Nuestras escuchas, de Minia Biabiany

Una crítica a la contaminación y la historia colonial de Guadalupe

La videoinstalación reúne las voces y búsquedas de cuatro habitantes de la isla caribeña para convertir el agua en interlocutora y espacio de memoria

Fotograma: cortesía Minia Biabiany.

En Nuestras escuchas, la videoinstalación con la que la artista guadalupeña Minia Biabiany (Basse-Terre, 1988) llega al Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), el océano se convierte en testigo de la historia colonial de Guadalupe, de su contaminación y de los saberes rituales que la isla ha sabido conservar.

La pieza de Biabiany fue seleccionada entre numerosos artistas de todo el mundo para recibir la Moving Image Commission 2024 de la Fundación Han Nefkens, comisión que le permitió producir la obra en año y medio, misma que se exhibe por primera vez en el MUAC desde el 5 de septiembre, antes de viajar al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y a The Bass Museum of Art de Miami: los tres museos aliados en esta comisión, que además sumarán la pieza a sus colecciones.

En su producción, Biabiany interroga la violencia ejercida sobre el territorio caribeño y su transmisión generacional: sus videoinstalaciones han revisado, entre otras heridas, las secuelas del clordecona, el pesticida usado por décadas en las plantaciones bananeras que contaminó casi irreversiblemente los suelos y las aguas de la isla. En Ciudad de México, la artista colaboró en el colectivo Semillero Caribe, y ha expuesto en la Bienal de Berlín, el Palais de Tokyo y la Bienal de São Paulo.

“Me intriga mucho por qué la gente es tan silenciosa frente a lo que está pasando”, confesó Biabiany sobre la contaminación que hoy afecta a nueve de cada diez habitantes de Guadalupe: el pesticida seguirá activo en el suelo cinco o seis siglos; ha roto vínculos cotidianos (ya no se regala fruta del huerto, ya no se come igual allá) y llegó también al mar, donde ya hay zonas donde no se puede pescar.

A la contaminación se suma, dijo, un viejo problema de corrupción en la red de agua potable: ella misma tiene agua un día sí y un día no, y conoce a quienes se quedan meses enteros sin ella. Su respuesta ante todo esto asumió una metodología: sesiones de escucha y prácticas narrativas para indagar cómo el agua habita la vida de cada quien.

“Fue un proceso de confianza”, resumió la artista sobre la construcción colectiva de la pieza, que reunió, además de ella, a cuatro habitantes de Guadalupe sin formación artística (Chloé Cramer, niña de ocho años; Célia Poulot, profesora de artes aplicadas; Nouma de Lacroix Cobral, educadora de permacultura, y Murielle Biabiany, investigadora en fitoquímica), todas con un vínculo profundo con el mar. Para no repetir el extractivismo que critica, cada colaboradora llevó también su propia búsqueda: quien quiso ver cachalotes en altamar lo hizo; quien quiso escribir, tuvo su residencia. De ahí surgieron, además, las seis esculturas de cachalotes en madera quemada, inspiradas en la ecolocalización de estos cetáceos y en los estudios de la escritora Alexis Pauline Gumbs.

“Damos dinero para hacer una obra, pero también el artista tiene la oportunidad de que su obra sea vista en varios museos en todo el mundo”, explicó Han Nefkens, promotor de la fundación homónima que colabora con 50 museos. Él no opina sobre el proceso, aclaró, son el MUAC, el MACBA y The Bass quienes deciden juntos el tema (cambio climático a escala mundial, por el momento) y revisan candidaturas elaboradas por un grupo de scouts, distribuido por todo el mundo, hasta acordar el nombre de la o el artista elegido. En este caso, Biabiany. De su obra le sorprendió a Nefkens, sobre todo, el lenguaje gestual: personas que se comunican con las manos.

“Este vacío forma parte de la herencia colonial: la de aquello que no se nombra. La pieza interviene directamente en esta grieta y propone al agua como interlocutora y entidad a la que se le debe una escucha y un reconocimiento que la cultura colectiva le ha negado”, resumió la curadora Virginia Roy Luzárraga sobre la falta de homenaje público al agua en Guadalupe.

La pieza, explicó, se apoya en las prácticas narrativas: herramientas que parten de hechos y de tramas para construir mapas alternos, capaces de mirar una misma situación desde ángulos distintos, cuestión central para Biabiany desde el inicio. Su labor ha sido más de acompañamiento que de autoría: los cachalotes, ausentes al principio del proceso, cobraron después su peso simbólico, y las esculturas que los representan viajarán, o no, según la sede. El título remite, dijo Roy, a la escucha como acto relacional: escuchar es reconocer al otro, y ese reconocimiento abre un diálogo.

Nuestras escuchas se exhibe en el MUAC desde el 5 de septiembre de 2026 y hasta el 14 de febrero de 2027. Entrada libre, cupo limitado.

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