Seis preguntas para Enrique Semo

En la víspera del homenaje que le ofreció la Universidad, Gaceta UNAM planteó al historiador y economista Enrique Semo seis preguntas que concentran, en cierta forma, su itinerario intelectual, desde su llegada a México en 1942, su estancia en un kibutz a los 23 años, los maestros y las lecturas que lo definieron, la creación del posgrado en Economía, y sus propuestas para el desarrollo nacional, así como los ejes que marcan su legado en la historia del capitalismo en México, el desarrollo de la izquierda en el país o su revisión de la Conquista… hasta un presente en el que la misma izquierda enfrenta grandes retos globales y la ultra derecha avanza en algunos países. Semo respondió el cuestionario profusamente. 

Ilustración: Andrés Otero.

1.⁠ ⁠¿Qué recuerda de su llegada a México en 1942, qué fue nuestro país para usted y su familia en esos primeros años?

—Abordamos el buque de vapor San Thomé, propiedad de la empresa portuguesa Companhia Colonial de Navegação, el 21 de marzo de 1942, para seguir la ruta Lisboa-Casablanca-La Habana-Veracruz. A bordo viajaban españoles exiliados de la Guerra Civil, voluntarios antifascistas de las Brigadas Internacionales y también judíos de toda Europa que huían de la persecución nazi. En la nave venía con nosotros una joven sefaradita de unos 16 años, Rosita Rimoch, que nos entretenía bailando y cantando canciones españolas con una excelente voz y mucho donaire. Más tarde, sería la gran soprano de la ópera en México. Al llegar al Caribe, el capitán del vapor fue advertido por un barco inglés sobre la presencia de submarinos alemanes cercanos al puerto de La Habana, por lo que recomendó seguir directo hasta Veracruz en México y ahí esperar. Lo cierto es que Veracruz se convirtió en un umbral simbólico, allí terminaba el largo viaje físico y comenzaba otro aún más profundo, el de reconstruir vidas enteras en un país desconocido pero acogedor. Para los refugiados españoles, el arribo significaba librarse definitivamente de la persecución franquista, y para los judíos representaba la vida al haber escapado de las garras nazis.

Llegamos a Veracruz. Una persona que ha vivido siempre en México no puede imaginar la impresión tan profunda que hace desde el primer paso la realidad mexicana en un niño europeo sensible. Me sentí en plena tierra de aventuras, donde pieles rojas y piratas saldrían de repente entre esa gente, algunos de los cuales llevaban grandes sombreros y vestían de un blanco impecable, para tomar por asalto el barco en que habíamos llegado y que yo estaba encargado a defender como Sandokán, hasta la muerte. Pero mi asombro más grande fue el mercado de Veracruz, lleno de colores y fragancias desconocidas, repleto de frutas, legumbres y carnes presentados en formas nunca vistas.

Al mes siguiente de nuestro arribo los submarinos alemanes hundieron varios petroleros mexicanos y el 22 de mayo de 1942 Manuel Ávila Camacho convocó una sesión extraordinaria del Congreso de la Unión para declarar la guerra entre México y las potencias del Eje. Hoy parece casi increíble, pero tuvimos la inmensa fortuna, de haber logrado escapar de Europa en ese breve lapso en que aún era posible hacerlo, ocho meses antes de que Alemania e Italia irrumpieran en la zona libre de Francia y borraran de un golpe las últimas rutas de salida y un mes antes de que México declarara la guerra al Eje.

2. ¿Qué lo marcó de su estancia en el kibutz a los 23 años?

—En 1953 me fui a Israel junto con un grupo de compañeros con quienes había convivido en México, para ingresar al kibutz Meguido. Llegado a Israel, fui enviado para estudiar hebreo en el Machon (Instituto de enseñanza de hebreo) en Jerusalén durante seis meses. Los estudiantes provenían de diferentes naciones y todos estaban destinados al kibutz, algunos por dos años y otros como yo para vivir en él. Cuando yo me integré al Meguido, el kibutz era una sociedad de alrededor de 200 o hasta 500 miembros totalmente igualitaria. El dinero estaba excluido de las relaciones entre los comuneros. El principio que regía era el de “cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades”. En mi kibutz no se podía ser miembro si no participabas del Partido Mapam, de Hashomer Hatzair, el más radical de las izquierdas. Yo fui realmente obrero-campesino durante 3 años, llegué ahí en 1953 con 23 años y estuve tres años.

El kibutz estaba basado en varios principios éticos cuyo cumplimiento era regido no por leyes explícitas, sino en la buena voluntad y el sentido de responsabilidad de sus miembros. La motivación de todos y cada uno de los individuos para trabajar lo mejor posible en cualquier rama es la condición fundamental de la viabilidad del modelo económico y social. En general, el experimento era fructífero. Demostraba que una sociedad con características comunistas puede ser altamente productiva, al mismo tiempo que fuertemente solidaria. Israel era en aquel tiempo otra cosa. Había un gobierno socialdemócrata con un sentido de igualdad muy marcado. Predominaba la gente que venía del infierno del Holocausto en Europa, muy influida por el socialismo, el anarquismo y otras ideas de izquierda. Para mí fue una influencia determinante: el socialismo es no sólo un ideal, sino una manera de vivir con modestia republicana, como diría Juárez, con coherencia entre el pensar y el hacer, con disposición al sacrificio individual por el bien común. Políticamente inquieto, comencé a buscar contacto con el único partido en Israel cuya membresía era árabe y judía: el Partido Comunista. Trabé amistad con los árabes que trabajaban fundamentalmente en la construcción y me contaron mucho sobre su vida y costumbres. Algunos eran miembros del Partido Comunista de Israel.

3. ¿Qué maestros y lecturas marcaron al joven estudiante Enrique Semo?

—Cuando regresé de Israel a México quise que me revalidaran todos mis estudios incluyendo tres años de la carrera de Economía en la Escuela Superior de Economía y Derecho. Pero la comisión encargada de revalidaciones jamás me recibió. ¿Qué hice? Me encontré con un camarada comunista de Toluca, le dije mi situación y él me arregló una cita con el rector de la Universidad del Estado de México para que pudiera hacer la preparatoria de oyente a cambio de dar clases de economía en la universidad porque faltaban maestros en Toluca.

Poco después comencé a estudiar Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde tomé clases con profesores muy destacados en la materia. Entre los que más influyeron en mí, nombraría a los siguientes: Edmundo O’Gorman, representante brillante del historicismo mexicano, de sus obras destacaría Breve historia de las divisiones territoriales de México y La invención de América: investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir. Miguel León-Portilla, con trabajos como La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, Visión de los vencidos y más tarde Quince poetas del mundo náhuatl. Luis Villoro, de los textos que más impactaron en mí fueron El proceso ideológico de la revolución de independencia y Los grandes momentos del indigenismo en México. Wenceslao Roces, especialista en historia antigua, autor entre otras obras de El camino de la riqueza, Hechos y doctrinas y Algunas consideraciones sobre el vicio del modernismo en la historia antigua. Otro profesor fue Adolfo Sánchez Vázquez, filósofo marxista, que destaca en textos como Las ideas estéticas de Marx, La filosofía de la praxis y Ética. También influyó en mí José Miranda, un historiador weberiano especialista en la colonia mexicana, con trabajos como La función del encomendero. Nueva España (1532-1541) y El tributo indígena en la Nueva España durante el siglo XVI.

4. ¿Cómo recuerda la creación del posgrado de la Facultad de Economía y su participación para generar propuestas en beneficio del desarrollo nacional?

—La División de Estudios Superiores surgió en años cruciales para la historia del mundo y de México: el movimiento de 1968 y su influencia posterior en el proceso democrático y cultural de nuestro país. Todavía hoy nos preguntamos por la relación que puede existir entre las rebeliones estudiantiles de Ciudad de México y París, de Alemania Federal e Italia, de Japón y Río de Janeiro; de la conexión que hay entre la Primavera de Praga y la Revolución Cultural china, y lo que une las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos con el intento del Che en Bolivia de oponer la guerrilla a la guerra. Y, sin embargo, en todos ellos existe el cuestionamiento radical de las prácticas políticas dominantes, el rechazo intuitivo de las ideologías locales y el florecimiento vigoroso de las utopías.

La comunidad académica de la Escuela Nacional de Economía se integró a esa revolución cultural. Se formó el Consejo General de Profesores, Estudiantes y Trabajadores con autoridad para elaborar planes de estudio, relaciones entre docentes y estudiantes, nuevas corrientes de pensamiento económico, ambiente intelectual y libertad de discusión, temas que fueron abordados con entusiasmo por profesores y estudiantes.

El Cogobierno, que tenía la capacidad de elegir autoridades, propuso al rector Pablo González Casanova a José Luis Ceceña para director de la escuela, y un mes después a mí para formar y encabezar el posgrado. El rector ratificó inmediatamente los nombramientos; José Luis Ceceña fue designado director de la Escuela Nacional de Economía por la Junta de Gobierno el 4 de marzo de 1972; el 1 de abril fui nombrado jefe de la División de Estudios Superiores. Inmediatamente me avoqué a las tareas de nombramiento del personal de base, al diseño de los planes de estudio provisionales y a la búsqueda de un mínimo de infraestructura, y en abril de 1972 comenzaron las labores en la División.

La nueva institución trató desde el inicio de ocupar su lugar en el proceso de transformación iniciado en 1967, poniendo énfasis en la investigación y formación de economistas al más alto nivel posible y en la discusión de los grandes problemas de México y América Latina, con la presencia de las voces más autorizadas en ese momento de la nación y del continente.

Las dictaduras de América Latina propiciaron la llegada de intelectuales de todo el continente que encontraron puertas abiertas y un ambiente favorable en la División. Entre otros se encontraban Pedro Paz, Maria da Conceição Tavares, Emilio Campo, René Zavaleta, Ruy Mauro Marini, Agustín Cuevas, Theotônio dos Santos, Vânia Bambirra, Orlando Caputo, Samuel Lichtenstein y Carlos Sempat Assadourian.

La creación de la División no fue obra de un individuo, hay que recordar a los primeros maestros de carrera nombrados por Ceceña: José Ayala Espino, Raúl González Soriano y Elena Sandoval Espinoza. La lista no estaría completa sin los estudiantes de la primera generación que fueron activos en el Colegio Paritario de Profesores y Estudiantes y en los foros, en donde se dedicaron a aprobar los planes de estudio posteriores y a discutir todos los problemas de la División, haciendo un trabajo voluntario intenso y fructífero.

5. ¿Dónde considera que está su legado? ¿En la historia del capitalismo en México, en su análisis de la izquierda mexicana en su laberinto o en la visión de la conquista de México?

-Creo que las tres. La historia del capitalismo ocupó gran parte de mi labor académica. El primer libro que escribí sobre el desarrollo del capitalismo en nuestro país, Historia del capitalismo en México. Los orígenes. 1521-1763, estuvo basado en la tesis de doctorado que presenté en la Universidad Humboldt de Berlín en 1970. Mis jurados en el examen fueron Manfred Kossok, Johan Lorenz Schmidt y Max Zeuske que contribuyeron con extensos comentarios y Friedrich Katz que leyó la obra e hizo sugerencias importantes. En la Alemania Democrática había estudios innovadores que abordaban los problemas de los orígenes del capitalismo en diferentes partes del mundo. En México, Gastón García Cantú analizó cuidadosamente la obra, y las conversaciones con Sergio de la Peña ayudaron a aclarar muchas ideas.

Ya en este primer ensayo están planteadas las líneas de investigación que dominaron gran parte de mi trabajo: a) el problema del desarrollo de México y los países dependientes y subdesarrollados; b) el estudio comparado de los sistemas económicos; c) los orígenes e historia del capitalismo mexicano; d) los problemas de la colonialidad y la dependencia a lo largo de los siglos XVI hasta nuestros días; e) la combinación de los modos de producción y las formaciones sociales.

En cuanto al análisis de la izquierda, este incluye páginas sobre el origen del comunismo en México en un ensayo llamado A cien años del Partido Comunista Mexicano. Los primeros pasos, afirmo que: “El surgimiento del Partido Comunista Mexicano en plena revolución, es resultado de dos grandes movimientos revolucionarios, uno nacional y otro internacional. Durante la Revolución Mexicana (1910-1940) los obreros y artesanos de la nación entraron en una actividad febril. En 1912 se fundó la Casa del Obrero Mundial que integró a numerosos sectores obreros y artesanos en Ciudad de México, con ramificaciones en otras urbes del país. En 1916 se produjo una gran huelga, en la cual 80 mil obreros se manifestaron, pidiendo no ser pagados con “bilimbiques” devaluados, la jornada de ocho horas, un día de descanso semanal y derecho a manifestarse.”

El movimiento comunista –escribe Arnoldo Martínez Verdugo–, como corriente de ideas y como partido político, comenzó a integrarse en México a partir del Congreso Socialista realizado en la capital de la República entre agosto y septiembre de 1919. Este congreso resultó una mezcla abigarrada de activistas sindicales de filiación anarquista, de socialistas descontentos con la conducta de la socialdemocracia europea y de jóvenes inspirados por la victoria de la revolución rusa decididos a seguir “el camino de los bolcheviques”.

Desde sus primeros años el Partido Comunista Mexicano (PCM) declara como su objetivo transformar la Revolución mexicana en socialista, la instauración en la nación de la socialización de los medios de producción y la dictadura temporal del proletariado. En esas ideas está el deslinde radical con los anarquistas y los gobiernistas. Ve en la lucha de clases la forma de lograr esos objetivos. Considera al país como capitalista y los gobiernos que lo rigen como pequeños burgueses o burgueses. En los sucesos de la Revolución mexicana hasta 1919, ve una serie de batallas entre facciones, dirigidas por diferentes grupos de interés, que se disputan el poder. Los beneficios, para los obreros y campesinos han sido magros o nulos. Los primeros han sido usados (batallones rojos) y luego reprimidos y vueltos a su condición de sometidos. Los segundos, actores principales de las grandes luchas no han recibido satisfacción a sus principales demandas que son la tierra y la restauración de la comunidad.

Una organización que se denominó Grupo de Jóvenes Socialistas Rojos iniciaron la publicación de un periódico que se denominó El Soviet: los consejos de obreros, campesinos y soldados debían ser la base para la organización de un nuevo orden social en México. Pese a los esfuerzos de los conservadores y su prensa, las noticias de Rusia se filtraron en sectores importantes de la clase obrera y los retratos de Lenin comenzaron a adornar las paredes de los salones sindicales y posteriormente –en 1919– se fundó el PCM. El primer acto público del pequeño partido fue una conmemoración del tercer aniversario del triunfo de la revolución de octubre el 7 de noviembre de 1920, en el Teatro Hidalgo con una asistencia entusiasta y mayoritaria de obreros sindicalizados.

La influencia de la gran Revolución rusa se hizo sentir también en los medios artísticos, sobre todo en el surgimiento de una nueva corriente pictórica que adoptó el muralismo para ofrecer al pueblo lo que hasta entonces había sido un artículo de lujo para las élites. Así, en vez de cuadros en las paredes de los palacios, surgieron los murales en los edificios públicos. Arte público y político en que los sueños de un mundo mejor constituían el tema central. El pueblo mexicano vio por primera vez los retratos de las principales figuras de la Revolución de Octubre en esos murales a lado de los caudillos de la Revolución mexicana. Los lemas de “La tierra es de quien la trabaja” que ya había sido adoptada por Zapata y “proletarios de todos los países, ¡uníos!” se hicieron familiares desde los muros de universidades y mercados; locales sindicales y centros de asistencia. Los artistas que más contribuyeron fueron Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Xavier Guerrero, Frida Khalo, María Izquierdo, Ramón Alva de la Canal y Carmen Mondragón Nahui Ollin. Ya en 1920 hubo representantes del PCM en el II Congreso de la Internacional Comunista. En las letras se sintió la influencia de la Revolución de Octubre.[1] En 1924-1929 se comenzó a publicar El Machete, periódico legal fundado por el sindicato de pintores en el cual las posiciones del Partido Comunista de México, el marxismo y el leninismo tuvieron su primera expresión mexicana.[2] El Machete fue, a su manera, un continuador del gran periódico de los anarquistas mexicanos, Regeneración, cuyos editores llevó a la cárcel Porfirio Díaz varias veces. El universo iconográfico de El Machete giró en torno a dos figuras arquetípicas: el obrero y el campesino.

6. ¿Qué temas pendientes tiene la izquierda por resolver al iniciar el segundo cuarto del siglo XXI y el avance de las derechas en algunos países?

-Izquierda y derecha son conceptos heredados de la Revolución francesa, en la cual en la Asamblea Legislativa, que se reunió por primera vez el 1 de octubre de 1791, los diputados sentados a la derecha pertenecían al grupo de los girondinos, portavoces republicanos de la gran burguesía. A la izquierda, diputados inscritos en el club de los jacobinos, que encarnaban a la pequeña burguesía y el Club de los cordeliers, que representaban al pueblo llano parisino. A medida que la Revolución avanzaba, la ideología, posición y acción política se radicalizaban. La división se hacía cada vez más aguda hasta que los jacobinos mandaron guillotinar a los girondinos.

Con el paso de los siglos izquierda y derecha no dejaron de ser posiciones contrapuestas, pero cambiaban de contenido ideológico, de formas de acción política y podemos decir que a cada época su propia izquierda y derecha. En el mundo de hoy, la izquierda es la corriente que busca reducir las desigualdades en el acceso a recursos, oportunidades y servicios. Esto puede incluir políticas de redistribución de riqueza, impuestos progresivos y programas de bienestar social. También tiende a apoyar los derechos de las minorías, la equidad de género y las políticas de inclusión social, así como el acceso universal a la educación y la salud. Muchos movimientos de izquierda promueven también políticas ambientales que favorecen el desarrollo sostenible y protegen el medio ambiente.

Periodizar un momento político en el tiempo presente es difícil. Sin embargo, existen numerosos indicios de que hoy nos encontramos en el mundo ante una nueva etapa. Uno de estos signos es la crisis global de la izquierda en sus diversas formas, que ha visto deteriorarse su alianza histórica con las clases populares. Al mismo tiempo, la extrema derecha se muestra cada vez más fuerte y capaz de capitalizar las frustraciones populares hacia la política neoliberal, adoptando un enfoque autoritario, racista, sexista y homófobo.

Nos enfrentamos a una crisis multidimensional de todo el sistema capitalista. Es decir, medioambiental, económica y geopolítica. La crisis financiera global de 2008 socavó los apoyos de los principales partidos de centroderecha y centroizquierda que había gestionado el capitalismo neoliberal en los años ochenta y noventa. La consecuencia ha sido el surgimiento de una extrema derecha de múltiples rostros: Donald Trump, en Estados Unidos, Jair Bolsonaro, en Brasil, Javier Milei, en Argentina, Giorgia Meloni, en Italia y Marine le Pen, en Francia. El efecto ha sido desestabilizar cada vez más a las corrientes liberal-burguesas y las izquierdas.

México marcha a contracorriente con un éxito que sorprende a todos. A partir de 2006 está inmerso en una transformación progresista que se propone en la economía cambiar el neoliberalismo vigente por un modelo de desarrollo con bienestar social. Desde esa fecha, el pueblo ha pasado de ser un factor pasivo a protagonista activo de un cambio importante por la vía pacífica y democrático-electoral.

La Cuarta Transformación iniciada por Andrés Manuel López Obrador, aspira a sustituir el modelo neoliberal con un modelo de superación del subdesarrollo con bienestar social que incluye: a) reedificación del Estado como actor independiente y activo en la economía y el bienestar social; b) paso decidido de la democracia electoral a la democracia participativa. Acabar con la compra del voto y los fraudes electorales. No represión y diálogo con los movimientos sociales de reivindicación popular; c) una contención de los monopolios privados que emergieron del proceso de privatización neoliberal que catapultó a algunos individuos a posiciones monopolistas oligárquicas; d) lucha contra la corrupción generalizada de la burocracia, los empresarios, los sindicatos, la policía y los mercados, etcétera; e) superar la base fiscal del Estado excesivamente reducida y un sistema de imposición altamente regresivo; f) disminuir las diferencias abismales en el desarrollo económico entre las diferentes partes de la nación: ingresos, comunicación, educación y salud.

He sido un hombre de izquierda desde los quince años de edad hasta hoy a mis 95. Mis concepciones de la “izquierda” han cambiado porque creo firmemente que la tarea de los hombres y mujeres de izquierda es contribuir con el pensamiento y la acción para cambiar al mundo tal y como este se encuentre en cada momento. Nunca he cambiado de bando. Quizás, a veces, mi concepción de la izquierda ha sido errónea, atrasada o llena de dudas. Mucho de eso encontrarán ustedes en mis libros. Mis posiciones han sido siempre compartidas por muchos otros compañeros y compañeras. A ellos toda mi solidaridad y mi simpatía para los que recojan la bandera.


[1] Arnoldo Martínez Verdugo, Partido Comunista Mexicano. Trayectoria y perspectivas, Fondo de Cultura Popular, México, 1971.
[2] John Lear, “La revolución en blanco, negro y rojo: arte, política, y obreros en los inicios del periódico El Machete”, en Signos Históricos, núm. 15, enero-junio, pp. 108-147, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, México, 2006.
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