Restauran mural de Siqueiros, uno de los emblemas de Ciudad Universitaria

Durante el periodo comprendido entre 1952 y 1954, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros realizó tres de las obras que distinguen a la Torre de Rectoría de la UNAM: El pueblo a la Universidad, la Universidad al pueblo. Por una cultura nacional neohumanista de profundidad universal (muro sur); El derecho a la cultura o Las fechas en la historia de México (muro norte); y Nuevo emblema universitario o Nuevo símbolo universitario (muro oriente). Este conjunto, reconocido por su fuerza visual y simbólica, narra la relación entre la Universidad, el pueblo y el devenir histórico del país.

Entre estas piezas, Nuevo símbolo universitario destaca por diversas particularidades: mira directamente hacia el corazón de Ciudad Universitaria y se aloja en una estructura de concreto. En este espacio, Siqueiros reinterpreta el escudo universitario mediante las figuras del águila mexicana y el cóndor andino, emblemas de la unión latinoamericana que el artista buscaba comunicar.

La conservación de este mural es fundamental, no sólo por su relevancia estética, sino también por formar parte del patrimonio artístico y cultural de Ciudad Universitaria, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Nuevo símbolo universitario, ubicado en el muro oriente de la Torre de Rectoría.

Desde 2023, el restaurador David Estrada Barrientos, coordinador de Restauración del Departamento de Bienes Artísticos y Culturales de la Dirección General del Patrimonio Universitario, inició las gestiones necesarias para llevar a cabo el mantenimiento periódico –que se realiza aproximadamente cada 10 años, parámetro que puede variar dependiendo de las necesidades del bien– a los murales de Ciudad Universitaria y garantizar su adecuada conservación.

A esta labor se sumó un equipo del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Cencropam-INBAL), coordinando este proyecto el restaurador Alberto González Vieyra, quien supervisa al equipo responsable de ejecutar la intervención.

Recuperar, reintegrar y respetar

A lo largo de varios meses de trabajos, los especialistas se enfrentaron a diversos retos. La intervención comenzó con el montaje de un andamio suspendido y continuó con una revisión completa del mural, donde se identificó que su superficie extremadamente rugosa –que conserva incluso las marcas de la cimbra– favoreció la acumulación de polvo y humedad en los intersticios. El Instituto de Ingeniería de la UNAM también realizó un diagnóstico estructural detallado.

“Esta humedad aglomerada genera manchas negras y microflora que afectan la capa pictórica, lo cual ha debilitado tanto los materiales de color como el cemento, e incluso ha provocado corrosión en elementos metálicos internos”, explicó González Vieyra. A ello se suman los asentamientos naturales del edificio y el envejecimiento de los materiales, que han abierto juntas y permitido filtraciones que aceleran el deterioro.

Ante este diagnóstico, el equipo inició la restauración retirando materiales que han envejecidos y resellando todas las juntas para impedir la entrada de humedad y mantener seco el muro. “Además, se reponen las áreas faltantes con mortero y materiales compatibles con la obra original. Con esto garantizamos la estabilidad estructural del soporte por más tiempo”, añadió Estrada Barrientos.

Una vez consolidada la estructura, se emprendió una limpieza minuciosa: primero mecánica o en seco, y después una acuosa cuidadosamente controlada. Con ello, el mural quedó preparado para las etapas estéticas.

La reintegración cromática se centró únicamente en las zonas llamadas “lagunas”, donde el color se ha perdido. “El objetivo es respetar al máximo la pintura original del maestro Siqueiros, sin invadirla ni modificarla. Debido a la envergadura del mural no es posible aplicar técnicas típicas de pequeño formato como rigatino o achurados. El equipo trabaja mediante veladuras y nutridos controlados –aplicaciones muy delgadas y transparentes de pigmento diluido que restituyen continuidad visual sin cubrir la pintura original–, técnicas que enriquecen la textura sin alterar la intención del autor”, explicó el coordinador del proyecto Cencropam-INBAL.

Este trabajo es especialmente complejo por el carácter inacabado de la obra. Siqueiros concibió inicialmente un mural abstracto cuyos trazos generarían una lectura tridimensional y poliangular. A ello se sumaron interrupciones administrativas que lo llevaron a pausar la ejecución durante uno o dos años. Al retomarla, modificó varios trazos y la pintura inicial ya mostraba desgaste.

Por ello, el mural presenta múltiples capas visibles: colores superpuestos que revelan su proceso constructivo y las etapas inconclusas del maestro. En la restauración actual se procura respetar estas capas, incluso dejando visibles algunos trazos subyacentes a modo de “ventanillas” que muestran cómo fue manufacturada la obra.

El equipo encargado de la intervención está conformado por seis técnicos especializados, supervisados por González Vieyra. Aunque cada uno domina áreas específicas –como cromatismo o consolidación estructural–, todos trabajan de forma integral. “Esta experiencia es enriquecedora porque no sólo implica colaborar con colegas de distintas disciplinas, sino aprender de ellos”, señaló el coordinador.

Fotos: Erik Hubbard.

Un trabajo de altura

Para dimensionar el reto, basta imaginar el escenario: trabajar a más de 20 metros de la plataforma de desplante de la Torre, sostenidos por una plataforma flotante diseñada especialmente para el mural. Esta estructura es, en sí misma, un desafío técnico y de seguridad.

De acuerdo con Estrada Barrientos, la ubicación del mural y las normativas obligan a coordinar permisos, protocolos y supervisiones minuciosas. Por ello, el Instituto de Ingeniería y la Dirección General de Obras y Conservación colaboran en esta fase, asegurando que el andamiaje cumpla con los estándares técnicos sin comprometer la obra ni el emblemático edificio.

En esta restauración convergen la coordinación institucional, la investigación histórica, el análisis estructural y la intervención material y estética, con el fin de garantizar un resultado respetuoso, seguro y duradero.

La memoria colectiva

Para los coordinadores, participar en este proyecto es motivo de orgullo. González Vieyra, con más de 30 años de trayectoria en la restauración de murales, destacó el vínculo afectivo que tiene con esta obra, pues también coordinó la intervención anterior y considera que su preservación es esencial para la memoria colectiva de la UNAM, siendo este su último trabajo antes de su retiro: “Es un mural que ha acompañado a generaciones de estudiantes, muchos de los cuales poseen fotografías de sus momentos más significativos con esta obra de fondo”.

Por su parte, Estrada Barrientos subrayó que estos trabajos de restauración refuerzan la importancia del patrimonio cultural universitario y contribuyen a la difusión del muralismo mexicano.

Asegurando el legado

El proyecto, que concluyó en diciembre, asegura que el mural permanezca en óptimas condiciones y siga siendo un referente cultural y visual de la Universidad durante al menos 10 años más.

Esta restauración representa no sólo un trabajo técnico y artístico, sino también un compromiso con la identidad y la historia de la UNAM, garantizando que el legado de Siqueiros y la riqueza del muralismo mexicano se mantengan vivos para las generaciones futuras.

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