Regina Martínez, la atleta con espíritu puma que hizo historia en las Olimpiadas…
Su relación con la UNAM es familiar, formativa y profundamente emocional

Más allá del resultado deportivo, su historia es la de una tenacidad que se forjó mucho antes de pisar una pista nevada.
La relación de Regina con la UNAM no es circunstancial. Es familiar, formativa y profundamente emocional.
Su padre, José Luis Pepe Martínez, fue jugador y posteriormente coach de futbol americano en Pumitas, donde logró campeonatos. Crecer en ese entorno significó hacerlo bajo la disciplina, la exigencia y el orgullo universitario. “Yo crecí con un coach de Pumas como papá”, recuerda.
Entre los 14 y 16 años, defendió también los colores auriazules en el futbol femenil. Aquellos entrenamientos de cuatro o cinco días por semana, los torneos nacionales y la responsabilidad colectiva marcaron su carácter. El deporte de conjunto le enseñó algo que más tarde trasladaría al alto rendimiento individual: constancia, trabajo en equipo y disciplina.
Aunque no cursó la preparatoria o licenciatura en la UNAM –decidió estudiar medicina en Estados Unidos para ampliar su campo de acción profesional–, la tradición universitaria quedó sembrada desde casa y desde la cancha. La identidad puma, afirma, es parte de su historia.
El esquí de fondo llegó tarde a su vida: a los 28 años, mientras estudiaba medicina en Minnesota. Hasta entonces había practicado diversos deportes, pero nunca había imaginado que terminaría en una disciplina de resistencia extrema, técnica exigente y condiciones climáticas hostiles.
Le dijeron que era demasiado grande para empezar. Que los sueños olímpicos debían sembrarse a los tres años, no a los 28. Una entrenadora incluso renunció a trabajar con ella tras pocas semanas, convencida de que su meta era imposible.
No fue el único obstáculo. Durante su residencia en medicina de urgencias en Miami trabajaba hasta 80 horas semanales, con turnos nocturnos y guardias de 24 horas. Entrenaba de madrugada en gimnasios abiertos 24 horas o hacía trabajo en rollers cuando no había nieve. Planeó su proyecto olímpico como un plan financiero de largo plazo: cuánto costaría, cuánto debía ahorrar, cómo sostenerlo durante cuatro o cinco años.
Paseó perros para pagar equipo. Ajustó horarios. Trabajó en Navidad, el 24, 25 y 28 de diciembre, antes de competir.
“No hay nada reactivo, nada es casualidad”, explica. “Todo fue planeado”.
La medicina y el alto rendimiento no son mundos tan distintos, sostiene. Ambos exigen precisión, resistencia mental y capacidad de responder bajo presión. “Trabajar 12 horas en urgencias no es un chiste”, dice. “Es un deporte de alto rendimiento”.
En los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina la pista fue brutal. Caídas, equipo roto, condiciones extremas. En días previos a la competencia sufrió golpes y dolores que, como médica, sabía interpretar con crudeza. El objetivo fue claro: cruzar la meta.
En una prueba donde varias competidoras no terminaron y una fue descalificada, ella optó por una estrategia conservadora en las bajadas para asegurar ese momento histórico. Cuando finalmente cruzó la meta representando a México, no sólo completó una carrera: abrió una puerta.
“Fue increíble poder poner este granito de arena en la historia de los deportes de invierno, especialmente para las mujeres”.
No oculta su ambición deportiva: quiere más. Pero también reconoce la dimensión simbólica de lo logrado.
Su mensaje para niñas, jóvenes y universitarias es directo: no dejar que nadie defina los límites de sus sueños.
“Que no dejen que nada ni nadie las detenga. Que sigan estudiando. La educación es algo que nadie te puede quitar”.
Hoy, aquella futbolista juvenil de Pumas es también referente en una disciplina inusual para México.
Desde la cancha auriazul hasta la nieve olímpica, su trayecto confirma algo que en la UNAM se repite con frecuencia: los sueños no tienen geografía fija, pero sí raíces profundas.