Introducción

CIEN AÑOS DE MURALES

Dos especialistas del Instituto de Investigaciones Estéticas abordan lo que han significado en este tiempo

La creación (encaústica, 1922-1923), Diego Rivera. Foto: cortesía Ricardo Alvarado. Archivo Fotográfico Manuel Toussaint / IIE.

Entre 1921 y 1922 Roberto Montenegro pintó el mural El árbol de la vida, en la Sala de Discusiones Libres de la Universidad Nacional de México, que ocupaba el extemplo de San Pedro y San Pablo. Entre 1922 y 1923 Diego Rivera pintó La creación, en el anfiteatro “Bolívar” de la Escuela Nacional Preparatoria. Las dos obras dieron inicio al movimiento de pintura mural mexicana.

La pintura mural tuvo una larga y desigual fortuna a lo largo del siglo XX. Otros movimientos y artistas se movilizaron para seguir su ejemplo, o bien para contradecirlo. Un siglo después, Gaceta UNAM ha propuesto realizar una revisión de la historia de la pintura mural moderna, poniendo atención especial a los murales que se encuentran en instalaciones universitarias. Tanto San Pedro y San Pablo como la antigua Escuela Nacional Preparatoria son edificios universitarios. Entre 1952 y 1956, al construirse la Ciudad Universitaria del Pedregal, sus edificios contemplaron la decoración mural, lo que provocó una intensa reflexión acerca de la convergencia de las artes en la “integración plástica”. El interés de la Universidad por el arte público no se ha detenido, y obras fundamentales como el Espacio Escultórico en el sur de Ciudad Universitaria se emprendieron buscando, si bien con medios muy distintos, emular la conformación de un espacio público alrededor de las artes. Los murales que decoran los auditorios suelen acompañar las controversias y debates consustanciales a la vida universitaria, y son una invitación para la confrontación de puntos de vista y el fortalecimiento de la esfera pública.

Para iniciar esta serie de artículos, entrevistas y reportajes en distintos medios, nos ha parecido conveniente comenzar explicando, en la visión de los especialistas del año 2022, qué era, en 1922, una pintura mural. Qué características tenían esas decoraciones, tan novedosas y provocadoras en su momento, que distintos periodistas las calificaron de monotes (para contraponerlas con los monitos de los periódicos). No era la primera vez que se pintaban murales en México. Por una parte, a lo largo del siglo XX las excavaciones arqueológicas trajeron a la luz la pintura mural de sitios como Bonampak, Teotihuacan, Calakmul y Cacaxtla. Los tres siglos de virreinato también abundaron en ejemplos de integración de la arquitectura y la pintura, destacando los murales de los conventos del siglo XVI, que fueron estudiados por los pintores afines al proyecto inicial del muralismo. En el siglo XIX y en las primeras dos décadas del siglo XX, artistas como Rafael Ximeno y Planes, Juan Cordero o Saturnino Herrán decoraron bastantes edificios públicos.

La pintura mural tuvo una
larga y desigual fortuna a lo largo
del siglo XX. Otros movimientos
y artistas se movilizaron
para seguir su ejemplo, o bien
para contradecirlo. El interés de
la Universidad por el arte público
no se ha detenido,
y obras fundamentales como
el Espacio Escultórico en el sur
de Ciudad Universitaria
se emprendieron buscando, si
bien con medios muy distintos,
emular la conformación
de un espacio público alrededor
de las artes.

Murales hay muchos en México, y esa manifestación artística se expandió por diversas ciudades del mundo, lo que hace difícil establecer sus características. Quizá una de las mejores definiciones de lo que es un mural, que además es válida en términos actuales, proviene del artista y teórico David Alfaro Siqueiros en su texto Cómo se pinta un mural (1951): “Pintura mural es pintura en un espacio arquitectural integro, en un espacio que pudiéramos denominar caja plástica…”. Uno de los capítulos de mayor interés para el muralismo es justamente el que abarca sus relaciones con la arquitectura. Un reto para la habilidad compositiva y entendimiento del sentido del espacio, tanto en la arquitectura moderna como en los complejos edificios coloniales en que se intentó la integración plástica. El artista defendía con elocuencia que no se trataba de hacer una pintura más grande, sino de desarrollar un amplio concepto de carácter social y político, que tomara en cuenta la importancia del trabajo en equipo, la materialidad y sobre todo la mirada y los tránsitos o movimiento del público que absorbía la obra.

El muralismo se prolonga en México a lo largo del siglo XX con diferentes estilos y características. La Universidad guarda en sus edificios una parte importante de ese patrimonio que aún necesita más y mejores estudios, además de mayor divulgación para ese público que tanto interesó e interesa a sus creadores y mecenas. A diferencia de lo que ocurrió en otras latitudes (como en el caso del realismo socialista soviético), el compromiso social de los muralistas no fue en detrimento de su libertad artística: fueron intelectuales que supieron reservar un espacio autónomo para la búsqueda estética; y podemos aventurar que fue esa independencia de criterio lo que les permitió consolidar el carácter público de su creación. La esfera pública es indispensable para la democracia cultural, social y política. En las últimas décadas, ese espacio para el debate se ha visto sometido a cuestionamientos legítimos, pero también ha sido objeto de ataques autoritarios que, en todo el mundo, buscan restringir las libertades y las oportunidades para la discusión. Por eso tiene gran interés renovar la reflexión sobre uno de los capítulos más importantes en la historia del arte mexicano, cuando las artes participaron en la polémica social.

La huelga (fresco, 1927), José Clemente Orozco. Foto: cortesía Archivo Fotográfico Manuel Toussaint / IIE.
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