Homenaje a Gerardo Estrada en el MUAC
Una vida dedicada a entender la cultura como libertad, construcción ciudadana y crítica social

Estas son algunas de las razones por las que Cultura UNAM, le rendirá un homenaje el próximo 10 de febrero a las 12 horas en el auditorio del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).
El evento contará con la participación de Adriana Malvido, Rolando Cordera, José Woldenberg y Graciela de la Torre, voces que dialogan con las múltiples facetas de un hombre que ha transitado entre la academia, la gestión cultural y el análisis político con singular coherencia.
“Después del 2 de octubre decidí que tenía que dedicarme a algo que fuera una trinchera política y a la vez una trinchera de cambio. Y ratifiqué que quizá el único campo que me quedaba era la cultura”, declaró Gerardo Estrada al recordar la experiencia que marcó su vocación. Estuvo en Tlatelolco ese día de 1968, confrontó la violencia, y en medio del horror definió su rumbo. Incluso se convirtió en un experto de lo ocurrido en ese momento histórico.
Para él, el movimiento del 68 representó la irrupción de las clases medias en la vida política del país, un sector que había disfrutado de los privilegios del sistema pero que carecía de lo esencial: participación democrática.
Las demandas estudiantiles, aparentemente modestas (libertad de presos políticos, justicia, destitución del jefe de policía) contenían en realidad el núcleo de una transformación profunda. Estrada las interpretó como las piezas clave de una auténtica democracia, semillas de la transición que México comenzaba a efectuar. Pero su lectura del movimiento trasciende lo estrictamente político para adentrarse en un territorio más vasto: el cambio cultural de toda una época.
“Las causas del 68 están en la cultura, en el más amplio sentido de la palabra”, sostuvo. Para él, la década de los 60 trajo la píldora anticonceptiva, que transformó radicalmente la condición femenina y, con ella, las estructuras sociales. La revolución sexual no fue mero libertinaje, explicó, sino la asunción del cuerpo y de nuevas formas de existencia. Esa transformación llegó a las artes: el teatro, la música o el cine, con ejemplos como el Cinema Novo y la Nouvelle Vague (Nueva Ola).
En su opinión, hubo también algunas cosas positivas, como la Olimpiada Cultural de 1968, que trajo a México lo mejor del mundo, desde el Ballet de Maurice Béjart interpretando la Novena Sinfonía de Beethoven hasta expresiones que ampliaron horizontes mentales.
La trayectoria de Estrada en la gestión cultural es vasta: Radio Educación, la Casa de México en París, el Instituto Nacional de Bellas Artes, Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores y, en dos ocasiones, la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, entre otros cargos.
En Radio Educación y el Instituto Mexicano de la Radio descubrió que los medios públicos eran territorios donde se podía estar “en la política sin estar en la política”, donde la verdad podía circular con mayor libertad. Sus roces con el poder, le costaron momentos tensos, pero confirmaron su convicción: la cultura era el mejor campo de batalla. Cuando se le preguntó por su legado como gestor cultural, incide en un juego de palabras donde teme ser inmodesto y declara: la modestia.
Pero no sólo las instituciones gubernamentales le resultan de gran trascendencia en el terreno de la cultura y capaces de transformar la vida de los mexicanos. “Creo que la UNAM ha sido el ministerio de cultura vanguardista del país”, afirmó Estrada al reflexionar sobre la institución que lo formó y en donde ha desarrollado su vida académica. Para él, la Universidad vivió una de sus épocas doradas bajo la rectoría de Ignacio Chávez y la dirección cultural de Jaime García Terrés, y ha sabido mantener esa vocación de vanguardia protegida por la autonomía, mientras Bellas Artes se volvía conservadora, señaló.
El MUAC representa esa visión: un espacio que, pese a las polémicas iniciales, se ha convertido en lugar de convivencia donde los jóvenes encuentran expresiones de búsqueda y libertad, refirió.
El homenaje del 10 de febrero no celebra sólo una larga permanencia académica, sino una vida dedicada a entender la cultura como espacio de libertad, construcción ciudadana y crítica social.