
Casa del Lago UNAM se ha convertido en un laboratorio de confluencias inesperadas, donde la arquitectura histórica dialoga con propuestas artísticas que desafían los límites disciplinarios.
Las residencias de sitio específico que organiza esta institución no son meras estancias creativas: son intervenciones que interrogan al espacio mismo, que revelan dimensiones ocultas de un recinto emblemático y proponen formas de habitar el arte más allá de la contemplación pasiva.
Cinthya García Leyva, directora de Casa del Lago, explicó que el programa surgió como una respuesta a la necesidad de producir obra que respondiera directamente a la arquitectura específica del recinto.
“La idea era no sólo presentar piezas que fueron producidas en otro lugar, sino empezar a producir obra desde Casa del Lago, que dialogara e hiciera aún más evidente la fuerza arquitectónica de la institución”.
Esta propuesta implica colaboraciones interinstitucionales que han permitido tejer redes con entidades como el Instituto Goethe, el Instituto Italiano de Cultura y la Fundación Japón, generando circuitos de intercambio donde artistas mexicanos no sólo reciben a colegas internacionales, sino que también viajan al extranjero en condiciones de absoluta paridad artística.
La más reciente incorporación a este programa es Camila Alberti, ganadora italiana del Premio Natura Naturans/Naturata en su segunda edición, quien pasará dos meses desarrollando un proyecto en colaboración con Casa del Lago. Su trabajo, centrado en la relación entre arte y naturaleza a través de materiales biodegradables, propone una lectura radical del tiempo y la materia que cuestiona los fundamentos mismos de nuestra relación con el entorno. Para Alberti, las ruinas son mucho más que vestigios nostálgicos del pasado.
“Son simultáneamente símbolos del pasado, del presente e, inevitablemente, del futuro”, afirmó. Su práctica artística concibe estos espacios como manifestaciones tangibles de la interconexión entre todas las formas de vida, donde “no hay una existencia pura o aislada, sino que la vida es posible gracias a la contaminación y la colaboración”.
Esta visión desestabiliza la temporalidad lineal que estructura nuestra experiencia cotidiana, proponiendo en su lugar una coexistencia de múltiples estratos temporales. La dimensión política de su obra emerge precisamente de este cuestionamiento. Al entender las ruinas como archivos activos que conservan y transforman la memoria, Alberti se opone frontalmente a la lógica capitalista de la obsolescencia programada.
“Las ruinas y los materiales que utilizo no son residuos que hay que superar, sino archivos activos que conservan y transforman la memoria en el tiempo”.
De hecho, cuando se le pregunta hacia dónde debemos dirigir la mirada para ver críticamente el antropoceno, Alberti responde con contundencia lacónica: “Hacia las ruinas”.
Particularmente provocador resulta su interés por prácticas como la brujería y el chamanismo, que concibe como dispositivos de conocimiento alternativo. Estas tradiciones, históricamente perseguidas, proponen, según Alberti, formas de acceso al mundo que no están mediadas por instituciones centrales o autoridades oficiales.
“Son conocimientos situados, encarnados, transmisibles a través de la experiencia directa”, señala; sistemas que producen autonomía y responsabilidad individual en la relación con el entorno. Para la artista, estas prácticas permiten crear espacios de fricción donde pueden coexistir diferentes formas de conocimiento, revelando los límites de los modelos culturales dominantes.
Su metodología de trabajo privilegia la investigación in situ. Durante su residencia en México, Alberti planea una primera fase dedicada a investigar técnicas locales, narrativas históricas y conocimientos artesanales relacionados con la transformación de materiales. A partir de elementos tanto antropogénicos como naturales, desarrollará colorantes y pastas moldeables que se convertirán en tejidos con tintes naturales y esculturas.
Como aseveró García Leyva, lo notable de su propuesta es “esa coherencia entre el discurso político, el discurso respecto a la necesidad de arte en la naturaleza como apuesta política y también el resultado estético-artístico”.
Casa del Lago ha albergado residencias que han dejado una huella profunda: desde las burbujas arquitectónicas de Plastique Fantastique hasta la instalación de 400 campanas del japonés Aki Onda, pasando por los archivos sonoros de Shiva Feshareki y las exploraciones lumínicas de Manuel Estrella. Cada intervención ha revelado nuevas dimensiones del espacio, convirtiendo pasillos, escaleras y jardines en territorios de experimentación.