Una historia de inteligencia, curiosidad y profunda vocación por comprender el mundo

Antes de que las mujeres ocupáramos laboratorios, dirigiéramos proyectos de investigación, formáramos nuevas generaciones o participáramos en la toma de decisiones, hubo quienes tuvieron que conquistar algo todavía más básico: el derecho mismo a estudiar.
La historia de las mujeres en la Universidad es, por ello, una historia de perseverancia: la historia de quienes insistieron en estudiar, investigar, enseñar y generar conocimiento incluso cuando las instituciones no estaban pensadas para ellas, cuando el acceso al saber implicaba pagar altos costos personales y, muchas veces, renunciar a una parte de sí mismas.
Es la historia de mujeres que, con paciencia y determinación, fueron ampliando las fronteras del conocimiento y del propio espacio universitario.
En laboratorios, observatorios, jardines botánicos y colecciones científicas comenzaron a desentrañar los secretos de la materia, de las estrellas, de la tierra, de los océanos y de la vida misma.
Desde archivos, bibliotecas, talleres, estudios, han contribuido a comprender nuestra historia, nuestras sociedades, nuestras lenguas y nuestras formas de crear y de imaginar el mundo.
Desde las aulas, esos espacios mágicos donde se forman las nuevas generaciones, las mujeres han despertado vocaciones, han sembrado preguntas y han abierto horizontes para estudiantes que, quizá por primera vez, descubren en la educación y en el conocimiento una posibilidad para transformar su vida.
Gracias a todas ellas, generaciones enteras de universitarias hemos descubierto que la curiosidad puede convertirse en conocimiento, que las preguntas pueden abrir caminos inesperados y que el conocimiento también puede escribirse con voces de mujer.
En ese relevo generacional hay además una historia silenciosa que muchas compartimos. En algún momento de nuestra formación, todas fuimos alumnas de una mujer que creyó en nosotras, que nos mostró que la curiosidad podía convertirse en conocimiento y que nuestros sueños podían encontrar un lugar en la universidad.
Gracias a esas maestras, muchas de nosotras nos convertimos también en profesoras, en investigadoras y en promotoras de la cultura. Y con ello asumimos una responsabilidad que va más allá de nuestras disciplinas: la de contribuir a construir espacios académicos más justos, más seguros y más abiertos para quienes vienen detrás: para nuestras estudiantes, para nuestras colegas, para nuestras hijas.
Hoy, las académicas que reciben el Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz forman parte de esa misma historia. Sus trayectorias reflejan el talento, la disciplina y la pasión por el conocimiento que caracterizan a nuestra Universidad. Desde sus distintas áreas del saber han contribuido a ampliar las fronteras del conocimiento, a formar nuevas generaciones y a fortalecer la vida académica de nuestra institución.
Cada una de ustedes representa también un punto de encuentro entre generaciones: entre quienes abrieron camino antes y quienes hoy comienzan a recorrerlo. En sus aulas, en sus laboratorios, en sus seminarios y en sus espacios de creación se cultiva no sólo el conocimiento, sino también la confianza, la curiosidad y el pensamiento crítico que permiten a nuevas universitarias imaginar su propio futuro.
Sin embargo, en nuestra Universidad la presencia de las mujeres continúa siendo, en muchos sentidos, una conquista cotidiana. Los avances son innegables, pero los desafíos también lo son.
Actualmente, en nuestra Universidad las mujeres representamos alrededor del 46 % del personal académico. Sin embargo, esta presencia no se distribuye de manera homogénea en todos los ámbitos del quehacer universitario. En el subsistema de la investigación científica, por ejemplo, sólo representamos el 35 %, y la brecha se vuelve aún más evidente en algunas entidades dedicadas a las ciencias físicas y matemáticas, donde en ciertos casos nuestra presencia no alcanza siquiera el 10 %.
Sor Juana defendió con claridad y valentía el derecho de las mujeres a aprender, a pensar y a participar plenamente en la vida intelectual”
Pero la construcción de una comunidad verdaderamente igualitaria no puede medirse únicamente en números. Una comunidad académica incluyente es aquella en la que todas las personas encuentran condiciones reales para desarrollar su talento; donde el acceso a las oportunidades, el reconocimiento del trabajo académico y la posibilidad de ejercer el liderazgo no están condicionados por el género.
Construir ese entorno es una responsabilidad colectiva. Implica revisar nuestras prácticas institucionales, fortalecer las redes de apoyo entre académicas y académicos, y asegurar que las nuevas generaciones encuentren en la Universidad espacios donde puedan desarrollar su vocación con libertad, con confianza y con dignidad.
El 8 de marzo permite reflexionar sobre el papel de las mujeres, insistir en el camino que todavía tenemos que recorrer para alcanzar las metas que nos hemos propuesto como sociedad y en las que tiene que imperar la igualdad, pero concebida ésta desde su perspectiva histórica.
Sería absurdo el no reconocer avances, pero aún más el no centrarnos en lo que todavía falta y en los grandes desafíos que enfrentamos.
Por ello, no podemos dejar de reconocer el contexto en el que vivimos. Los duros golpes que recibimos cada vez que una mujer es violentada, desaparecida o asesinada, nos recuerdan que la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad dolorosamente presente en nuestra sociedad.
En días como hoy, es inevitable pensar en todas aquellas mujeres que han sido víctimas de distintas formas de violencia y, en su expresión más dolorosa, de los feminicidios que siguen ocurriendo cotidianamente en nuestro país. Porque cada vez que una de nosotras desaparece, todas somos heridas.
Por ello, desde nuestros espacios académicos no podemos permanecer indiferentes. Las universidades tienen la responsabilidad de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, donde la igualdad y la libertad no sean aspiraciones lejanas, sino condiciones reales para todas las personas.
Y debemos hacerlo desde lo que nos define como comunidad universitaria: el pensamiento crítico, el diálogo y la construcción de soluciones desde una convicción profunda de que la transformación social debe ser siempre una transformación no violenta.
Sabemos que esta tarea no puede recaer únicamente en nosotras. Pero también sabemos que la voz de las mujeres en la Universidad Nacional Autónoma de México es hoy más fuerte, más visible y más escuchada que nunca. Y que, desde la docencia, la investigación y la difusión de la cultura, podemos contribuir a transformar las realidades que aún nos duelen.
Que este reconocimiento que hoy celebramos nos recuerde que la historia de las mujeres en la Universidad no es sólo una historia de obstáculos superados, sino también una historia de inteligencia, de curiosidad y de una profunda vocación por comprender el mundo.
No es casual que lleve el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz. En una época en la que el acceso de las mujeres al conocimiento estaba profundamente limitado, Sor Juana defendió con claridad y valentía el derecho de las mujeres a aprender, a pensar y a participar plenamente en la vida intelectual.
Siglos después, en nuestra Universidad ese espíritu sigue vivo en cada académica que enseña, investiga, cuestiona y comparte el conocimiento.
Que el ejemplo de Sor Juana Inés de la Cruz continúe recordándonos que la búsqueda del conocimiento es, ante todo, una búsqueda de libertad. Y que nuestra Universidad siga siendo un espacio donde se escuchan todas las voces y donde el talento encuentra un lugar para desarrollarse y contribuir a la construcción de un futuro más justo.
A las académicas hoy galardonadas, mi reconocimiento y mi más sincera felicitación.