UNA CRÍTICA DE LOS ABUSOS HACIA LA MUJER DURANTE EL PERIODO POSREVOLUCIONARIO

El Centro Escolar Revolución –ubicado en las avenidas Niños Héroes y Arcos de Belén– se convirtió en un modelo de reingeniería social del régimen posrevolucionario. Bajo los lineamientos de la educación socialista, el gobierno del presidente Abelardo Rodríguez (1932-1934) transformó la antigua cárcel de Belén en una moderna instalación funcionalista con aulas iluminadas, áreas deportivas –incluido un estanque de natación–, bibliotecas y un teatro al aire libre.
El lema de la escuela era “Educar es redimir”, por lo cual el programa mural concebido para este proyecto escolar debía plasmar los ideales educativos basados en la igualdad y el progreso. Así, se comisionaron las obras murales a los pintores de la sección artística de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), entre los que se contaban Aurora Reyes, Raúl Anguiano, Gonzalo de la Paz Pérez, Ignacio Gómez Jaramillo, Everardo Ramírez y Antonio Gutiérrez. Los temas generales para delinear el contenido de las obras se centraron en los beneficios de la moderna pedagogía, como el trabajo colaborativo, el impulso a la conciencia de clase y la eliminación de las fuerzas reaccionarias, mostrando, al mismo tiempo, los peligros que éstas representaban.
Uno de los paneles murales en este centro educativo fue realizado por Aurora Reyes, artista nacida en Chihuahua y quien desde edad muy temprana mostró su amplio compromiso con la política y la emancipación femenina. Reyes fue realmente la primera mujer muralista en trabajar con la técnica del fresco, si bien Isabel Villaseñor había realizado un mural exterior –en cemento coloreado–, junto con Alfredo Zalce, en una escuela rural en Ayotla, Hidalgo, en 1929.
El tablero de Reyes es el primero de derecha a izquierda, donde está la inscripción sobre el proceso de construcción de la escuela. En este paño mural –dispuesto horizontalmente– vemos a dos personajes masculinos que tratan con suma violencia a una profesora rural (de acuerdo con la historiadora del arte, Dina Comisarenco, el tema del mural correspondió a un hecho real: durante el mes de marzo de 1936, en la localidad de San Felipe Torres Mochas, en el estado de Guanajuato, se produjo en la plaza central del pueblo un ataque directo con piedras, palos y pistolas a varios misioneros culturales durante un evento; se reportó el asesinato de al menos 16 personas). La figura de la izquierda, que se encuentra de espaldas al espectador, toma a la mujer por la cabellera al tiempo que sostiene con fuerza unos papeles –que también podrían ser billetes– y tiene, a la altura de su rodilla izquierda, un libro deshojado que yace en el suelo. El hombre que se observa en la sección media de la composición –y que cubre su rostro con un sombrero– golpea a la mujer directamente con la culata de un rifle; con su acción y el movimiento de su cuerpo hace ver que porta un escapulario con la imagen del sagrado corazón. La maestra tirada en el piso no puede defenderse, parece contraer todo su cuerpo por el dolor mientras crispa sus manos: lleva un vestido largo en tonos rojizos y destacan sus zapatos negros de tacón. El color de la indumentaria de la profesora sería equivalente a su condición de mártir enfrentada con uno de sus atacantes, un “camisa dorada” con botas, cuyo cuerpo parecería formar una cruz gamada. Del lado derecho, tres infantes –dos niños y una niña– observan la escena escondidos tras una columna (aquí se puede leer la firma de Reyes, así como la fecha de elaboración del mural). El más pequeño está vestido de overol y se oculta detrás de la niña. Al fondo de la pintura, se distinguen en el horizonte dos montañas altas.

Colección Héctor y Ernesto Godoy.
Cabe mencionar que Reyes hizo distintos bocetos para este fresco. En ellos se advierte que puso especial atención en las proporciones de la figura femenina e hizo algunos cambios sustanciales en el momento de trasladar la escena al muro, ya que el hombre de la izquierda sostenía originalmente un crucifijo y estaba descalzo, mientras que los libros se ubicaban a los pies de la profesora. Los gestos en los rostros de los niños también tuvieron algunas modificaciones ya que pasaron del horror y dramatismo a ser espectadores más pasivos.
La revista Educación, en 1937 indicó sobre Reyes y su mural: “[…] única mujer mexicana que valientemente ha abordado el fresco […] con un personaje humilde como lo fue la maestra rural que participó en la Revolución y fue sacrificada por los cristeros. En la pintura se adivina el grito dolorido de la mujer sufriente que repercute en sus pequeños alumnos que constituirán la falange…”.
Reyes había sido maestra de instrucción primaria y, como parte de la agrupación político-artística, creyó fervientemente en los intereses de la colectividad, la aplicación del conocimiento racional y la destrucción de los prejuicios religiosos. Por ello, en esta pintura mural –así como en las cuatro restantes de sus compañeros– prevalece un carácter anticlerical propio de un grupo de artistas que se habían identificado con la enseñanza progresista y sus planteamientos más radicales en medio del conflicto entre la iglesia y el Estado.
Es sabido que durante los primeros años del cardenismo, los maestros arriesgaron sus vidas, sobre todo en las zonas rurales, donde los caciques y latifundistas los desorejaban, e incluso los mutilaban, por su intervención no sólo en la educación sino en la organización gremial de campesinos y obreros, así como por su apoyo a la exigencia de repartición de tierras, donde los agentes más violentos eran aquellos vinculados todavía con el movimiento cristero.
Tal como ha señalado la historiadora del arte Terri Geis, el mural pone énfasis en el martirologio de las maestras rurales, pero también vislumbra una violencia social sexualizada. La elección de Reyes en torno al protagonismo de la figura femenina no fue gratuita, ya que a lo largo de toda su vida siempre mostró gran preocupación por la situación de las mujeres en la sociedad mexicana. Al lado de Concha Michel, en 1937 fundó el Instituto Revolucionario Femenino, que buscó una mayor participación de las mujeres en la vida política y social del país. Así, este mural también se convierte en reflejo –y crítica– de los abusos dirigidos hacia la mujer durante el periodo posrevolucionario, ya que no existían avances para frenar las constantes demostraciones de violencia en su contra. Al aludir a la explotación y desigualdad del capitalismo, Reyes también evidenció la desigualdad propia del poder patriarcal.
