sí mismos”, apunta el arpista y compositor.
En esa misma revista y en el mismo año, el director del Departamento de Acción Social de la Universidad y responsable del nacimiento de la Orquesta, Salvador Azuela, narra: “Un hecho singular se ha puesto de manifiesto, como consecuencia inmediata de nuestra campaña musical: la disciplina estudiantil se ha dignificado considerablemente”.
Durante sus primeros años, la Orquesta ofreció un concierto semanal. Aún no se habían instituido las repeticiones de programas y se creía que no había suficiente público.

Dos guardianes para una orquesta
Apenas dos años después de su fundación, la Orquesta enfrentó su primer reto: la extinción del proyecto cultural que le dio origen: el Departamento de Acción Social de la Universidad. Los grupos artísticos ligados a ese programa –coros, tríos, obras de teatro– desaparecieron poco a poco. La Orquesta, en cambio, sobrevivió. Groth atribuye “esta hazaña… al empecinamiento y constancia de sus directores”.
“La Orquesta Sinfónica de 60 profesores, bajo la dirección de los maestros Rocabruna y Vásquez, ha proseguido en su tarea de extensión educacional y divulgación artística”, se lee en la sección de Notas del número 4 de la Revista de la Universidad. Ésa fue la primera vez que José Rocabruna y José F. Vásquez fueron reconocidos como directores titulares de la agrupación.
En una orquesta, el director no sólo marca entradas y tiempos. El maestro Humberto Alanís Chichino –segunda trompeta de la OFUNAM desde 1991– explica que la forma de trabajar, el carácter y las exigencias de quien lleva la batuta terminan dejando huella en la agrupación: “Nosotros como profesionales nos damos cuenta cómo dirige el director”.
José Rocabruna –violinista dotado– dedicó gran parte de su vida a sus dos pasiones: la enseñanza y la dirección orquestal. José F. Vásquez –compositor inquieto– escribió óperas, conciertos de piano y música de cámara, algunas prácticamente desconocidas en la actualidad.
Su unión resultó en una de las duplas más fructíferas en la historia de la música mexicana. Según Ibarra Groth, “no se sabe cómo dividían responsabilidades ni de cuál de los directores partían las ideas de programación, ya que al analizarlas parecen ser producto de una sola persona”.
Fijar metas, desarrollar la programación, conseguir fondos económicos fueron algunas de las actividades que realizaron para mantener con vida el proyecto musical. Para el profesor emérito, los vínculos que establecieron con personas económicamente poderosas fueron una de sus aportaciones más importantes. Esto permitió a la Orquesta construir patronatos para solventar la contratación de solistas extranjeros y solucionar imprevistos.
Tradición y vanguardia
Las muertes de Rocabruna en 1957 y de Vásquez en 1961 marcaron el final de la etapa fundacional de la Orquesta. Después de 25 años con la misma dirección, la agrupación musical tuvo que aprender a sobrevivir sin sus guardianes.
La batuta cambió de manos. Primero la tomó el violinista Icilio Bredo en 1962. Fueron años de transición para una Orquesta que comenzaba a acostumbrarse a nuevas formas de trabajo. Dos años después, Bredo se convirtió en concertino de la Orquesta para dejar la batuta en manos de Eduardo Mata, uno de los directores y compositores más influyentes de la música mexicana.
El maestro José Julio Díaz Infante, director general de Música de la UNAM, considera que éste fue “un hito importantísimo” para la Orquesta, pues Mata fue uno de los grandes impulsores de la construcción de la Sala Nezahualcóyotl.
“Era muy exigente y muy activo. Le gustaba mucho hacer música y hacía que el músico diera lo mejor”, comenta el segundo trompeta Alanís Chichino.
Bajo la dirección de Mata, la Orquesta comenzó a expandirse. Llegaron las primeras grabaciones, y con ello la posibilidad de un sonido más allá del instante de un concierto. “El primer disco se dedicó a la danza mexicana”, se puede leer en la Gaceta Universitaria de la época. La grabación incluyó música de Silvestre Revueltas, Rodolfo Halffter y del propio Mata.
En 1972, logró su identidad definitiva: Orquesta Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México (OFUNAM). “Hasta cierto punto el cambio de nombre representa para la Orquesta la apertura de una nueva época y la asunción de nuevas y más graves responsabilidades artísticas y sociales”, argumentó Mata entonces al Patronato de la UNAM.
Cuatro años después se inauguró la Sala Nezahualcóyotl. “Un espacio que desde su concepción se pensó para la misma Orquesta”, menciona Díaz Infante. La agrupación por fin tenía un lugar construido exclusivamente para que su música fuera escuchada. “Tiene una ventaja que muy pocas orquestas tienen y es tener una sede que fue diseñada específicamente para ella”, dice el director de Música UNAM.
Desde esa Sala se realizaron los ensayos para una nueva época: las giras nacionales, los solistas extranjeros, los conciertos fuera del país y los estrenos. “Es increíble poder tocar ahí, inclusive en los ensayos”, expresa Alanís Chichino.
“La OFUNAM ha estrenado muchas de las obras emblemáticas del repertorio actual. Por ejemplo, el famoso Danzón núm. 2 de Arturo Márquez debutó con la OFUNAM hace 31 años. Acá se comisionó”, explica Díaz Infante.
Grandes personalidades de la música han pasado por la OFUNAM: solistas, directoras, directores, compositoras, compositores. Para alguien que ha trabajado en varias agrupaciones, como Alanís Chichino, la diferencia de la OFUNAM es clara: “Todas las orquestas son buenas pero el compañerismo que llevamos aquí, creo que se las lleva de calle a todas”.
El aniversario, abunda el director de Música UNAM, no sólo invita a mirar hacia atrás: “Creo que estos 90 años nos sirven para hacer un ejercicio de reflexión de lo que ha sido, de lo que queremos que sea y hacia dónde queremos que vaya, qué repertorios debe hacer y a qué públicos debe llegar”.

Rituales para un concierto
Antes de la tercera llamada. Antes de que el público ocupe las butacas de la Sala Nezahualcóyotl. Incluso antes de los ensayos de los músicos, comienzan los conciertos de la OFUNAM. “Se programan las temporadas con antelación. Hay una comisión artística que se pone de acuerdo con los directivos de la Orquesta. Ellos deciden qué se pone, qué se quita, qué se cambia, y qué directores huéspedes y solistas se invitan, así como qué programas especiales se van a hacer”, comenta Alanís Chichino.
Con la temporada y los programas definidos, empiezan meses de trabajo: estudiar las partituras, practicar y descifrar los pasajes. A veces, comparte el trompetista, esa preparación puede tomar dos o tres meses. “Hay que prepararse para que en el ensayo nada más sea cuestión de tocarlos cuando el director diga ‘aquí’, pues órale lo tocamos”.
Después, se realizan los ensayos con orquesta completa. “Hay que llegar temprano, calentar el labio, hacer ejercicios de sonido, de flexibilidad, para sentirse bien, para estar en paz”, describe el trompetista.
Díaz Infante aclara que en los ensayos es donde se busca la sonoridad y los colores específicos de la orquesta: “Todo ese trabajo fino que al final es lo que escucha el público”.
Entonces llega el día del concierto. “Llegas temprano. Te cambias o te echas un baño, dependiendo. Yo principalmente me pongo a calentar, a concentrarme. Me tomo un tecito o un cafecito”, dice Chichino.
Pero quienes integran la Orquesta no son las únicas personas que se preparan a conciencia en cada concierto. Para María Guadalupe, María del Consuelo y María de los Ángeles, el ritual del concierto comienza a primera hora del día.
“Desde que amanece ya sabes que vendrás. Te arreglas. Lees lo que vas a escuchar, a veces estudiamos las obras antes o mientras te arreglas la estás escuchando para que cuando llegues ya tengas la pieza más conocida”, cuenta María Guadalupe. “Espero con ansias el sábado, es mi día consentido de la semana”, agrega María del Consuelo.
La experiencia de escuchar a la Orquesta en vivo, añade María de los Ángeles, no puede reemplazarse con nada: “Yo tengo muchos DVD en mi casa, pero no es lo mismo. La música en vivo es preciosa. La flauta, el oboe, el chelo”.
María Guadalupe, María del Consuelo y María de los Ángeles llevan 27, 35 y nueve años –respectivamente– asistiendo religiosamente a los conciertos de la OFUNAM.
Antes de que anuncien la tercera llamada, las y los músicos ocupan su lugar en el escenario. “Nos saludamos y entramos todos tranquilos, ya listos para tocar. Llega el director y ya estamos puestos”, expresa Alanís Chichino.
Para María del Consuelo, gran parte de la experiencia es observar a los músicos: “Están haciendo su mejor esfuerzo, dan el alma. No se les puede ir ni una nota. Sus trajes perfectamente bien arreglados, sus zapatos bien lustrados”.
En años recientes, científicas y científicos comenzaron a estudiar lo que ocurre dentro de una sala de conciertos cuando una orquesta toca. Encontraron que existe sincronización fisiológica entre músicos, directores y público: respiraciones, movimientos e incluso ritmos cardiacos que terminan sincronizándose al ritmo de una misma obra musical.
Las tres Marías no conocen estos estudios, pero saben perfectamente la sensación que les provoca asistir cada sábado a la Sala Nezahualcóyotl. “Dejas tus problemas cotidianos guardaditos un ratito y disfrutas realmente lo que estás escuchando”, asegura María de los Ángeles. “A mí me da mucha paz. Hay obras que en el lapso que uno está oyendo te hacen volar. Simplemente te sales de tus problemas cotidianos”, agrega María del Consuelo. “El ánimo nos lo levanta definitivamente”, concluye María Guadalupe.
El segundo trompeta de la Orquesta describe una sensación parecida: “Cuando estoy tocando en un concierto con mi querida OFUNAM, siento que me transporto a un lugar muy especial”.
Décadas antes, en una entrevista para la Gaceta UNAM de la época, Enrique Diemecke –director artístico de la OFUNAM de 1982 a 1985– señaló que la música es aquello donde uno puede expresar sus sentimientos reales de una manera más profunda y directa: “Al dirigirla, tocarla o simplemente escucharla llegamos al máximo grado de expresividad”.
*La Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) es un programa de formación periodística para cualquier estudiante de licenciatura o posgrado de la UNAM. Puedes leer los trabajos publicados en corrientealterna.unam.mx