El clásico de Tennessee Williams llegó al CCU

Una mirada moderna a El zoológico de cristal

Foto: Ulises Ávila.
El gran clásico del autor estadunidense Tennessee Williams, crítico de su sociedad, El zoológico de cristal, llega a la UNAM con un montaje actual que interpela al espectador mexicano de todas las edades y suscita la reflexión social.

Bajo la dirección de David Olguín, la coproducción de Teatro El Milagro y la compañía francesa Comala, tiene temporada en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario (CCU), hasta el 24 de abril de 2026, luego de su estreno en agosto pasado.

Su representación en este foro se inscribe dentro del compromiso de Teatro UNAM por divulgar la dramaturgia universal y revisitar los grandes textos desde miradas contemporáneas, tendiendo un puente entre la tradición escénica y las preguntas del presente.

“Todas las traducciones caducan con el tiempo”, afirmó Olguín para explicar el punto de partida de este trabajo. Al cotejar las versiones disponibles en español con el original en inglés, el director descubrió que la traducción argentina publicada por Losada en los años 60 (la más circulada en el medio teatral mexicano) consignaba en realidad una adaptación de una puesta bonaerense, con inconsistencias que la alejaban del texto de Williams.

Eso hizo inevitable una nueva traducción, realizada por el propio Olguín junto con la actriz Anaïs Umano, y autorizada por la Fundación Williams, un permiso que, según él mismo señaló, es difícil de obtener.

“Lo que nos importaba era que las psicologías estuvieran bien representadas en el lenguaje, y eso fue una enorme batalla”. La familia Williams era sureña (San Luis, Missouri, en los años del texto) y su habla arrastraba capas del Caribe, de Francia, de la migración italiana y de la cultura creole de Nueva Orleans.

Encontrar equivalencias que no sonaran académicas ni ajenas al oído mexicano fue el desafío central de la traducción. Olguín describió el proceso como un acto de amor previo a cualquier libertad adaptativa: primero la fidelidad, luego la transgresión desde la admiración.

“Williams la nombra una obra de la memoria, y por tanto lo que está de por medio es el juego con el tiempo, en términos de su intersubjetividad, de su flexibilidad”. Esta es la clave de lectura que gobierna toda la puesta en escena. Tom, el protagonista, es un marinero maduro que regresa al departamento donde creció para ajustar cuentas con su pasado; lo que recuerda no es exacto sino selectivo, nostálgico, distorsionado. Olguín lo explota dramáticamente: la memoria no ilustra, construye. Los hechos están tamizados por la duda de si realmente ocurrieron así, y esa incertidumbre se vuelve materia escénica.

Para materializar esa atmósfera, el director trabajó con el escenógrafo Gabriel Pascal en una metáfora visual que evita el realismo convencional sin abandonarlo del todo. El espacio evoca un muelle, un barco, las cuadernas de un casco a la deriva: el lugar limítrofe desde donde un marinero recuerda. Olguín incorporó también elementos brechtianos (pantalla de video, comentarios textuales, fugas hacia la intimidad de los personajes) que el propio Williams sugería en sus notas de producción.

Y para la música eligió grabaciones de jazz de los años 20 y 30, muchas de su propia colección, porque el texto lo exigía: el padre ausente dejó a la familia una colección de discos rayados que la madre y la hija escuchan sin cesar. “La memoria está ligada a la música”, dice Tom al inicio de su relato.

“Es una historia que a pesar del tiempo sigue tocando fibras en muchos sentidos, le pega a muchas cosas que atañen a cualquier espectador de distintas edades en el presente”, señaló el director.

Olguín identifica en El zoológico de cristal resonancias muy concretas para el público mexicano de hoy: la madre sobreprotectora y anclada en un pasado idealizado, el padre ausente, la precariedad económica, los jóvenes obligados a crecer de golpe o que regresan al hogar familiar, el choque entre los sueños y una sociedad que ofrece pocas salidas.

Williams, dijo el director, planteó todo eso con claridad. El trabajo fue encontrar la vía para que ese mundo sureño y norteamericano hablara también, sin forzarlo, de las asfixias que se viven en los pequeños departamentos de las ciudades de América Latina.

La obra se presenta jueves, viernes y sábados a las 19 horas, y domingos a las 18 horas. Suspende funciones el 8 de marzo y del 2 al 5 de abril.

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