UNA MIRADA ANTICOLONIAL QUE HEREDA CREENCIAS DE LAS COMUNIDADES INDÍGENAS

Esta imagen, realizada por Maruch Sántiz en 2015, se relaciona, en sus múltiples capas de significados, con todo el trabajo de esta fotógrafa, escritora y trabajadora textil originaria de San Juan Chamula, dedicado a dialogar con las maneras en las que se ha representado a mujeres indígenas a lo largo de la historia mediante la fotografía y, de manera más general, en la cultura visual. (Hablaré de lo indígena no como la reivindicación de una identidad, sino como una posición frente al poder colonial, lo cual busca hacer explícitas, como señaló Linda Tuhiwai Smith en su libro A descolonizar las metodologías: Investigación y pueblos indígenas, “un conjunto de experiencias genealógicas, culturales y políticas”.)
En esta fotografía, en el espacio que se construye entre la imagen y la palabra, reconocemos una serie de gestos que atraviesan muchas comunidades llamadas indígenas en México: recoger el cabello que se va desprendiendo del cuerpo al desenredarlo; la experiencia bilingüe; la necesidad de la autorrepresentación, y la de aferrarse a lenguas cercenadas por el proyecto colonial. Estos gestos van adquiriendo diferentes significados dependiendo de las comunidades que los revitalizan; sin embargo, comparten la pregunta por la agencia propia en la representación. En el caso del cabello, aunque también de la lengua, resulta importante no deshacerse de los mechones perdidos en cada peinada: habrán de ser regresados a la tierra, ya sea en el mismo momento en que se desprenden del cuerpo o, más tarde, después de juntarlos a lo largo de la vida para ser enterrados con ellos.
En muchas comunidades indígenas, el cabello ha sido un marcador físico que ha desencadenado violencia de muchos tipos, especialmente para las mujeres. Al mismo tiempo, el cabello ha sido un elemento estético que ha permitido aglutinar diferentes luchas contra el racismo y la discriminación. De ahí también la importancia de que este elemento, tan significativo para nosotras, ocupe el protagonismo de la imagen que nos ocupa.

En esta fotografía, Maruch Sántiz produce una yuxtaposición de este elemento corporal con un objeto de uso común: un peine de plástico. Una apuesta visual interesante que nos remite, por un lado, a los materiales empleados en los objetos de uso cotidiano en este mundo globalizado, del que también somos parte muchas comunidades indígenas, y que, por otro lado, apuesta por la posibilidad de representarnos sin la necesidad de que un cuerpo ocupe la escena. Al contrario de lo que ocurre en las tomas de carácter más etnográfico, o en la mayoría de las imágenes capturadas por artistas ajenos a las propias comunidades, la ausencia del cuerpo en esta fotografía de Maruch Sántiz es un gesto subversivo en tanto que desafía la construcción del cuerpo indígena en su presencia como “un objeto a escudriñar, admirar, contemplar, medir: expuesto, estático, pasivo, inerte”, según apunta la antropóloga Deborah Dorotinsky.
A diferencia de lo que otros autores han escrito en torno a la producción de esta artista, considero que su trabajo se aleja de lo documental y del mero registro de “cosmovisiones”, un término frecuentemente asignado al trabajo de muchos artistas que provienen de comunidades indígenas, por el mero hecho de su proveniencia.
El trabajo de mirarse a sí misma y su contexto, y el hecho de ser capaz de marcar las contradicciones que habita, es algo que acerca su trabajo no sólo a la producción de otros artistas indígenas sino, también, al que han realizado muchas mujeres desde posturas antipatriarcales. Resulta necesario entender que esta fotografía, relativamente reciente, es la continuación de un trabajo que Maruch ha realizado durante varios años, relacionado con creencias y preocupaciones propias de su comunidad. Un ejemplo es la serie Creencias de nuestros antepasados, de 1998, en la que expone su experiencia bilingüe con reinterpretaciones visuales de la tradición oral y la combina, en muchas ocasiones, con el humor que se asoma como herramienta discursiva para desacralizar o, en todo caso, desexotizar las tradiciones locales. Por ejemplo, en la fotografía Smetz’ul buch’u lok’el xjoket yni’ chv (Para curar a alguien que ronca mucho) podemos ver a una persona durmiendo, siendo apenas tocada con un huarache blanco por la mano de otra persona. En el texto, colocado en esta fotografía en tres idiomas (tsotsil, español e inglés), la autora describe cómo curar a una persona que ronca golpeándola con un huarache o introduciendo la cola de una lagartija en su nariz.
Si bien es imposible desentrañar la complejidad de la obra de Maruch Sántiz en un espacio tan breve, queda aquí la invitación para comprender su trabajo más allá de significados y conceptos que, muchas veces, las miradas exógenas hacen sobre la producción de mujeres artistas indígenas. Queda pendiente trabajar la multidisciplinariedad de su obra y la necesidad de reconocer gestos de soberanía visual que continúan con historias de resiliencia, revitalización y continuidad en las comunidades indígenas.
