Las superestrellas olvidadas

Es probable que hayas escuchado que el cerebro es la “supercomputadora” más compleja de la naturaleza y que las neuronas son las piezas clave de su funcionamiento. Pero, ¿y si te dijera que te han contando la historia a medias? Resulta que, por cada neurona, hay un equipo de soporte, protección y logística que hace que todo sea posible: los astrocitos. Si el cerebro fuera un concierto de rock, la neurona sería la cantante, pero los astrocitos serían el jefe de escenario, el ingeniero de sonido, y el equipo de iluminación. Sin ellos, simplemente no hay show.
Los astrocitos se llaman así porque son células con forma de estrella explotando, con múltiples prolongaciones o “pies” que abrazan todo lo que tocan. Forman parte de lo que los científicos denominaron la glía, que en griego significa pegamento. Durante años se pensó que estas células sólo servían para rellenar el espacio y mantener unidas a las neuronas, de ahí su nombre; pero estábamos muy equivocados. En muchas áreas del cerebro, por cada neurona hay varios astrocitos rodeándola y trabajando para ella. Imagina que cada neurona es una “diva” que no sabe hacer nada por sí misma: no come sola, no sabe limpiarse y no sabe protegerse. Los astrocitos son los que mandan en la logística; sin estas “estrellas olvidadas”, tu cerebro se apagaría. De hecho, a medida que los animales son más inteligentes y complejos, sus astrocitos tienden a ser más grandes y ramificados.
Exploremos, entonces, cómo los astrocitos aseguran el buen funcionamiento cerebral. Las neuronas son muy exigentes y “quisquillosas” para comer; además, tienen un problema: no todas se encuentran cerca de los vasos sanguíneos. Por ello, el astrocito toma la glucosa de la sangre, la “cocina” convirtiéndola en lactato y se lo entrega a la neurona para que tenga energía. Si el astrocito se va a huelga, la neurona muere de hambre en minutos. Por otro lado, cuando las neuronas se comunican entre ellas, se lanzan mensajes químicos llamados neurotransmisores; pero si estos químicos se quedan ahí flotando, causan interferencia o incluso daño. El astrocito funciona como una aspiradora: en cuanto se entrega el mensaje, limpia el exceso para que pueda fluir la siguiente señal. Además, actúan como electricistas al controlar el nivel de potasio (K+), que es como el voltaje de la electricidad cerebral. Si hay demasiado potasio, ocurre un cortocircuito, como en una convulsión; por ello, el astrocito absorbe el exceso para que la señal eléctrica sea siempre perfecta.
Asimismo, la sangre transporta sustancias vitales para el cuerpo, pero que resultan tóxicas para el cerebro, como ciertas proteínas o fármacos. A esto se suma la presencia de amenazas mucho más peligrosas, como toxinas y patógenos. Por eso, el cerebro es como una zona VIP extremadamente exclusiva. Aunque la barrera hematoencefálica reside físicamente en las paredes de los vasos sanguíneos, los astrocitos envuelven estas paredes con sus proyecciones para regular su funcionamiento. Actúan como guardias de seguridad; ellos deciden quién entra y quién se queda fuera. Si esta aduana falla, cualquier infección leve o un medicamento ordinario podrían convertirse en un desastre cerebral.
Pero no todo es color de rosa. A veces, debido a traumatismos o infecciones, los astrocitos se “asustan” y se vuelven reactivos. En lugar de ayudar, empiezan a soltar sustancias que dañan a las neuronas. A esto le llamamos neuroinflamación, y es la base de algunas enfermedades neurodegenerativas. De igual manera, si los astrocitos fallan, la enfermedad no tarda en aparecer. En el alzhéimer, por ejemplo, la ciencia moderna considera que el problema puede empezar con los astrocitos. Si el equipo de limpieza estrella deja de funcionar, los “residuos tóxicos” (beta amiloide) se acumulan por todos lados, matando lentamente a las neuronas. Aún estamos lejos de comprender todo lo que sucede en nuestro cerebro, pero hoy sabemos que unos astrocitos sanos son vitales. Ellos custodian la fórmula para proteger a las neuronas; mientras tanto, la ciencia se esfuerza por descifrar sus secretos, entender cómo protegerlos y evitar que se “asusten”.
Entonces, sí la neurona es la que manda el mensaje, pero el astrocito es el que decide si la neurona come, si está limpia o si vive… ¿quién es el verdadero jefe del cerebro? La próxima vez que se te “prenda el foco” y tengas una gran idea, no le des las gracias sólo a tus neuronas; agradece a tus astrocitos por mantenerlas vivas y con las luces encendidas.
*INSTITUTO DE NEUROBIOLOGÍA, CAMPUS JURIQUILLA