La compañía de danza Antares se presentará en la Sala Miguel Covarrubias
Pagano indaga en los rituales contemporáneos
El coreógrafo y bailarín Miguel Mancillas explora en esta pieza la necesidad humana de creer, desarrollar supersticiones y buscar protección en aquello que considera superior

La tendencia a creer, que alberga todo ser humano, nos lleva a la construcción de potencias superiores en las que depositamos nuestra protección. Nos lleva a la superstición y a desarrollar rituales, rutinas, apegos, talismanes, siempre en busca de la protección o de la salvación. Gestos incluso mínimos y rutinarios en los que depositamos cierto sentido de identidad. Este es el territorio extraño sobre el que reflexionó el coreógrafo Miguel Mancillas para crear Pagano, la más reciente pieza de Antares Danza Contemporánea.
La compañía, dirigida por Mancillas, vuelve al Centro Cultural Universitario (CCU) para presentar la pieza los días 14, 15 y 16 de agosto en la Sala Miguel Covarrubias: viernes a las 20 horas, sábado a las 19 y domingo a las 12:30. La obra suma a los intérpretes de la compañía –Martín Cotaque, Isaac Chau, Víctor Ledesma y David Salazar– la presencia alternada de tres bailarinas invitadas: Eunice Hidalgo, Xitlali Piña y Gabriela Medina, una distinta en cada función.
Fundada en 1987 en Hermosillo, Sonora, y a un año de cumplir cuatro décadas, Antares es una de las compañías independientes más longevas del país. Su firma es la preparación física exigente, siempre al servicio de una expresividad que indaga en las pasiones y en la naturaleza del alma humana.
Ha recorrido Europa, Asia y América, obtenido dos premios nacionales de danza INBA-UAM, coordina la muestra internacional “Un desierto para la danza” y sostiene desde 2004 el Núcleo-escuela de Antares, donde se forman nuevos bailarines.
Mancillas, su director y coreógrafo, se formó en Ciudad de México bajo la tutela de Xavier Francis e Isabel Hernández, estudió diseño e iluminación en la hoy Facultad de Artes y Diseño de la UNAM y fue intérprete en compañías de México y Canadá. La crítica especializada lo situó entre los mejores bailarines mexicanos del siglo XX; ha recibido el Premio Continental INBA-UAM y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
“Yo siempre trato de decir, aunque suene raro, que hay que obedecer a la obra. ¿A dónde me lleva?”, explicó el coreógrafo al hablar del método que utiliza, desde el que parte de una premisa, la indaga mediante tareas y en el camino aparecen guías que no tenía conscientes y a las que decide someterse. Aquí el interrogante inicial fue el acto mismo de creer. La vulnerabilidad del cuerpo, sugiere, explica ese impulso: frente a un organismo que se rompe, resulta comprensible fabricar una figura protectora, casi paternal.
“La creación de los dioses tiene que ver con esta estructura de pensamiento que nos lleva a reglamentos, a formatos, a obediencias”, advirtió. De ahí el gesto que define la pieza: alejarse de esa maquinaria y dirigirse hacia lo que no cabe en un pensamiento formal. Ese afuera, sostiene, es donde el arte despliega su potencia, porque no dicta reglas de comprensión ni define qué debe pensarse o sentirse. Por lo mismo, se resiste a interpretar su pieza en voz alta: no quiere condicionar lo que el espectador encontrará en escena.
“El arte no nos explica: nos revela”, resumió Mancillas. Lo que sí acepta describir son los materiales que aparecerán en Pagano: Eros y Tánatos, la procreación y los símbolos del sacrificio que acompañan todo acto de creación, incluido el del artista, que participa de esa economía sacrificial, pues debe dejar a un lado a la persona cotidiana para construir eso otro que aparece en escena.
“Cuando hablamos en el grupo de la palabra ‘ritual’ nos daba un poquito de temor, porque siempre hay una idea antropológica del ritual”, reconoció. Temían correr el riesgo de la estampa etnográfica, la nostalgia mal entendida hacia culturas remotas. La decisión fue la contraria: llevar la puesta en escena a lo urbano, al presente. Los ritos que le interesan no están en un pasado idealizado, sino en la fe que cada quien fabrica ahora mismo.
Para Mancillas, todos construimos una serie de apegos y de construcciones de fe, incluso en personas que no conocemos, dijo, y hacemos nuestras propias rutinas creyendo que eso nos va a salvar. La observación desplaza el problema del terreno religioso al de la identidad contemporánea: las redes, las secuencias que repetimos a diario, las personas a las que otorgamos autoridad sin conocerlas. Todo ello adquiere valor por acumulación y opera con la lógica protectora que atribuimos a los dioses.
En este montaje, el coreógrafo no aspira a un espectador anónimo sino a un testigo que completa la obra, reforzada por círculos que se abren dentro y fuera del escenario y se cierran de manera concéntrica. Observar, insiste, es un hecho activo. “Así como ven, están siendo vistos”, señaló sobre el vínculo que busca con el público.
“Pagano viene de pueblo”, aclaró el coreógrafo al preguntársele por el título, en referencia a la etimología de la palabra, en torno al “habitante del campo”, al “aldeano”. Bajo ese concepto reúne lo que escapa a una idea única: un formato libre, en transformación permanente. “Las reglas entre aquello que quisiéramos ser contra aquello que verdaderamente somos: ese choque de acciones es el que más me interesa en el foro”, precisó, acentuando el espíritu que anima la pieza.
En cuanto a la propuesta visual, Mancillas describió que quería un cuerpo presente en esa dualidad de la inteligencia y la animalidad, ya que le intriga esa zona de la condición humana donde el razonamiento genera confianza mientras la peligrosidad permanece intacta, sin edad ni sexo que la delaten. En este sentido, la iluminación de Ivonne Ortiz resultó decisiva para impedir que se colara una versión romántica del rito, de esas que el cine ha vuelto previsibles; además, el diseño escénico corre a cargo de Ortiz y MAGO. Mientras que el audio de Tomás Barreiro, compositor formado en la pantalla, opera menos como estructura musical que como apoyo sensorial.
Muy centrado en rehuir el arte explicativo, el director de la compañía Antares aseveró que le interesa validar el cuerpo en el escenario y que sea el cuerpo el que hable; no querer traducirlo desde su reducción de intelecto. Por eso, su apuesta consiste en plantear retos físicos que conduzcan a emociones no filtradas por la razón. El argumento tiene una raíz biográfica clara. La primera vez que vio danza contemporánea nadie le explicó nada, y comprendió de golpe que ese cuerpo en escena también era él.
Sobre la alternancia de las tres bailarinas invitadas, que llegan con una trayectoria y una identidad escénica propias, Mancillas piensa que cada una de ellas altera la obra. Quien asista las tres noches no verá la misma pieza: cada intérprete la transforma desde su punto de vista y establece un diálogo distinto con el elenco.
“Lo que más disfruto de esto es la congruencia”, respondió al mirar en retrospectiva el arco de Antares. Nunca tuvo una idea preconcebida de lo que el grupo debía ser; su brújula ha sido escuchar al equipo y dejar que sus propuestas se transformen con la visión de quienes interpretan. Tampoco le interesa el juicio ajeno sobre si la compañía baila mucho o poco: prefiere oír lo de adentro.
“No es tanto que a la gente no le guste la danza: es que no tenemos una educación para que nos guste la danza”, sostuvo, en un diagnóstico que es también de política cultural. Nadie ofrece la danza como alternativa durante la infancia, a diferencia del teatro, la música o la literatura, y esa ausencia se paga después en las salas.
“A lo mejor en algún momento de la vida te diga: me equivoqué, fui un loco. Pero el día de hoy es en lo que creo, y me gusta creer en eso”, concluyó, no sin cierta ironía, situándose a sí mismo en el terreno de las creencias.
