SURREALISTA POR SU FUERZA ALEGÓRICA Y CONDUCTORA DE LO SORPRENDENTE

Retrato de la artista en su estudio, s/f. Autor desconocido. Fotos: cortesía INBAL.
En su libro Una ola de sueños, Louis Aragon alude a sus días de reunión con el grupo de surrealistas franceses. Afirma: “Experimentábamos toda la fuerza de las imágenes [pero] habíamos perdido el poder de manejarlas […] Se ve entonces qué es lo surreal […] concepto que huye como el horizonte delante del caminante, porque como el horizonte, está entre el espíritu y lo que no alcanzará jamás…”. Tal declaración poética, contundente y certera de Aragon sobre “lo surreal” como el estadio entre el espíritu y lo imposible, nos lleva a pensar y sentir no solamente las dimensiones artísticas y estéticas del trabajo de aquellos pintores y poetas en París, también nos alumbra para aproximarnos a la estética del cuadro Alegoría del invierno, de Remedios Varo, gouache sobre papel pintado en 1948. Esa obra de la anglesense es ejemplo de la envergadura de su capacidad imaginaria, su fantasía, así como muestra de hasta dónde llevó su pintura al trabajar en ella su discurso visual ambiguo, ambivalente, pleno de creaturas antropomorfas y antropozoomorfas, animales ensimismados, extraños bosques.

Cuadro iconográficamente lejano a la totalidad de la obra que realizara en México, en la cual su propio rostro se repite enfáticamente en sus distantes personajes y otras imágenes arquetípicas de su universo, Alegoría del invierno es la imagen de un paisaje helado y hostil, en donde a pesar de la severidad del frío y sus efectos en los potentes árboles cactáceos plagados de espinas, flores y pájaros encerrados en capullos de frío –¿hielo?, ¿telas de araña?–, la hibernación acoge a los seres en el tiempo de su alegoría. Todo es parte de una retícula de formas interrelacionadas que se extiende de elemento en elemento cual red de “raíces”, equilibrio visual entre una estructura, lo inusitado, lo paradójico e inaccesible que es expresado en la exactitud de las formas elegidas, la conservación en la naturaleza y algo semejante a esperar.

Si bien es claro el discurso estético de la obra en su propia verdad poética, es imposible no configurar la hipótesis que, en cuanto a coincidencia de intereses iconográficos y de expresión desde la multiplicidad de las formas, el sentido de lo enigmático en toda su plenitud en Alegoría del invierno es cercano estéticamente a dos vertientes importantes en la pintura de múltiple carácter surreal, místico e incitante. Por un lado, a la poética de Antoni García Lamolla, pintor español que, como Varo, se rozó con artistas atraídos por el movimiento francés (el 19 de marzo de 1936 García Lamolla escribió una carta al crítico Eduardo Westerdahl, del grupo canario de la revista del grupo ADLAN (Amics de l’art nou) Gaceta de Arte, donde le explicaba: “No sé si estará enterado de que, a raíz de la visita de Paul Éluard a Barcelona, hemos formado un grupo surrealista. Nos presentaremos al público con una exposición en Barcelona, Madrid y Bilbao. Figurarán en dicha exposición obras de Miró, Dalí, Fernández, Remedios, Francès…”). Su Espectro de las tres gracias en el aura sutil, de 1935, presagia, por decirlo así, dentro de un hilo histórico, la quietud y la vida detenida en las cápsulas o témpanos de hielo pintados por la artista en su Alegoría…, aunque en la obra de García Lamolla son tres rostros los que miran a lo alto, contenidos en una profunda atmósfera lograda en gamas de azules sombríos.

Alegoría del invierno, 1948. Gouache sobre papel. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. Foto: © Archivo Fotográfico Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. D. R. © Remedios Varo/SOMAAP.

Por el otro flanco, el cuadro de Varo guarda lindes muy claros con el Max Ernst de El bosque y la paloma, de 1927, y Europa después de la lluvia II, de 1941, que lucen una imaginería abstracta en el sentido de separar lo real de lo fantástico aunque, a la vez, incorporan “lo real” –sus formas, color, en fin, su materialidad– al pintar todo cuanto constituye esos paisajes, tan de aquí y tan de otro mundo. Un espíritu abstracto-naturalista –semejante a lo rocoso, el musgo y los follajes en Europa después de la lluvia… o en El bosque y la paloma, a pesar del irónico detalle del ave caricaturizada al centro de esta última– se encuentra entre las espinas, los troncos cactáceos, los témpanos de hielo con aves y flores dentro, que arman la Alegoría del invierno.

Hay una convergencia estética, extrañamente precisa, entre la obra de Remedios Varo, García Lamolla y Max Ernst, pero la capacidad imaginativa, la tendencia a una figuración situada en atmósferas desoladas, plenas de lejanías e imposibles para los seres humanos (muy parecidas a las que forman las arenas y horizontes marcianos en fotografías o videos que envía el rastreador Perseverance) la hacen coincidir enfáticamente con el alemán.

Alegoría del invierno está sembrado de un trabajo minucioso, nos demanda mirarlo abiertamente sin explicar el porqué de detalles como la molécula del copo de nieve, “estrella” diminuta en medio del enhiesto, drástico paisaje. Asimismo, no todo en ese lienzo lo podemos achacar a su coincidencia de intereses con el artista nacido en Bruhl, en 1891, sino a su incipiente madurez artística y sentido poético, ya que la obra fue realizada ocho años después de su llegada a México.

Tal vez surrealista por su fuerza alegórica, conductora de lo inusitado, de lo sorprendente, Remedios Varo es, antes que nada, imaginación poderosa. Bastándose a sí misma, su Alegoría del invierno –y su pintura toda– es un cómputo hermenéutico en el que la naturaleza es tamizada por una compleja psique, una sensibilidad aguda y docta en los enigmas que, en el arte, apelan a una praxis muy puntillosa.

Al unísono con Louis Aragon, Remedios Varo nos acercó a la sospecha de que lo surreal o, para nosotros desde su pintura, lo inexplicable que nos exige silencio, es una aprehensión “… que huye como el horizonte delante del caminante, porque como el horizonte, está entre el espíritu y lo que no alcanzará jamás…” Sin embargo, se manifiesta en la alegoría.

Títeres vegetales, 1938. Óleo y parafina sobre triplay. Museo de Arte Moderno, INBAL.
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