Cuatro décadas de El muro

Diez años antes de que cayera el Muro de Berlín apareció el álbum icónico de la banda inglesa Pink Floyd, el muro como poderoso símbolo musical.

Como ejercicio de la fantasía, habría que ponerse en la situación de un ciudadano londinense, seguidor del grupo de rock progresivo Pink Floyd, que el viernes 30 de noviembre de 1979 va a una tienda de discos en Charing Cross Road y compra el álbum doble The Wall, que salió a la venta justo ese día en la Gran Bretaña.

Acostumbrado acaso a las portadas diseñadas por Hipgnosis (la pirámide que descompone en colores una luz blanca en Dark Side of the Moon, el hombre incendiándose de Wish you Where Here o el cerdo que sobrevuela la central eléctrica de Battersea en Animals), se sorprendió por la austeridad de la funda, que en algo le recordó al Álbum blanco de los Beatles. Sobre un fondo de ladrillos dibujados a línea, un plástico removible daba las señas básicas, el nombre del grupo y el título. Nada más.

Habrá corrido a casa este ciudadano londinense, o habrá tomado el autobús de doble piso que lo llevó cerca de donde vivía, y se apresuró a sacar la llave y abrir la puerta, correr a la sala y prender la consola. En su sillón favorito cumplió el ritual de quitar la envoltura. Las manos le sudaban y las secó restregándolas en el pantalón. La hoja plástica se deslizó y fue a caer a la alfombra. La recogió con todo cuidado y la puso en la mesa de lectura. Extendió la funda doble y observó los dibujos coloridos del caricaturista político Gerald Scarfe: algo que parecía unas nalgas enormes con peluca de juez, el desfile de unos martillos, las tribunas de un estadio, un avión militar y otras figuras grotescas, todo como salido del muro blanco. Y los créditos: escrito por Roger Waters, producido por (en orden alfabético) Bob Ezrin, David Gilmour y Roger Waters. Luego, el nombre de grupo y la lista de sus integrantes, que se reducía a dos: Gilmour y Waters (por olvido, a Nick Mason y Richard Wrigth se les agregaría en posteriores ediciones).

Cada disco venía en su propia funda interna con las letras de las canciones (también manuscritas), y protegido por un celofán. Tomó el primer acetato y lo colocó en la tornamesa; lado 1. Quitó el seguro al brazo y con cierto nervio fijó la aguja en el arranque.

Y por vez primera en su vida escuchó, completito, The Wall, lo que le llevó algo así como una hora con veinte minutos. Surgió una melodía tenue, luego un arranque impetuoso con guitarras y batería. La primera canción era una pregunta, “In the Flesh?” (“¿En persona?): y el cantante parecía dirigirse a este ciudadano londinense sentado en su sillón favorito: “So ya/ Thougt ya/ Might like to go to the show” (“Así que / tú pensabas/ que podría gustarte ir al show”), que era reto o provocación. Enseguida un grito desgarrador, el vuelo de un avión, algo como una bomba que caía o el mismo aeroplano que se venía a pique… y el llanto de un bebé, que dejó a este hombre patinando (metafóricamente) en el delgado hielo de la vida moderna.

También se detuvo en el furor de un helicópero, algo sobre la miserable rutina de los profesores, las dos partes (en el lado 1) de “Another Brick in the Wall” y un coro con el que habría estado de acuerdo el poeta Ezra Pound, que llamó a las escuelas “instituciones para la obstrucción del aprendizaje”. Además, gritos de niños y maestros, y un diálogo con la madre posesiva, distinta a la madre ausente de las composiciones de John Lennon.

Debió entonces dar la vuelta al disco, como si pasara al siguiente capítulo de una novela corta. Entendió algo sobre la guerra (“Las llamas se extinguieron/ pero el dolor sigue ahí”) y sus efectos en una cotidianidad construida sobre el vacío; después, el impulso de llenar esos huecos con relaciones de una noche (“Ooooooh, necesito una mujer sucia”) o amores grises y desesperados, una llamada de larga distancia no aceptada (donde se identifica al protagonista como el señor Floyd, que intenta comunicarse desde los Estados Unidos con la señora Floyd), un estallido de furia (“Corre a la recámara, en la maleta izquierda/ encontrarás mi hacha favorita”) y la súplica del abandonado; más ladrillos en la pared y la nota final de un suicida.

Grafitti en el Muro de Berlín en alusión a la película The Wall de Pink Floyd.

Mentiría quien supusiera que este ciudadano londinense pensó en hacer lo mismo que el señor Floyd, pues él quería escuchar los lados 3 y 4 de The Wall. Uno era el canto dentro del muro (“¿Hay alguien allá afuera?”) y la confortable insensibilización a la que se puede llegar en el mundo moderno; en el otro se celebraba un juicio extraño, catártico —a la vez concierto de rock y manifestación política—, con la sentencia al señor Pink Floyd de ser “expuesto” y que fuera derribada la pared: “Tear down the wall!, tear down the wall!”

¿Qué valor le dio a la experiencia? Era un seguidor, sí, y por las noticias en la prensa especializada sabía que el ambiente en el grupo no era bueno. Obviamente se imponía Waters, cuyo padre murió en la Segunda Guerra, y la historia que se reflejaba en el álbum era la propia. Sin embargo, la presencia de Gilmour en la guitarra era todavía notable y vigorosa. Pese a todo, Pink Floyd mantenía un impulso lírico que se había manifestado, quizá por vez primera, en Dark Side of the Moon.

Dejó los juicios para más tarde. Volvió al lado 1, resurgió ese reto o provocación: “Así que/ tú pensabas/ que podría gustarte ir al show”, y oyó de nuevo el álbum completo. Se diría que El muro lo venció.

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